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I - La coca que viene del mar

Cada vez que entraba al mar, “José”, un afrodescendiente que se hizo pescador desde muy joven, sabía que podía pescar algo más que langostas. No solo lo sabía él, lo sabían todos. Desde pequeños aprendieron que las corrientes marinas los beneficiaban y que aquí, en el Caribe nicaragüense, la cocaína podía encontrarse flotando. Que podían entrar al mar siendo pobres y salir convertidos en los nuevos ricos de sus comunidades. Por eso se molestaba con todos aquellos que descalificaban a los pescadores costeños.

—Los pescadores nos atropellamos con sacos de coca y de babosos los agarramos. ¿Y por eso dicen que somos narcos? Eso está en las costas, está en el mar, ¡esa cuestión flota! —dice “José”, de unos 45 años, quien dará la entrevista, insiste, porque la juventud se está jodiendo con tanta droga circulando en las calles.

El tipo toma un lápiz y garabatea el mapa de Nicaragua, dibuja un triángulo mal hecho haciendo énfasis en la Costa Caribe; ubica a su natal Bluefields, la cabecera departamental de la Región Autónoma del Caribe Sur y traza una línea:

—Estamos en el camino, en el medio —dice—. Tienen que pasar por aquí.

Nicaragua es un sitio de tránsito para los narcotraficantes. La droga que viene desde Colombia debe atravesar Centroamérica en su camino hacia Estados Unidos. En 2012 Nicaragua fue uno de los seis países de América Latina que estaban entre los 10 que más droga incautaron en el mundo, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, y en 2013 la Policía ocupó 4.3 toneladas de cocaína.

—Hay un cachimbo de pescadores costeños que encuentran droga en el mar —sigue “José”.

La encuentran por una causa sencilla que los blufileños fundamentan en su experiencia empírica: las corrientes. Lo que cae en el mar Caribe, dicen, aparecerá más tarde en las costas del Caribe Sur nicaragüense. Un estudio sobre el patrón de las corrientes, del científico cubano Manuel A. Iturralde-Vinent, revela que una de las trayectorias de las corrientes que transportan objetos flotantes concluye en la costa sur de Nicaragua. Todo está determinado por el viento y, cómo no, por las corrientes. Los narcos están enterados de esta situación, por eso cuando son perseguidos por las autoridades tiran la droga al mar, sabiendo que algún lugareño se topará con ella.

A inicios de los años 90 los pescadores empezaron a encontrar cargamentos en el mar (“donde termina el agua mansa y comienza el agua brava”, o donde “se acumula la basura”, explican) y también en las costas de las comunidades del Caribe Sur. “José” lo ejemplifica con el mapa.

“La droga apareció a inicios de los años 90”, dice Johnny Hodgson, un blufileño con liderazgo de antaño. “La gente en las comunidades agarraba esa droga y buscaba cómo trasladarse a Managua para venderla, pero la Policía comenzó a capturarlos. Eran campesinos y pescadores pobres. De pronto se instalaron unos hombres con su equipito de trabajadores en las comunidades, le decían a la gente que no tenían que ir hasta Managua a venderla, que se la entregaran a fulano de tal y tal día fueran a recoger su plata”.

Un día, un grupo de personas caminaba sobre la costa hacia otra comunidad y se encontró 20 paquetes de cocaína, relata Hodgson. Entre el grupo iba un pastor.

—Bueno —reflexionó el pastor— aquí está esta droga, no la estoy promoviendo pero tampoco voy a decir nada, el que quiera agarrar su paquete que lo agarre y lo que sobre lo vamos a desbaratar.

La mayoría tomó su parte, dice Hodgson que le contaron. Donald Byers, quien está a cargo del Centro de Investigación y Documentación de la Costa Atlántica (Cidca), recuerda otro caso: “Conozco el caso de un simple profesor, no quiero mencionar nombres. En Laguna de Perlas halló un paquete, lo vendió y puso un hotel y una tienda, pero él nunca se metió a la droga”.

Al inicio la gente consideraba que la coca era algo malo. Aquellos que estaban enriqueciéndose predicaban que era una bendición de Dios. Todos lo creyeron. Con la droga podían comprar lanchas, plantas generadoras de energía eléctrica, camas, podían levantar sus casas de tambo, ostentar joyas. Con el dinero de la droga la gente de las comunidades podía (y puede) viajar hasta Bluefields y comprar en las grandes tiendas de electrodomésticos. En un municipio donde la incidencia de pobreza es de 94.9%, la droga empezó a llenar el vacío que provocaba el desempleo y el olvido estatal.

