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Durante muchos años, particularmente en la etapa de preadolescencia, las fechas en que la sociedad celebra a las madres para mí eran motivo de tristeza, de nostalgias por los tiempos vividos, y de experimentar un gran vacío que, en aquellos años, nada ni nadie lograba llenar.

Si bien mi madre, con los estilos de crianza que practicó, fue una extraordinaria constructora de autoestima, su muerte inesperada a temprana edad (36 años) activó una crisis existencial de tal magnitud en mi personalidad, que daba la impresión de que su trabajo había sido en vano.

Efectivamente, la muerte de mi madre marcó profundamente mi vida, porque no significó únicamente la partida de un ser querido, no amigos y amigas, significó: perder a la persona que más me amaba, que me hacía sentir amado, protegido y seguro; a la persona que yo más amaba y admiraba; ver desintegrarse a la familia, en tanto, ella era su elemento cohesionador; la apertura de un abismo en mi corazón, el vacío creado por su ausencia física; desaparición de la estabilidad emocional, percatarse de que en cualquier momento te podías morir y no tenía sentido pensar en el futuro; escasez económica, de alimentación, de vestido... Hasta entonces me percaté de que éramos una familia de escasos recursos económicos. Quedarse sin norte y, por ende, sin propósito para la vida; perder la fe y la confianza en Dios, culparlo por la muerte de mi madre, recriminarle y echarle en cara permanentemente esa muerte; verse venir al piso la autoestima; el surgimiento de sentimientos de envidia hacia otros muchachos de mi edad, porque tenían madre y yo no, sobre todo en estas fechas en que, quienes tenían viva a su madre, se colocaban una flor roja en su pecho.

Si bien es cierto que la muerte de mi madre trajo consecuencias negativas a mi vida, también lo es que llegó el momento de decir “cambio y fuera”, y retomar principios, valores y conductas de ella heredados e iniciar una nueva y larga temporada, pasando de baja a alta autoestima, de tristeza y amargura a alegría, de resentimientos a gratitud, de inseguridad e inestabilidad a seguridad, de infelicidad a felicidad, en fin, proclamo que su trabajo no fue en vano. Hoy en estas fechas comparto alegrías con mis seres queridos y amistades, disfruto y me gozo de las personas que tienen viva a su madre, porque mi lamento se convirtió en baile a partir de que se dio el “cambio y fuera” cuando clamé a Dios.

Amiga, amigo, si Ud. está pasando por una crisis emocional, y si es de las más dolorosas y difíciles como la pérdida física de un ser querido, particularmente su mamá, invite a Jesús a su corazón, dígale: Jesús mío, yo le entrego el dolor y la tristeza que aflige mi corazón, le doy gracias por el tiempo que me permitió disfrutar de mi madre, por tenerla en su Santo Reino; yo hoy declaro que Ud. es el hijo de Dios y lo acepto como mi Señor y Salvador, le pido fortaleza para perseverar y continuar en la lucha, con la esperanza de que llegará el día del reencuentro.