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En el transcurso de nuestro paso por esta vida terrenal nos toca enfrentar infinidad de problemas de diversa y relativa gravedad.

La gravedad es relativa, en tanto, cada quien considera que lo que está enfrentando en un momento dado es lo peor que ha pasado en su vida; quizá llega a pensar y creer que no será posible recuperarse, que todo acabó. En estas circunstancias, tendemos a transitar por la ruta de la depresión y experimentar las consecuencias propias de ella: dolor en el alma, tristeza, sufrimiento, resentimiento, amargura, malestares corporales, etc.

En mis 76 años de permanencia en este mundo, he aprendido que la vida no es fácil, que es una lucha diaria, que las dificultades y situaciones con capacidad de golpearnos cognitiva y afectivamente aparecen en cualquier momento, de igual manera, y más importante, he aprendido que se puede vivir plenamente.

Cuándo me iba a imaginar, allá en la última década de los 90, que llegaría el día en que viviría libre de alcoholismo; o que el vacío sin fondo que había en mi corazón sería llenado de amor; o que el duelo y la amargura por la muerte de mi hijo que me mantenía sumido en la depresión, un día se transformaría en gozo; o que la familia que en el tiempo me encargué de destruir, sería reconstruida y podría disfrutar del calor y aprecio de esposa, hijas, nietas y nietos. Si acaso alguien me insinuó que esto podría suceder, seguramente mi respuesta era: “Imposible”.

EL VALOR DE LA FE

Una madrugada, caminando por la ciudad, cuando los primeros rayos del Sol asomaban por el oriente, un hombre hasta ese momento desconocido para mí, me presentó a alguien, decía él, que era capaz de liberarme de cualquier atadura que estuviera impidiéndome vivir a plenitud. Este hombre me habló de y me presentó a un Jesús vivo. Con más escepticismo que otra cosa, ese amanecer guiado por ese hombre, decidí creer y confesé a Jesús como mi Señor y Salvador.

A partir de ese día, y en un proceso lento, las cosas en mi vida empezaron a cambiar. Este Jesús lo primero que hizo en mí fue poner paz y esperanza en mi corazón, me mostró claramente que lo que me hacía tanto daño era la forma como enfrentaba los problemas, que a partir de ese momento, cualquier dificultad por muy compleja que fuera, la superaría porque lo haría tomado de su mano.

La esperanza que Él me infunde me permite vivir a plenitud, me da absoluta convicción de que llegará el día en que me reencontraré con mis seres queridos que ya han partido, particularmente con mis hijos.

Amiga, amigo, te invitamos a enfrentar los problemas tomados de la mano de Jesús. Recuerde siempre que con Él todo es posible, dígale: Jesús, abro mi corazón y le acepto como mi Señor, salvador, sanador, restaurador y libertador; deme fortaleza para enfrentar mis problemas, y le pido que me llene de FE y ESPERANZA para vivir esa vida plena que Usted nos promete.

Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com.