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Varios esperamos al tricampeón: los curiosos que están en la esquina, un señor que está cabizbajo, lleva lentes gruesos y sostiene unos papeles en las manos, y nosotros. Ninguno puede entrar a la casa porque —dice su mamá— “Román no está”. Intento explicarle que él me citó aquí, a esta hora, y que también me gustaría hablar con ella. No me deja terminar. “Román no está ni vive aquí”. El señor de lentes intenta hacer lo suyo casi susurrando y mostrando los papeles. No logra mucho.

Tras una explicación, la señora nos deja entrar al porche de la casa, aunque advierte que no dará entrevistas. No quiere. Entre excusas, suelta su molestia: “¡Creen que Román es banco!”.

Diez minutos después el tricampeón aparece. Prefiere atender primero al señor, quien sigue asoleándose en la calle sin soltar los papeles con los que pretende conseguir ayuda. El hombre necesita otros lentes, contará después Román, y regresará la semana entrante. Como él, llegan muchos a diario. Algunos, dice el boxeador, han matado a su mamá, a su papá y a sus hijos. Le han mentido.

Román “El Chocolatito” González debe su nombre a un tío paterno que murió antes del triunfo de la Revolución Sandinista. El tío era boxeador, como también lo fue su papá, Luis González, quien a punta de regaños y uno que otro fajazo lo metió al boxeo, y de quien heredó el apodo.

Chiquito (5’3’’) y afamado, el boxeador está acostumbrado a dar entrevistas, a contar cómo se siente, lo que espera del futuro, de su próxima pelea, a detallar cómo se está entrenando. Una que otra vez le ha tocado dar explicaciones sobre su vida privada porque se ha visto envuelto en escándalos: que si golpeó a su exesposa, que por qué no le quería dar la pensión alimenticia a su primogénita, que por qué se separó de la promotora con la que inició su carrera profesional, que si su hermano fue encontrado con droga y no con talco, tal como aseguraron la Fiscalía y la Policía.

Sin decirlo, luego de ofrecer agua y Gatorade y de encender el abanico, el púgil pide que empiece la entrevista. Es mediodía y hace mucho calor.

 —Me contó tu hermano que tu papá te pegaba para que fueras a boxear.

—Me trataba —sonríe—. Eso del futbol, me decía mi papá, no te va a dejar nada. Yo me iba escondido a jugar futbol mientras él salía a vender veneno a las calles.

Román pasó mucho tiempo sin descubrir su talento. Tal era su apatía con el boxeo, que jamás le atrajo ver peleas de este deporte en la televisión. Su papá había guindado una bolsa repleta de tierra en un árbol de aguacate, con la que él practicaba de vez en cuando. No tenía guantes para boxear y la mayor parte de su tiempo lo pasaba con sus vecinos jugando futbol, deporte en el que según él era bueno, aunque su papá opina lo contrario.

—Tu mundo es el boxeo, le decía, como yo fui boxeador, traés eso en las venas —cuenta Luis González que le recomendaba al tercero de sus cuatro hijos, durante un descanso en el gimnasio “Róger Deshon”, en San Judas, donde Román conoció a su mentor, Alexis Argüello.

¿Por qué insistía tanto?, ¿qué le vio?

—Tenía una pegada en su mano izquierda y chavalo que le ponía, chavalo al que doblaba. Yo dije: mi hijo va a ser boxeador como yo.

Cuando por fin lo encaminó en el mundo del boxeo, Román se entusiasmó y cada sábado en el barrio La Esperanza se medía a los demás chavalos del vecindario. Allí llegaba Carlos “Chocorroncito” Buitrago, quien en julio de 2013 disputó el título interino de las 105 libras de la Organización Mundial de Boxeo, OMB.

En principio el tricampeón del mundo peleó públicamente en veladas organizadas por Gustavo Herrera, su primer entrenador, y por su padre en el barrio La Esperanza. Cobraban C$2 por la entrada. Con el dinero que dejaron esas peleas Román pudo comprar sus primeros guantes.

“El Chocolatito” peleó en cien ocasiones mientras fue boxeador amateur, recuerda Gustavo Herrera, entrenador en el “Róger Deshón” y quien estuvo con Román cuando empezó su carrera. “Sábado a sábado en la esquina de La Esperanza hacíamos las veladas y después llegaba el montón de gente por el talento que presentaban ellos”, cuenta Herrera.