—Cuando hay movimiento de la Naval, uno se mueve. Sabe que puede encontrar algo—dice “José”.

El domingo 18 de julio de 2010, la Naval ubicó una lancha narco a 25 millas al sureste de Corn Island, otro municipio del Caribe Sur. Las crónicas periodísticas de la época detallan que la embarcación narco era una del tipo “Eduardoño”, de 45 pies de largo con cuatro motores fuera de borda de 200 caballos de fuerza cada uno. Era, sostuvieron los jefes militares entonces, “una bala” sobre el mar.

Durante la persecución los narcos llegaron hasta Taspa Pauni, comunidad del municipio Laguna de Perlas y se adentraron en la jungla, dejando la lancha con 108 sacos, entre 24 y 25 tacos en cada saco, sumando cerca de 2.6 toneladas de cocaína, valorados en US$125 millones. Veinticinco minutos después, en el sitio aparecieron decenas de pobladores armados con palas, garrotes, baldes y machetes. Llegaban a reclamar la droga. Los militares tuvieron que persuadirlos y pedir refuerzos.

Con el paso del tiempo “la bendición” que venía del mar se transformó en algo mucho más destructivo, explica Ray Hooker, de la Fundación para la Autonomía y Desarrollo de la Costa Atlántica de Nicaragua (Fadcanic). “Ya no era solamente tener la suerte de encontrar un cargamento flotando que podían ir a cambiar por US$20,000 o US$50,000; resulta que tenían que prestar servicios”.

“El narcotráfico necesita combustible, entonces algunas de estas personas aseguran la cantidad de combustible que los involucrados en el narcotráfico precisan. Necesitan información, y la obtienen. A veces necesitan escondites. Necesitan el traslado de su carga a diferentes destinos, entonces tratan de establecer una red en ese sentido”, explica Hooker.

Ted Hayman creó esa red. Este pescador oriundo de Taspa Pauni, condenado a 30 años de prisión por transporte internacional de estupefacientes, crimen organizado y lavado de dinero, ofrecía servicios logísticos al narcotráfico. Creó un imperio y se erigió como benefactor en su comunidad, tanto que cuando fue arrestado en junio de 2012, la población salió a las calles en su defensa, amenazó con no permitir comicios, levantó firmas para solicitar su liberación y suspendió las clases por varios meses. No lo lograron.

Hayman fue “el señor de las drogas” hasta 2012, cuando lo detuvieron mientras veía la inauguración de una liga de softbol en Bluefields. Levantó una mansión en esa ciudad, cuyo costo fue calculado por las autoridades en US$3 millones y construyó escuelas y centros de salud en su natal Taspa Pauni. La Policía le quitó tres casas y un hotel que tenía en Managua, además de la gran mansión en el Caribe.

Era implacable con sus enemigos y amigo de sus amigos. No había problema que Hayman no pudiese resolverle a los vecinos, ¿dinero para formar el equipo de baloncesto o de softbol? Hayman lo tenía, ¿dinero para trasladar a un enfermo?, Hayman lo proporcionaba, ¿casa, lancha, fiesta, cerveza? Hayman, Hayman, Hayman.

—Él fue hábil —dice “José”—. Empezó proveyendo combustible a los narcos colombianos.

Según la Policía, el grupo liderado por Hayman reabastecía a narcos extranjeros en alta mar. Ofrecían un servicio completo: panga, pangueros, combustible, comida y salario de tripulante, desde Panamá, Costa Rica y Nicaragua, hasta llegar a Honduras.

II - El mal empieza a carcomer

Bluefields



La droga que llegó del mar maleó el ambiente en la ciudad. En Bluefields la situación empezó a dar muestras de deterioro en la década del 2000.

El punto de quiebre fue el asesinato de cuatro policías en la propia delegación policial el 4 de mayo de 2004.

