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De espíritu alegre, los monimboseños pertenecen a un pueblo rebelde que lucha por conservar y mantener vivas sus costumbres y tradiciones, que tienen más de 200 años.

El barrio indígena de Monimbó, situado en el sureste y suroeste de la cabecera departamental Masaya, es de los más reconocidos en Nicaragua.

Los monimboseños, ingeniosos y fiesteros, participan con fervor y devoción en las actividades de las fiestas patronales de San Jerónimo, consideradas las más largas del país.

Las celebraciones

Sin embargo, viven en una perenne celebración, porque al igual celebran el Día de la Cruz, a San Lázaro, a San Sebastián, El Torovenado, la vela del candil, los Agüizotes, la vela del vestido de la novia, a la Virgen del Hato, al Señor de los Milagros, entre otros, al ritmo de los tradicionales chicheros y bajo el estruendo de los estallidos de pólvora.

Angelina Mercado Gaitán, vendedora de frutas, aduce que ser monimboseña la llena de orgullo porque no hay otro lugar que iguale al barrio indígena de Monimbó, que ha sido reconocido y famoso por sus artesanías elaboradas con materiales naturales como el bejuco, la palma, la caña de castilla, la fibra de caña bambú, materia prima que aún utilizan los artesanos.

Además, es reconocido por sus mitos y leyendas, bailes, las fiestas patronales, San Jerónimo, San Sebastián y el Señor de los Milagros, celebraciones que nunca pasan desapercibidas.

“Este barrio es rico en costumbres, tradiciones, gastronomía, porque la gente suele regalar comidas a base de maíz, como indio viejo, masa de cazuela, nacatamales, mancarronas, bollos, y en bebidas la chicha en todas sus variedades”, aseguró la monimboseña de cepa.

Se dan su lugar

Por otro lado, José del Carmen Cajina Vásquez, de 77 años, asegura que dejó su ombligo en el barrio Monimbó y agradece a Dios por lo aprendido por sus ancestros, quienes le han enseñado --en primer lugar-- a amar el barrio, a su descendencia, quién es y hasta dónde está.

“Mi barrio ha sido uno de los barrios, si pudiéramos decir, uno de los más marginados; nos miraron de una forma que nos desacreditaban porque decían que éramos indios pata rajada, indios caitudos, pero ahora sentimos que nos han dado nuestro lugar por lo que somos, un pueblo que trabaja y busca cómo salir adelante”, dijo Cajina Vásquez.

Costumbres

Tanto Mercado Gaitán como Cajina Vásquez coinciden en que aún mantienen la tradición de limpiar los cementerios, donde no se paga para enterrar a los deudos. Sin embargo, lo único que hay que hacer es colaborar con alimento o refrigerio para las personas que se encargan de sepultar a los difuntos y a quienes realizan la limpieza los domingos.

Asimismo, los entrevistados aseguraron que mantienen la costumbre de elegir al alcalde de vara, pero antes se concientiza a la gente durante tres meses, cuando la población aporta dinero, víveres como café, azúcar, que son utilizados para la vela de los ruidos, que se lleva a efecto en la Plaza Magdalena, donde se le pide a Dios que la elección se desarrolle sin problemas.

Vela del traje de novia

Por su parte Mercado Gaitán recuerda que en el barrio de Monimbó, cuando una pareja iba a casarse, se acostumbraba por tres días velar el traje de la novia, y lo mismo sucedía con el traje de los niños que iban a dar su primera comunión.

“La vela del traje de comunión se ha perdido, porque ahora los padres compran la vestimenta, se la ponen al chavalo y a la iglesia, para recibir la comunión”, expresó.

Los personajes

HISTÓRICOS• Con 77 años de edad, José María Téllez tiene 40 de ser rezador, y madrugaba para cumplir con sus obligaciones en la comarca Quebrada Honda, El Túnel, y terminaba en las viviendas del populoso barrio Monimbó.

“Todavía salgo a rezar a La Purísima, a San Antonio, al Corazón de Jesús; no me niego, pero poco lo hago por mis años. Ciertas amistades me piden porque les gusta como rezo, a pesar de que nunca aprendí a leer ni a escribir, pero Dios me dio ese talento, esa sabiduría, ese don. Rezo con oraciones en cada Misterio. Además, que les gusta cuando el Rosario es vivido, cuando se reza con devoción”, indicó.

José Tomás Morales Flores es sobador y curandero, tiene 40 años de experiencia en aliviar zafaduras, quebraduras, lesiones de la columna, parálisis faciales por derrame, también practica la medicina natural y sabe preparar brebajes para los riñones, para el asma, entre otros males.

Morales Flores fue capacitado por la Cooperación Luxemburgo y se casó con una mujer monimboseña. Sin embargo, desde muy pequeño le llamó la atención ayudar al prójimo, porque su abuelita era partera.