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Sergio Díaz Toledo se inició en La Voz de la Victoria en locución, se integró a varios grupos musicales, pero después del derrocamiento de Somoza se autoexilió en Honduras, país que se convirtió en su plataforma para llegar a ser representante en Centroamérica de una prestigiosa fábrica de relojes japoneses.

Díaz es hijo de un connotado orfebre y relojero, don Narciso Díaz (el maestro “Chicho”), quien durante las décadas de los 40 y 50 diseñó joyas para las personas de mejores recursos económicos, de clase media y hasta para las que no contaban con mucho en esta vida.

Este hombre, nacido en Bonanza hace 55 años, se trasladó, junto con sus padres, hacia Managua cuando tenía cuatro años, y aquí comenzó a hacer amistades con capitalinos como el ahora odontólogo César Vargas, quien lo orientó para comenzar a trabajar en locución.

En 1962 Díaz inició una nueva historia, involucrándose más en la radio, y la primera estación en donde puso los pies fue la YNQ Radio, La Voz de la Victoria. Allí encontró al maestro Alberto Solís, quien no era simplemente un empresario, sino un hombre que hacía radio.

Don Alberto le enseñó los efectos especiales porque “hacíamos los adelantos de Radio Cine Solís. Si la película era de guerra, hacíamos spots de un minuto sobre la película, y el ruido de un avión lo hacían con un abanico y un pedazo de cartón”.

Su vinculación al cuadro dramático
Díaz en esa radio se involucró con el cuadro dramático recordando a “Doña Petra”, Aldo Antonio Morales, a quien Díaz Toledo calificó como el sucesor de José Dibb McConell en cuanto a la caracterización de voces.

Su primera conexión con la farándula fue en el programa de La Voz de la Victoria “Tardes de alegría”, con bailes y cantos en un escenario de madera que tenía la estación radial. Después se involucró con Bobby Benítez, quien lo llevó a Ondas Sonoras, la YNDM.

Los “patrullajes” de Sergio
Hombre de radio, acumuló otras experiencias que denomina “el patrullaje” que hacia por la vieja Managua con varios amigos. Empezaban con stain (vasos) de cervezas en el Jardín Central, que quedaba en la Calle 15 de Septiembre, frente al Banco de Londres.

Otro sitio que visitaba fue “La Tostadita”, que estuvo en la calle Momotombo, por donde eran los transportes Vargas. En esos andares conoció al “padre” de los controlistas de radios, el maestro Martínez, que estuvo en la Radio Nacional y la Estación Equis.

Como el sector de la radiodifusión era muy dado a entregarse a los brazos del “dios Baco”, Díaz recordó a Luis Méndez, quien le fiaba las cervezas en un restaurante que tuvo con Gustavo Latino, denominado “El Bambana”.

Aparece Memo Neira
En ese trajinar conoció al cantante costarricense Memo Neira –-quien grabó el tema “Derrumbes”, original de Octavio Latino--, un muchacho a quien en su país no le dieron la oportunidad para cantar, pero en Nicaragua encontró el apoyo de Elí, un músico hijo de doña Galatea, la que fundó el grupo “Los Galos de doña Gala”.

Neira comenzó a cantar en los colegios. Recuerda una vez que fueron a dar una “cantadita” porque él también le entraba al arte, y se fueron a la Normal de Jinotepe, donde había una fiesta. Ahí escuchó a Neira entonar aquella canción que en una de sus estrofas dice: “Creo en el candor de tus besos/ creo que si le dices te quiero”. Ese tema lo cantó Marco Antonio Muñiz.

“Ahí comencé a hacer una amistad con Neira y Víctor de la Rocha, los que eran muy buenos al canto. Víctor falleció junto a Juan Paniagua en un accidente de tránsito cuando iban para Nandaime, y Neira también pereció en otro accidente de tránsito en Costa Rica, cuando viajaba con su progenitora”, rememora.

Neira decía: “Yo soy el profeta sin tierra”, pero cuando regresó a Costa Rica, con la experiencia acumulada en Nicaragua, varios grupos de ese país lo comenzaron a contratar, ya que se había pulido con agrupaciones como Los Ramblers y los Music Master, entre otros.

Relojería con música
La relojería que Díaz tenía en la calle Momotombo fue el establecimiento más alegre porque llegaban Memo Neira, Víctor de la Rocha, “Chepito”, el guitarrista de los Black Demons (grupo que grabó el tema “Al mar” con la voz de Ventura Amador). “‘Chepito’ llegaba a practicar, Memo se ponía a cantar”, recuerda.

Los grupos musicales donde cantó fueron Los chicos de nieve, un conjunto que lo integraron estudiantes del entonces colegio Primero de Febrero; Los Rash, Los Monjes y con todo grupo que se armaba los fines de semana, lo que en el lenguaje de los músicos se denomina “matar el chivo”.

Anselmo, quien en esa época superaba los 50 años de edad, era el especialista en “chiviar”, y escogía y llamaba a los músicos para ir a hacer toques. Nunca hizo un grupo único, sino que probó a todos los músicos de la época, y si no tenían instrumentos, se los prestaba, ya que le encantaba promover nuevos valores jóvenes.

La vida lo llevó a formalizarse
Como los “patrullajes” y la farándula no le iban a dejar nada bueno, Díaz decidió formalizarse después de los llamados de atención que le hicieron su papá (don “Chicho”) y su abuelo. Así ingresó a la UCA, sin descuidar la relojería, y egresó de la carrera de Ciencias Jurídicas.

El terremoto del 72 vino a cambiarle el curso a su historia, porque tuvo que emigrar a Granada. Su papá se vino antes porque les estaban saqueando la casa donde vivían en Managua, pero Díaz retornó a la capital el nueve de mayo de 1973 y fundó el “Servicio Técnico Relojero”, donde despegó una nueva etapa en ese negocio.

En 1980 tomó la representación de Citizen gracias a “conectes” que había hecho en Panamá con ingenieros japoneses de la fábrica de relojes.

“Los japoneses me dieron un espaldarazo tremendo porque desde el primer día que me conocieron en Panamá me trataron como un gran colega”, cuenta. Desde ese día tiene la representación para Honduras y Nicaragua. En El Salvador y Costa Rica, Sergio está como asociado.

Esta representación la obtuvo después que los sandinistas lo tuvieron preso 15 días en 1980, y al salir tuvo que autoexiliarse en Honduras, donde comenzó a abrir el mercado de los relojes japoneses.

No hay mal que por bien no venga
Sergio Díaz, el menor de 20 hermanos y el único que heredó de su padre la relojería, quizá tuvo su recompensa por las buenas acciones que siempre hizo, porque después del autoexilio, en Panamá los japoneses le dieron un crédito de 300 mil dólares en relojería y 30 mil dólares en efectivo, y así comenzó a abrir el mercado de esa marca en Honduras.