A eso de la 1:30 am del 4 de mayo, diez hombres entraron a la delegación. Mataron a cuatro policías con arma blanca, degollaron a dos y pusieron cintas adhesivas en la boca a todos. La escena fue calificada por los medios de comunicación como dantesca: sangre en las paredes, cuerpos amontonados y, al final, el hallazgo del robo de 31 fusiles AK y ocho pistolas. Solo una mujer policía pudo huir.

“Hubo otros incidentes en las cárceles y en la Costa, que mostraron la presencia del crimen organizado, que entraba tardíamente en el país, aunque desde mediados de la década del 90 tenía algunas acciones. Este suceso (el asesinato de los policías) es un punto de escisión en la tendencia”, explica el especialista en seguridad y exsubdirector de la Policía, Francisco Bautista Lara.

Entre 2004 y 2009 la media del índice delictivo por cada 10,000 habitantes en Bluefields fue de 424 casos, mientras a nivel nacional era de 236. “En 2009 el índice delictivo ascendió a 479, allí se observa principalmente el salto”, sostiene Bautista Lara.

En 2010, de acuerdo con información policial contenida en el estudio del investigador Roberto Orozco, “Delitos y drogas en Bluefields”, hubo 33 muertes violentas vinculadas a redes locales dedicadas al tráfico y comercio de drogas en la ciudad. Basado en información de la Fiscalía, Orozco agregó que estas muertes tenían una característica en común: el móvil fueron vendettas entre organizaciones narcos. Varias de las víctimas fueron ultimadas de un disparo en la frente o en la espalda y sus manos habían sido cortadas con machete.

El informe de gestión 2012 de la Policía Nacional reveló que en esta ciudad se registró un índice de muertes violentas casi igual al de Guatemala, de 42.7 por cada 100,000 habitantes, mientras en el resto del país la media fue de 12 por cada 100,000 habitantes, la más baja de la región.

Nicaragua es considerado el país más seguro del istmo debido a que no hay presencia de maras y el narcotráfico no ha permeado las instituciones.

“En parte, el tráfico internacional de diverso tipo, particularmente de drogas, afecta el territorio, pero hay problemas de desarrollo humano, pobreza y desempleo, una cultura machista predominante, consumo alto de licor y presencia de drogas, lo que es generador de violencia. El Pacífico no comprende suficientemente al Caribe, muchas políticas centrales están alejadas de esta realidad histórica, política y sociocultural diferente, que requiere abordajes particulares”, agrega Francisco Bautista Lara.

Decir que el narcotráfico se enraizó en la región es una afirmación “muy absoluta” a criterio del especialista. “Mi opinión es que hay presencia del narcotráfico en el Caribe por la gran extensión territorial del lugar, (no obstante) es solo de paso, es una ruta necesaria, pero la región carece de las condiciones logísticas suficientes para permitir las operaciones de este complejo delito, cuyo objetivo de mercado es alcanzar el Norte”.

Entre los años 2000 y 2010 el Ejército y la Policía Nacional incautaron 113 toneladas de cocaína en Nicaragua, de acuerdo con reportes oficiales. Bluefields es considerada la segunda plaza de mercado de drogas ilegales del país, según el estudio “Delitos y drogas en Bluefields”, que cita entrevistas a jefes policiales.

Johnny Hodgson sostiene que tras la detención de varias personas ligadas al narcotráfico desde 2012, la situación en Bluefields ha mejorado.

“Cuando había coca, eso era público, cuando llegaban cargamentos, limpiaban La Curacao, El Gallo más Gallo, llegaba la gente de la comunidad y compraban: quiero tres televisores, dos camas, una cocina, un refrigerador, quiero muebles, decían, alquilaban una lancha y se iban. Las tiendas no tenían la culpa pero sí estaban alegres. Hay hoteles, restaurantes y cantinas que permanecían repletos. Ya no es como antes, no salgo mucho, pero antes no hallabas asiento” en ningún lugar, dice Hodgson.

Las estructuras locales que colaboran con el narcotráfico reciben como pago droga, que luego venden en la ciudad. Moisés Arana, alcalde en el período 2000-2004, sostiene que durante su gestión había por lo menos 260 expendios en Bluefields. La situación no ha variado.

La cantidad de expendios proliferó y provocó el aumento en la delincuencia común. Carmen Rivas, quien está a cargo de la Empresa Costeña de Seguridad Privada S.A., dice que la demanda de este servicio ha incrementado. “Hasta en el día te asaltan”, relata.

