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Juan Pablo II tenía una sola pregunta: ¿qué iba a pasar en Nicaragua durante su visita el cuatro de marzo de 1983? Para salir de dudas, antes de la visita que el Pontífice haría a Centroamérica, prevista a realizarse entre el dos y el diez de ese mes, llamó hasta Roma al entonces arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, a monseñor Julián Barni y el nuncio en este país, Andrea Cordero Lanza Di Montezemolo.

“El nuncio habló y dijo: absolutamente nada Santo Padre, todo está en orden, el gobierno está colaborando muy bien con todo. Nada especial va a pasar. Monseñor Barni respondió que no iba a pasar nada, que en León todo estaba en orden, que todo iba a ser un éxito. Monseñor Obando le contestó: Santo Padre, prepárese para lo peor. Entonces intervino el cardenal (Agostino) Casaroli: usted siempre peleándose con los gobiernos, usted se peleó con el régimen de Somoza que había favorecido a la Iglesia, ahora sigue peleando. El Santo Padre se quedó callado”, relata Edgard Zúñiga, autor del único libro sobre la historia eclesiástica de Nicaragua.

Monseñor Bismarck Carballo, quien se encargó de movilizar a miles de católicos a la Plaza 19 de Julio en Managua durante la eucaristía que el Papa ofició el histórico cuatro de marzo de 1983, cuenta esta anécdota de otra forma.

“Fue un viaje relámpago para una consulta final y definitiva sobre la visita y ahí el Papa estaba claro que aquí había una fuerte propaganda ideológica con carteles y afiches. El cardenal Obando le explicó que podía haber situaciones difíciles y en esa reunión se decidió que el Papa venía y que por su figura no iba a ser ensombrecido”, recuerda Carballo.

La visita a Nicaragua fue anunciada el seis de febrero de 1983. El primer papa polaco y el primero no italiano desde 1523, convertido en vicario de Cristo en 1978, llegaría muy de mañana, ofrecería una misa en León y otra en Managua y regresaría a dormir a Costa Rica, para ir luego a Panamá, El Salvador, Guatemala, Honduras, Belice y Haití.

Desde que el Vaticano anunció la visita, se creó una Comisión Nacional Organizativa que estaba presidida por el secretario de la Dirección Nacional del FSLN, René Núñez, y compuesta por otras figuras del partido, del gobierno, por los obispos y por el nuncio.

“Hasta lo más nimio se discutía. Porque parece que cuando viaja un Pontífice nada es nimio”, dice Ernesto Cardenal en La Revolución Perdida, el tercer tomo de sus memorias. Así, pues, fue negociada hasta la cantidad de feligreses identificados con la Revolución que iban a comulgar, así como los adversos a ella que también lo harían.

Entre el anuncio y la visita se organizó y discutió cada detalle y se generó una gran expectativa por las repercusiones que tendría la llegada del Papa. “Visita del Papa debe contribuir a la paz”, tituló Barricada, el diario oficial, en febrero.

Según publicaciones de la época, solo en León fueron invertidos C$4,5 millones; se trajo un equipo de sonido valorado en US$50,000, se movilizaron 4,000 vehículos, el consumo de combustible fue mayor que el gasto mensual del país. En total se invirtieron unos C$8 millones, publicó Barricada.

“Desde el seis de febrero que se dio a conocer que venía el Papa, se intensificó una actividad febril, una actividad que era también un enfrentamiento entre dos bandos que querían cumplir su tarea ante la visita del Papa. Por un lado la Conferencia Episcopal en oposición al gobierno y a la Revolución y por otro, la Revolución con sus comunidades plegadas a la llamada Iglesia Popular”, recuerda el periodista Guillermo Cortés Domínguez, redactor de Barricada que dió cobertura al suceso.

“Esa guerra, sorda porque no era publicada por los medios de comunicación de esa forma sino como preparativos normales de la actividad, escondía la tremenda tensión” que había, agrega el periodista.

Entre la infinidad de puntos acordados en la Comisión Organizativa Nacional estaba que ninguno de los sacerdotes que estaban en el gobierno debía estar presente en el aeropuerto. “Pero solo a mí se aplicaba eso”, dice Ernesto Cardenal en sus memorias. “El padre (Miguel) Escoto, que era el canciller, tenía que estar en una reunión de cancilleres en Nueva Delhi. Fernando mi hermano, que después fue ministro de Educación, no lo era entonces, sino que era un dirigente de la Juventud Sandinista. El padre (Edgard) Parrales, otro del gobierno, tenía un cargo diplomático en Washington. Solo yo como miembro del gabinete debía estar presente en el recibimiento”

Mientras Nicaragua se preparaba para la visita del Papa ocurrió una tragedia. Diecisiete jóvenes reservistas de la Juventud Sandinista, integrantes del Batallón 30-62, fueron asesinados por la contra en San José de las Mulas, Matagalpa. Los cuerpos fueron llevados hasta la Plaza 19 de Julio el tres de marzo, un día antes de la llegada del Pontífice y ahí fueron velados y llorados. En las fotografías de la época se divisa una multitud de personas junto a una hilera de ataúdes, una imagen que pronto se convertiría en usual pero que entonces representó un gran golpe, uno de los primeros de la contra y considerado el más fuerte hasta esa fecha.

