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Tres días después de cumplir 20 años, en el mes de mayo de 1944, el hermano lasallista Benito Agustín Díaz López, mejor conocido como hermano Benito, se bajó de un tren, y de pronto se vio caminando por las antiguas calles empedradas de la ciudad de León, en Nicaragua.

Se encontró con una ciudad calurosa, con un clima nada parecido a su natal provincia de Burgos, al norte de España, donde Benito recuerda las fuertes tormentas de nieve que casi sepultaban las casas y los vehículos de la época.

Llegó a León para trabajar y dedicar prácticamente su vida entera al Colegio La Salle, del que fue director por varias décadas, y su mérito radica en que bajo su dirección se terminó de construir con éxito el prestigioso centro de estudios.

El hermano Benito cumplirá 90 años el próximo 24 de mayo. Es el tercero de seis hermanos, tres varones y tres mujeres. Todos vivos aún, en España.

A su edad, y sin ayuda de bastón, camina a paso constante un tramo de ida y vuelta, en total 5 kilómetros, de lunes a sábado, desde el técnico La Salle, zona de residencia de los hermanos lasallistas, hasta el colegio, ubicado en el barrio San Francisco, cerca del centro de la ciudad de León.

Lleva una vida muy activa. En el colegio La Salle aún tiene un despacho donde trabaja como asesor y consejero. Todos los viernes graba dos programas de radio en dos emisoras, los cuales transmiten los domingos.

También promueve la celebración de los 500 años de la fundación de León, que se cumplirán el 19 de junio de 2024. Pareciera no cansarse de trabajar.

 

Se dice que algunos lasallistas nunca se retiran, ¿eso es verdad?

Bueno, hay algunos que se cansan, otros que se quedan en el camino, y otros queremos llegar hasta el fin. Yo me he colocado entre estos últimos, que no quieren cansarse a lo largo de la carrera, sino cuando llegue el momento y no se pueda más, hasta entonces caer, como los buenos corredores.

 

¿Cuál ha sido su mayor satisfacción en estos años?

Bueno, las satisfacciones son diarias porque cada día uno tiene la oportunidad de hacer el bien o hacer el mal. Si uno opta por hacer el bien que se presenta a cualquiera, eso te da una satisfacción, entonces, lo importante es vivir de satisfacciones diarias, porque una satisfacción de hoy te lleva a la emoción de vivir el día de mañana mejor que hoy.

Lógicamente que a lo largo de la vida se presentan satisfacciones que yo llamaría mayúsculas, por ejemplo, cuando se construyó el colegio, se tuvo la primera promoción de bachilleres, aunque también hay momentos trágicos, como durante la guerra, cuando el colegio fue atacado. Son cosas que han quedado y se recuerdan, pero hoy en día vivimos con cariño y agradecimiento porque lo malo ya pasó. Con lo negativo no vamos a ninguna parte, somos constructores del bien y para eso hay que pensar bien.

 

A sus 90 años usted se ve fuerte, no usa bastón, ¿cuál es su secreto?

Voy a cumplir en estos días 90 años, los cuales he vivido gracias a Dios en plena satisfacción personal. Es decir, he hecho en la vida lo que tenía que hacer, tratando de proyectarme hacia los demás, y lógicamente esto te da una satisfacción que nadie te puede quitar.

La salud, aparentemente, está bien, pero a los 90 años hay cosas que se han acomodado, aunque no aparezcan a la vista, los años son innegables, y las consecuencias que traen también son notorias.

Pero sorprende que a su edad aún haga largas caminatas…

Bueno, yo he sido operado del corazón, he perdido un ojo, soy diabético, pero todavía tengo ganas de caminar, aunque a veces me dicen que tengo que hacerlo con más prudencia; he sido un alpinista en mis años de juventud, he recorrido todos los cerros de Nicaragua, lagunas, todo el país lo conocí. Subí al Cosigüina, al San Cristóbal, al Momotombo cuatro veces…

 

¿En qué puesto empezó en el Colegio La Salle?