“La gente nos contrata para cuidar su casa cuando deben dejarla sola. Cuando vienen barcos también contratan. Se meten mucho en los negocios, a veces estando el guarda intentan meterse”, expresa.

Pero la situación es peor en los barrios. Los cultos en la Iglesia Morava pasaron de hacerse a las 6:30 de la tarde, para realizarse a las 4:30, porque según el obispo Oliver Hodgson, los delincuentes aprovechan para robar en el trayecto entre la iglesia y sus casas.

“Ha habido casos de ladrones que han entrado al predio de la iglesia y han despojado a las ancianitas de sus cadenas, de sus pulseras. Para mayor seguridad hemos implementado eso. Hay iglesias que hacen más temprano las misas, a las 4:00, para que a las 6:00 todo el mundo esté en su casa, pero aun así los asaltos siguen”, cuenta.

Los consumidores roban para comprar drogas. “Hay barrios que podemos decir que son las cuevas donde se vende la famosa piedrecita que llaman crack. La Policía sabe donde quedan, a veces caen, a veces no caen”, agrega el obispo. En 2010 se calculaba que en promedio había cuatro expendios en cada barrio de esta ciudad.

Los asaltos ocurren a cualquier hora del día. Johnny Thyne, líder comunitario del barrio Santa Rosa, tiene 22 años y temor a salir solo. “Hay una familia cerca de donde yo vivo, son dos hermanos, uno consume y el otro roba, también para consumir”.

“La mera realidad es que no hay oportunidades de empleo —dice Rafael Calero, del barrio San Mateo—. Como no tienen experiencia laboral, otros no pertenecen a partidos políticos; a los jóvenes se les cierran las puertas. En los callejones, en las esquinas, entre amigos, consumen drogas y una vez drogados salen a hacer sus fechorías. Otro factor, no hay que negarlo, son los expendios. La Policía los ha venido mitigando pero es una realidad, existen”.

La Población Económicamente Inactiva (PEI) representa el 46.9%, de acuerdo con cifras oficiales.

La periodista Yolidia Navas identifica una debilidad en la ciudad: la falta de patrullaje policial. “Luego de la masacre de los policías hubo meses de aparente tranquilidad porque la Policía Nacional estaba cuidando las calles y los callejones. Se instalaron luminarias, pero no era suficiente. Después de quizá, cuatro meses, la Policía abandonó las calles”.

III - El crack: el mal que todos consumen

Bluefields



Se fue al mar huyendo del crack y del “rude buay”, como le llaman en creol a la mezcla de marihuana con piedra, una adicción a la que se metió cuando el bolsillo no le ajustó para comprar más cocaína. “Carlos”, 28 años, dejó de consumir hace nueve meses, tras dos intentos de suicidio y la mitad de su vida metido en esta adicción.

—¿Y algún día saliste a asaltar en las calles?

—En mi casa robaba, pero en la calle no. Mis amigos sí lo hacían. A veces estábamos sentados, uno de ellos se levantaba y se iba. De repente, cuando mirabas, le arrebataba el celular a alguien. Dejé de caminar con ellos cuando me apuñalearon por equivocación y casi quedo paralítico.

—¿Cómo fue?

—Venía saliendo del ‘4 Hermanos’, estaba orinando y un hombre me dijo: oye negro, si te agarro, te mato, vos me las debés. Sacó un cuchillo, y salí corriendo. Me enterró el cuchillo en la espalda —dice y enseña la cicatriz en la parte baja de la espalda.

Continuó consumiendo solo, a veces en su casa, otras veces en el cementerio.

—Después de la segunda vez que intenté matarme y me salvé, estuve interno ocho días en el CAPS, luego fui al Centro de Vida. Para distraerme hice manualidades, chapas y me fui al mar…

—¿Y en el mar?

—Yo pensaba que si me iba al mar a trabajar iba a estar fuera de peligro, ¡pero qué va a ser! Ahí los buzos hasta por libra lo llevaban. Antes de bucear se tiran su tila. Después de terminar de trabajar tienen derecho a dos langostas, esas dos langostas las intercambian por droga y después que quedan acalambrados quieren más…

El consumo de drogas en la población juvenil es uno de los principales problemas en Bluefields. El crack es la de mayor consumo. De acuerdo al psiquiatra Rubén Dávila, a cargo del Centro de Atención Psicosocial (CAPS), único centro de desintoxicación del Minsa a nivel nacional, la drogodependencia se da en todos los niveles.