“Todavía no se había conformado bien el ejército y la defensa la hacían los jóvenes, que no tenían mucha experiencia militar ni buenas armas. La sangre estaba aún fresca y se esperaba del Papa cuando menos una palabra a favor de la paz”, relata Ernesto Cardenal.

Y llegó el día

“Bienvenido a la Nicaragua libre gracias a Dios y a la Revolución”, decía la manta colgada en el aeropuerto la mañana del cuatro de marzo.

A las cinco de la mañana Mario Tapia estaba en pie con su cámara fotográfica lista. A Tapia, fotógrafo de Barricada, le había sido asignada la cobertura de la visita desde que el Papa pisara suelo nica.

“Las calles estaban tomadas por feligreses”, recuerda hoy. Las secuencias fotográficas de Tapia revelan los primeros momentos del Pontífice en Nicaragua. Saluda, baja las escaleras del avión, hace reverencia a la bandera y besa el suelo.

A su llegada “se escuchó la tradicional marimba de Masaya, mientras el grupo folklórico de Irene López interpretaba ‘El mate amargo’. Complacido, Juan Pablo II se detuvo algunos minutos para observar el baile, saludar luego a un grupo de la Asociación de Niños Sandinistas (ANS), algunos compañeros de guerra y a 12 madres de héroes y mártires que le entregaron una carta”, informó Barricada en su edición especial que hizo circular la tarde del cuatro de marzo.

“Al primero que saludó fue a Tomás Borge y se dio después un saludo a gran parte del gabinete hasta llegar donde estaba Ernesto Cardenal, quien humildemente se arrodilla ante Juan Pablo II con un rostro, diría yo, angelical”, relata el veterano fotógrafo y autor de la foto que dio la vuelta al mundo, en la que el Papa regaña y señala al poeta.

En lo negociado previamente no estaba contemplado que el Papa saludara a los miembros del gabinete de Gobierno puesto que ahí estaría Cardenal.

“Flanqueado por Daniel y por el cardenal Casaroli fue dando la mano a los ministros y cuando se acercó donde mí yo hice lo que en este caso había previsto hacer, prevenido ya por el nuncio, fue quitarme la boina y doblar la rodilla para besarle el anillo. No permitió que se lo besara y blandiendo el dedo como si fuera un bastón, me dijo en tono de reproche: ‘Usted debe regularizar su situación’. Como no contesté nada, volvió a repetir la brusca admonición. Mientras enfocaban todas las cámaras del mundo”, cuenta Cardenal en sus memorias.

Al terminar los saludos el Papa subió a un helicóptero que lo llevó hasta León, donde ofreció una misa campal en el predio baldío del Campus Médico de la UNAN. Monseñor Bismarck Carballo sostiene que la decisión de ir a León se debió a la importancia de esta ciudad en términos educativos, puesto que el mensaje de Juan Pablo II versaría sobre esta temática.

“El amor apasionado por la verdad debe animar la tarea educativa más allá de meras concepciones ‘cientistas’ o ‘laicistas’. Debe enseñar cómo discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo moral de lo inmoral, lo que eleva a la persona y lo que la manipula. Son estos criterios objetivos los que han de guiar la educación, y no categorías extraeducativas basadas en términos instrumentales de acción, de poder, de lo subjetivamente útil y lo inútil, de lo enseñado por el amigo o adversario, por el tachado de avanzado o retrógrado”, fue parte del discurso del Papa a los educadores laicos, y que está recogido en un libro editado por el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), titulado “Juan Pablo II, Peregrino de la Paz. Centroamérica 1983 y 1996”.

La misa en Managua estaba prevista a realizarse por la tarde en la Plaza 19 de Julio, frente a la UCA, donde hoy principalmente se ubica una terminal de buses. Según el padre Bismarck Carballo, se dio un “lucha silenciosa por tratar de avanzar en la Plaza”.

“La pugna por ocupar la parte delantera de la plaza había sido resuelta muy temprano a favor de los sandinistas, en encontronazos en que la policía había ayudado a desplazar al bando contrario; además, por regla, en todas las concentraciones la Seguridad del Estado colocaba en primeras filas a las ‘fuerzas territoriales’, compuestas por gente fiel de los barrios, para prevenir atentados”, cuenta Sergio Ramírez en Adiós Muchachos.

Unas 900,000 personas se encontraban en la Plaza 19 de Julio aquel cuatro de marzo. Eran las dos de una calurosa tarde, cuando la misa inició. El primero en hablar fue el arzobispo Miguel Obando y Bravo, quien relató una anécdota de Juan XXIII durante una visita a una cárcel romana de Regina Celli que trataba sobre un preso que, al ver entrar al Papa a su celda, se había sentido liberado por su mirada. Enseguida contó la parábola del Buen Pastor y fue aplaudido. Luego habló el Papa.