Durante muchos años fui simplemente profesor del colegio. Cuando llegué a León me pusieron a dar clase en tercer grado, luego fui subiendo, después fui director del colegio, en aquel tiempo se construyó este edificio. Luego cuando ya no debí ser director, me volví a las filas de raso, pero siempre trabajando con el entusiasmo, el cariño, por la ciudad de León.

¿Sin ningún apego al poder?

El poder es un servicio, y nada más, y si no se vive como un servicio, no pueden andar bien las cosas.

 

¿Cómo era León cuando usted llegó aquí?

Llegué a León a los 20 años de edad, vine en tren porque no había otro medio. Las calles estaban casi todas empedradas, las casas no tan mejoradas como ahora, pero al verlo yo lo consideré un pueblo colonial con nombre de ciudad.

Después viví los acontecimientos políticos, las erupciones del Cerro Negro, el terremoto de Managua lo pasé aquí, y la guerra pues aquí la vivimos. Y algo que recuerdo fue el amor que León me demostró cuando en plena guerra de 1979, una noche mientras cuidaba el colegio, fui alcanzado por dos balas, una en el abdomen y otra en el brazo. Entonces sentí el cariño de León hacia los hermanos de La Salle, recibiendo visitas en el hospital, con abundantes muestras de cariño.

 

¿Por qué decidió quedarse a vivir en León?

Ya son siete décadas aquí, la mayor parte de ellas pasadas en Nicaragua, aunque también estuve por temporadas trabajando en Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia y Venezuela, pero desde el terremoto de 1972, al regresar de Colombia, he estado en Nicaragua.

Decidí quedarme en León, definitivamente, porque encontré un espíritu de familia, de cariño, de cercanía, quizá por el ambiente de la ciudad que no lo encontré en ningún otro lugar donde he vivido. Pude escoger y opté por León, y creo que aquí me quedaré el poco o mucho tiempo que me pueda quedar de vida.

 

¿Se acostumbró al clima caluroso?

El clima lo hemos aguantado durante tantos años y todavía nos afecta, pero no es obstáculo para que sigamos dedicados a lo que tenemos que hacer. El clima no nos derrota, no nos dobla, no nos cansa, no tiene por qué hacernos inútiles.

 

¿Con ese mismo ánimo cree que deberíamos enfrentarnos siempre a los desastres?

Creo que en todas las épocas de la historia ha habido tragedias. Desde que soy joven, presencié la guerra española, la guerra mundial, vine a Nicaragua y he vivido su historia. Tenemos que convivir con los acontecimientos, luchar por mejorar el ambiente, para que en nuestro medio haya siempre más humanismo, más justicia, más relación humana, porque donde hay injusticia no puede haber paz. La paz es el gran regalo de Dios a los hombres.

 

¿Cree que la juventud está aprendiendo hoy en día estos valores?

La juventud está bombardeada en la actualidad. Todos los medios de comunicación tratan de captarla. Ahora la juventud es manipulada con mucha frecuencia, y se necesita de mucho valor y seguridad de los jóvenes para orientarse en los caminos de Dios.

Lógicamente, todo hijo depende de la familia, y esta es la primera escuela de los muchachos, los primeros profesores de todo niño son sus padres. La influencia de un padre o de una madre en los hijos desde los primeros años es algo que perdura a lo largo de la vida.

 

Usted también promueve la celebración de los 500 años de León…

Eso ya no lo voy a ver, pues tendría para entonces 100 años, pero el otro día tuve una reunión del clero, y creo que debe formarse un comité que se responsabilice, anime y planifique la celebración. Esa fecha no puede pasar desapercibida por León, y si León no quiere celebrar esa fecha, que vengan los cerros y nos sepulten, como a aquella primera ciudad.

 

Estudioso y trabajador

Benito Agustín Díaz, educador

Edad: 90 años

Empezó sus estudios universitarios de Química en la UNAN-León, pero se graduó en la universidad de Panamá. También estudió Psicología en la Universidad Centroamericana, UCA, y su tesis de grado fue una radiografía de la juventud leonesa.

El hermano Benito ha trabajado con algunos movimientos de iglesias, con alcohólicos anónimos y en movimientos juveniles.