Cuando el gimnasio “Róger Deshón” fue abierto al público, Román y su padre estuvieron allí con su partida de nacimiento, una fotocopia de esta y dos fotos tamaño carnet. Alexis Argüello lo vio practicar y avizoró que llegaría lejos.

“En ese tiempo ellos eran los muchachos más talentosos: él, el ‘Chocorrón’, David Herrera, José ‘El Pollo’ Aguilar, Yadercito Escobar, ‘El Piolín’ Morales, en otra categoría. Era una camadita buena. Recuerdo que Román ganó 99 peleas, estuvimos en unos Juegos Centroamericanos en Costa Rica y ganó el título centroamericano amateur. Comenzó desde chavalo y presentó las cualidades y condiciones de un buen atleta”, dice Gustavo Herrera, quien dejó de ser entrenador de “El Chocolatito” en 2009, luego de que el boxeador quisiera que este y su padre compartieran el 10% que le corresponde al entrenador.

Carlos Alfaro, periodista deportivo, recuerda que desde cipote “El Chocolatito” tenía un nivel “increíble”. “Cuando salta a la profesional ya era muy famoso. Famoso por su calidad como peleador y porque era apadrinado por Alexis Argüello, quien siempre decía ‘van a ver, este chavalo va a ser bueno, va a ser campeón’”, recuerda Alfaro.

“Él es un combo, ‘El Chocolatito’ tiene un gran estilo, tiene buena pegada, es uno de los pocos campeones que tienen un porcentaje de nocaut arriba del 80%, tiene 40 victorias sin derrota, de esas, 34 son por nocaut. Es difícil encontrar a un boxeador con combinaciones de 6 a 8 golpes. Su estilo es tan depurado, que a ojos cerrados puedo afirmar que, en cuanto a estilo, supera a Rosendo Álvarez”, agrega Alfaro.

La fama

A los dieciséis años “El Chocolatito” decidió convertirse en boxeador profesional. Había llegado hasta quinto grado en la escuela Luxemburgo, del barrio La Esperanza, donde no se destacó por buen estudiante, pero sí por mal portado. Recuerda que jugaba mucho, que era jayán y que se agarraba a bolsazos de agua con sus compañeros.

Su papá dice que le pegaba para obligarlo a estudiar porque era “algo durito para las clases”. Iba a sexto grado cuando empezó a agarrar fama y dejó los estudios. Su mamá planchaba ajeno y vendía sorbetes, gaseosa y comida junto a su tía en un kiosco del malecón, y su padre continuaba recorriendo las calles de San Judas vendiendo veneno y pinesol.

—La verdad es que cuando descubrí que tenía mucho talento y cuando salí en el periódico ya me gustaba, así que le puse más empeño a mi trabajo y me di cuenta de que podía salir adelante —reconoce el boxeador—. No me gustaba que mi mama le anduviera planchando a nadie, ni andar vendiendo pinesol, porque yo vendí pinesol, así que decidí lanzarme a la profesional y firmé un papel.

De ganarse C$1,000 pasó a ganar C$2,000 y de pronto se vio con US$2,000.

—Ya era una personalidad —recuerda.

Así que se compró lo que siempre ansió y jamás había podido tener: deportivos Michael Jordan, Nike y camisas caras. Fue y gastó en pantalones y camisas de C$700 y hasta de C$1,500. Le dio dinero a su mamá y continuó comprando ropa porque nunca había podido estrenar un 24 y un 31 de diciembre.

—Derrochaba los reales, me iba de compras. Cuando gané esa cantidad ya tenía 18 años. Siempre deseé tener unos zapatos bien bonitos, unos Nike, unos Jordan, porque antes no me gustaba vestirme así —señala la ropa que lleva puesta: pantalón negro formal, camisa manga larga blanca con rayas rosadas, calza zapatillas, su ‘look’ de siempre—, me gustaba andar todo cholo, con deportivos y chaquetas.

Cuando viajó por primera vez a Japón ganó US$10,000 y luego fue firmado por US$35,000. Dice que con ese dinero construyó la casa de su mamá, que hasta entonces fue de tablas.

—Ahí comenzó todo, gané más plata y después peleé con Yutaka Niida.