Sergio Ramírez cuenta en su libro que mientras esperaban la llegada del Papa, el propio cuatro de marzo, Daniel Ortega le pasó en un sobre las dos homilías que iba a leer el Pontífice. “Yo sabía qué iba a decir pero no cómo lo iba a decir…”, relata.

“Sí, mis queridos hermanos centroamericanos y nicaragüenses: cuando el cristiano, sea cual fuere su condición, prefiere cualquier otra doctrina o ideología a la enseñanza de los apóstoles y de la Iglesia; cuando se hace de esas doctrinas el criterio de nuestra vocación; cuando se intenta reinterpretar según sus categorías la catequesis, la enseñanza religiosa, la predicación; cuando se instalan ‘magisterios paralelos’, como dije en mi alocución inaugural de la Conferencia de Puebla, entonces se debilita la unidad de la Iglesia, se le hace más difícil el ejercicio de su misión de ser ‘sacramento de unidad’ para todos los hombres”, dijo en la homilía.

Recuerda Sergio Ramírez en su libro que esas “eran las mismas palabras que yo había leído pero pronunciadas con énfasis agresivos, altisonantes, y se escuchaban como una lluvia de pedradas a través del sistema de altoparlantes poderosos que en honor suyo estábamos estrenando ese día”.

Los gritos, la paciencia, la paz…

De pronto, durante la misa, las madres de héroes y mártires ubicadas cercanas a las bardas empezaron a gritar, a pedir una oración por sus hijos muertos y por la paz. “¡Queremos la paz, queremos la paz!”, fue el grito en toda la Plaza.

“Llegó un momento en que el Papa perdió un poco la paciencia y dijo que la primera que quería la paz era la Iglesia en respuesta a los gritos desaforados de unas señoras”, dice Edgar Zúñiga.

En algún momento el Papa quiso parar de una vez el griterío: “¡Silencio!, ¡Silencio!”, exclamó evidentemente molesto.

“Los católicos escuchamos la eucaristía en silencio meditativo y al oír voces alteradas, desde la del Papa hasta las de todo el mundo, nos pusimos nerviosos”, recuerda monseñor Bismarck Carballo, quien sostiene que “había consignas propias en honor al Papa, pero ellos (los sandinistas) tenían micrófonos inalámbricos y no pudo haber equilibrio”. Aquella misa de repente se convirtió en un pleito entre dos bandos que deseaban hacerse oír. La situación se tornó incontrolable. Cuando concluyó la misa y Juan Pablo II se retiró en medio de la trifulca, los miembros de la Dirección Nacional y de la Junta de Gobierno se acercaron a saludar a la gente.

“Alguien desde la consola puso el himno del Frente y en ese sentido fue un beneficio porque por disciplina la mayoría se quedó cantando el himno y en eso aprovechamos los católicos para salir y se evitó que hubiera una confrontación más directa”, dice Carballo.

Cuando terminó la misa el Papa estaba “indignado”, dice Edgar Zúñiga. “Sacerdotes que estuvieron ahí me comentaron: ‘No te imaginás cómo deseábamos que eso se acabara, era vergonzoso’. No dejaron celebrar la misa. Y no solamente era la vergüenza a lo interno, sino que estábamos saliendo en el exterior. El Papa se fue muy adolorido, pero obviamente recibió apoyo del pueblo católico nicaragüense”.

“Al llegar al aeropuerto para despedirlo, lo encontramos aún dentro del Mercedes Benz que lo había llevado hasta la pista y allí permaneció hasta el inicio de la ceremonia, atemorizado, según el testimonio del chofer –relata Sergio Ramírez-. Daniel quiso explicarle en su breve discurso” qué quería decir “un pueblo pobre y sufrido cuando pedía la paz. Él escuchaba otra vez con ceño severo, la mano en el mentón y sus propias palabras fueron también breves y protocolarias”.

En el aeropuerto, ya entrada la noche, el Papa no varió el discurso que traía escrito. “Recuerdo sobre todo con profundo consuelo, los encuentros tenidos en León y la eucaristía celebrada en Managua con tantos fieles del país…”. Y así llegó y se fue por primera vez de Nicaragua.

 

"Fue un viaje relámpago para una consulta final y definitiva sobre la visita y ahí el Papa estaba claro que aquí había una fuerte propaganda ideológica".

BISMARCK CARBALLO, CURA

 

"Hasta lo más nimio se discutía. Porque parece que cuando viaja un Pontífice nada es nimio".

ERNESTO CARDENAL, ESCRITOR

 

"Llegó un momento en que el Papa perdió un poco la paciencia y dijo que la primera que quería la paz era la Iglesia".

EDGARD ZÚÑIGA, HISTORIADOR

 

"¿Qué?, ¿no podemos pedir la paz?, ¿usted nos abandona?"

THEO KLOMBERG CURA, DEL LIBRO

"ALGO MÁS QUE UN BESO"