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El rocío que saluda al tejado es tan suave que asemeja ese llamativo instrumento musical llamado palo de lluvia, y es tan constante que su golpeteo es bienvenido en la tranquila tarde masatepina. El tejado se encuentraaislado, pues Villa Mercedes se distancia del pueblo por unos seiscientos metros sobre una calle de tierra con rumbo hacia el sur. La propiedad está cercada por un paisaje rural idílico para el descanso, y es precisamente eso lo que hacen sus dueños. Mercedes Ubago y Silvio Solórzano Báez son una pareja de señores que decidieron asegurarse una apacible vida en Masatepe, entre jardín, óleo, mascotas y lienzos.

Mercedes Ubago, quien prestó su nombre para la villa luego de participar con fervor en su diseño, pinta con empeño desde hace unos tres años, se declara pintora aficionada, y afirma que le queda un largo camino por recorrer en la pintura; aunque sus trabajos, si pudieran hablar, se defenderían. Uno de sus cuadros, “Vendedora de flores”, decora un muro del Banco Central, en Managua, yotros participan en exhibiciones de artes plásticas nicaragüenses en el Salón de los Cristales del Teatro Nacional Rubén Darío. La más reciente, con dos de sus obras, “La Mercader” y “El horno de la abuela”, fue inaugurada el pasado sábado 5 de julio y estará expuesta en el teatro hasta el 31 del mismo mes.

Entre realismo y rostros

Los cuadros de Ubago reflejan matices propios que envuelven los paisajes de Nicaragua, por ejemplo, “La Mercader”, donde una vendedora se encuentra de espaldas y negocia el precio de su mercancía con un comprador invisible. Y de fondo, una llanta se asolea impune sobre un techo de latas de zinc, del que cuelgan algunas cebollas. “Son cosas que uno mira. Si te das cuenta, puede ser cualquier pueblo o ciudad del país, y el hecho de que ella esté de espaldas nos permite imaginar a cualquier vendedora”, explica Ubago, quien durante un año tuvo un maestro de pintura.

Otras de sus obras, menos apegadas a la rutina nacional, presentan personajes de rostros curvos, la mayoría con expresiones calmas, contemplativas, a excepción de un lienzo, “Mi Lágrima”, que revela la congoja de una mujer morena, cuya lágrima solitaria busca sus grandes labios rojos.

Honor y orgullo

Al ser considerados sus vástagos pictóricos para exposiciones, Ubago se siente orgullosa y trabaja con ahínco. “Para mí es un honor, un orgullo haber sido partícipe de la presentación que se llevó a cabo en el Teatro Nacional en marzo para la Expo Mujer y Arte 2014. Yo tengo un gran deseo por aprender y le echo todas las ganas para seguir adelante, porque es mentira el que dice que amaneció pintando de un día para otro. Cada pintor tiene una técnica diferente, cada pincelada es diferente, y cada mano que sostiene el pincel es diferente”, afirma.

Ubago pinta en la terraza de su casa y también en el corredor de atrás. Saca los caballetes de madera y acomoda los lienzos hechos de esa tela compuesta por lo general de lino, algodón y cáñamo, saca las pinturas de óleo profesionales y pide al calendario el tiempo de las tardes para sumergirseen el mundo de la creación artística.

Su marido por 46 años, Silvio Solórzano, la observa sentado en una de las mecedorasy le da algunos consejos. Él, otrora finquero, también pintaba y hasta hace poco elaboraba trabajos manuales con madera y otros materiales.

“Me casé muy joven con Silvio, yo tenía 16 años. Vivimos mucho tiempo en los Estados Unidos y después nos vinimos a Managua. Teníamos esta propiedad en Masatepe y construimos la casa para venir los fines de semana, pero nos enamoramos del lugar. Él, ya en su jubilación, se sienta, me observa pintando y, pues, sólo eso nos queda ahora, quedarnos viendo la cara el uno al otro, ahí la pasamos más o menos, pero felices”, comenta Ubago.

Villa Mercedes

El terreno era virgen, lleno de árboles, no parecía un lugar apto para construir. Incluso, una amiga de Ubago, dijo: “¿Cómo vas a hacer tu casa ahí? Te vas a arrepentir”. Pero un día Ubago entró y miró desde el fondo de la propiedad la calle principal de tierra, y vislumbró por primera vez lo que realmente deseaba.

“Fue otra cosa, me gustó cómo se miraba, me imaginé la casa. Al comienzo hablé con arquitectos de Managua pero no querían hacer caso a mis propuestas, me presentaban ideas suyas, entonces contraté a una joven arquitecta de aquí y escuchó detenidamente cada cosa que yo quería, y ahora es una realidad. No hay mejor ambiente para pintar y para vivir. Lo bonito es que recibimos muchas visitas de amigos y se quedan a dormir en un apartamentito que acondicionamos a un costado”, dice Ubago mientras mira el jardín con expresión serena, casi de sonrisa.

En el muro de enfrente está el rótulo con la inscripción “Villa Mercedes”. Pasando el portón de hierro hay un amplio jardín con algunos árboles, allí viven Maya, Tibor y Séfora, tres rottweilers que se vuelven mansos a la primera orden de sus amos. Luego hay otra parcela de jardín donde los perros no pueden acceder, y allí se revela otro pasatiempo de Ubago: la vastedad de colores la dan las flores camarones, Santa Marta, flores cepillo, rosas, sacuanjoches y mil flores, todas plantadas por la pintora.

El interior de la casa también transmite la paz que brinda la suave llovizna de afuera, aunque algunos ladridos de Pipina, una pinscher miniatura, buscan romperla sin éxito, porque es hasta más obediente que los perros de la entrada. Es fácil moverse de la sala al comedor y del comedor a la cocina, de la cocina a la sala, siempre rodeados de cuadros de Ubago y de otros artistas. En una recámara amplia e iluminada, hay más cuadros, unos grandes y otros pequeños, unos terminados y otros esperando pinceladas inspiradas.

La impresión que deja Villa Mercedes es propicia para soñar, para sentarse una tarde en la terraza a contemplar la natura con un café humeante en la mano, o con cualquier bebida que caliente también el alma. Para Mercedes Ubago, es también propicia para alistar el caballete, subir el marco de madera que soporta el lienzo, y comenzar a trazar una vida, un micromundo, a partir únicamente de la imaginación.

 

"Cada pintor tiene una técnica diferente, cada pincelada es diferente, y cada mano que sostiene el pincel es diferente".

Mercedes Ubago.