En septiembre de 2008 Román ganó el campeonato mundial del peso mínimo de la Asociación Mundial de Boxeo tras noquear en el cuarto asalto al japonés Yutaka Niida, convirtiéndose en el décimo campeón mundial de Nicaragua. Al año siguiente se casó y se compró un Mercedes Benz de segunda, el que chocó al mes siguiente de haberlo adquirido, y en 2010 estuvo envuelto en un escándalo mediático por no querer pagar la pensión alimenticia a su primera hija.

En la casa de su madre hay recuerdos vagos del primer matrimonio de Román, que fue con Raquel Doña, quien lo acusó por maltrato en 2011. En la pared hay colgada una serie de fotos tomadas antes del casamiento. Sale vistiéndose, colocándose la corbata, posando, con los puños de frente, de lado, con su madre. “El Chocolatito” luce camisa roja y pantalón blanco.

—Cuando uno no ha tenido dinero, al tenerlo se vuelve loco. He tenido tanto dinero y después no he tenido —reflexiona el segundo tricampeón nicaragüense, quien el 5 de septiembre equiparó la cantidad de títulos que hasta el momento solo tenía Alexis Argüello.

Esta vez no quiere cometer los mismos errores, dice. Insiste en que ya ha visto demasiados ejemplos y que por eso compró una casa, a la que está haciéndole mejoras, y adquirirá un terreno, en el que piensa construir apartamentos o una bodega. “Estoy asesorándome”, dice. Pero su sueño a largo plazo es poner un restaurante, porque “la comida da”.

En estos momentos de la entrevista su hija se acerca y se sienta a su lado en una pequeña silla. Román continúa reflexionando sobre lo que ha hecho mal. Suena el teléfono por tercera vez. Por tercera vez miente: “Ya voy”, pero la entrevista no terminará hasta 20 minutos después. Al mismo tiempo uno de sus hermanos reclama algo en la calle, está alterado gritando. El tricampeón intenta continuar sonriendo y no prestar atención a lo que ocurre a su alrededor. No lo consigue, pero sigue siendo amable.

El campeón mundial en el peso ligero, José “Quiebra Jícara” Alfaro, lo recuerda así: serio, pero amable. Ambos se conocieron en el “Róger Deshón” y recibieron los consejos de Alexis Argüello. Salían a comer, porque no les gustaba la fiesta. Román “siempre ha sido humilde, apartado, callado. Bromeábamos poco y trabajando éramos muy serios”, cuenta “Quiebra Jícara”, quien lo recuerda también como enamoradizo.

“Le gusta regalar osos, chocolates, con las mujeres lo que pude percibir es que es muy dadivoso. Recuerdo que en 2005 o 2006 le llevamos un peluche enorme a una de las muchachas que andaba enamorando”, dice el boxeador.

Román no se descompone frente a los temas complicados. Los enfrenta hablando poco o sonriendo forzadamente. El campeón de los títulos mínimo y minimosca de la AMB y mosca de la CMB sale al paso a los que lo critican porque supuestamente ha ganado ante contendientes que muchos consideran poco fuertes. “Sí, he peleado (con buenos boxeadores), simplemente que estamos en un país en el que la gente opina a su manera”.

Esta semana retomará su entrenamiento. ¿Que si hay o habrá alguien mejor que él? Román sonríe y quizá solo esta vez olvida la humildad de la que tanto le hablaba Alexis Argüello: “Va a salir uno mejor que yo, si se cuida, si no se cuida nunca será mejor que yo. Esa es la verdad, hay muchos campeones que no se cuidan, ¿cómo quieren llegar largo así?”.

“Estoy bendecido”

Religioso. Román “El Chocolatito” González es cristiano. De jovencito acudía a los cultos, pero solo en busca de enamoradas. Hoy la situación es diferente, dice él. Cuando se le consulta por su cercanía con el Gobierno, dice que ve esto “como una bendición” y menciona que el presidente Daniel Ortega lo ha llamado siempre que ha ganado una pelea.

A Dios recurre cuando se le consulta sobre temas difíciles. En ocasiones calla y quiere pasar por despreocupado. En noviembre de 2011 su exesposa, Raquel Doña, lo acusó por agresiones físicas y verbales.

“Cuando las personas me preguntan por eso (lo del maltrato), yo les digo: ‘Lo que usted piensa, eso es’”, dice Román, quien agrega que “gracias a Dios no me hace falta nada, estoy tranquilo, estoy bendecido, lo que Dios me ha dado no se lo ha dado a nadie más”.

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