“Están empezando a los siete, ocho y nueve años y eso nos tiene sumamente preocupados”, dice Dávila. En la actualidad está en marcha un programa de prevención de drogas en los colegios del casco urbano, que les permite identificar a los jóvenes en riesgo, sin embargo el problema es estructural. Hay “un tremendo problema relacionado con la inseguridad ciudadana” —dice el psiquiatra— que se agrava por las características geográficas, que propician el paso de las drogas". Influye también que Bluefields carece de infraestructuras deportivas en buen estado. Apenas el 5% presenta las condiciones mínimas.

Verónica Rojas está en un programa de la no gubernamental Acción Médica Cristiana, con el que pretenden sacar a los jóvenes de las drogas.

— Si caen presos van a salir más delincuentes porque —dice— estando en la cárcel, ellos me cuentan que pueden comprar drogas. Cambian cualquier cosa que les llevan las mamás, para fumar. Entonces no estamos haciendo nada, meterlos presos no es la mejor solución.

Rojas habla de distintos casos: familias que venden drogas, adolescentes que trafican en las escuelas, y taxistas que llevan el producto a domicilio.

—Una vez mi hijo me dijo: vos tanto escándalo hacés y las otras mamás así —hace un gesto con las dos manos, simulando un cuadrado— le meten los tacos a sus hijos, llevan una gran mochila y solo un cuaderno, lo demás es droga ¡y vieras cómo viven!

Después de ese comentario emprendió la tarea de hacer reflexionar a su hijo. No lo logró. Al poco tiempo supo que también estaba consumiendo.

—El mismo día que supe lo agarré y me lo llevé al CAPS, estuvo internado. Entonces tenía 17 años y ahora tiene 20, trabaja, va al mar y se robó a una muchacha. Dejó de consumir.

“José” insiste en que esta ciudad con porte inglés, que sirve de puerto al Caribe y hace 26 años fue destruida por el huracán Joan, se está jodiendo con tanta droga, pero que es incorrecto decir que está dominada por grandes capos.

—No hay capos —dice— solo pescadores inteligentes. Pescadores que han sido hábiles.

—¿Hábiles?

—Sí, como Ted Hayman.

Hace una pausa y vuelve.

—Nos topamos con la droga y de babosos la agarramos, pero ya es demasiado. La juventud se está jodiendo. Les hemos enseñado a inmolarse, ¿acaso no podemos enseñarles a no hacerlo?

“Nanara Chens Muns, Alki Dauks”

Fadcanic emprendió una campaña en inglés, miskito y español denominada “Cambia ahora”, la que será impulsada en Bluefields, Bilwi y Waspam con el fin de sensibilizar contra la violencia. Seis documentales de 20 minutos con testimonios de personas que han salido de las drogas y de una vida llena de violencia fueron grabados para ser transmitidos en la televisión local, así como una serie radiofónica de 12 capítulos, la que fue grabada en miskito, creole y español.

EL NUEVO DIARIO solicitó por escrito y verbalmente una entrevista desde el 6 de agosto al Ejército y a la Policía Nacional. Esta última institución postergó la entrevista a diario durante una semana y finalmente no la dio. El Ejército no respondió.

42.7 homicidios por cada 100,000 habitantes se registraron en 2012 en Bluefields.

4.3 toneladas de cocaína fueron incautadas en 2013 a nivel nacional.

4 expendios se calcula que hay en promedio en cada barrio bluefileño.

"Tenemos que reconocer que la Policía, el pueblo organizado, están haciendo lo mejor. Aun con todas las limitantes podemos sentirnos orgullosos y seguros". Domingo Trusler, Coordinador del Consejo Regional de la RACS

"Tenemos el 80% de gente desempleada. Creo que la realidad de Bluefields es muy dura. ¿Qué hace una persona en este pueblo?". Moisés Arana, Exalcalde de Bluefields

"Cuando la Naval anda persiguiendo a los narcos, estos buscan la forma de desaparecer la droga y todo el mundo pasa por ahí para ver qué encuentra". "Carlos", habitante de Bluefields