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I Frente a lastres

Dicen que fueron las tres ellas, las tres Marías. Que llegó la primera, al instante la segunda y de inmediato la tercera. Ni la “Chinga” y el “Cual” se salvaron de su fuerza, de su afamada y temida fuerza. Pocos lo creen, pero esas tres existen. Aparecen de pronto en el Xolotlán llevándose a su paso a quienes encuentren. Esta vez fueron siete pescadores, más la “Chinga” y el “Cual”. Solo este último, un perrito blanco y cazador, murió. A la “Chinga”, más de uno la ha visto en La Paz Centro. Ahora tiene nuevo dueño.

Eran las 11 de la mañana cuando llegaron. Los pescadores iban a mitad del camino y estaban cerca del Momotombito, recuerda Engel Cabrera Fitoria, de 26 años, padre de cuatro, pescador desde los ocho años, y quien aquella mañana del 19 de agosto se embarcó en la “Novia del Xolotlán”—un barquito de poco menos de ocho varas de largo con un motor de 15— esperando pescar lo de siempre: unas cuatro docenas de guapotes, siete u ocho de mojarras y cinco pescados “blancos”, unos de hasta seis libras que se encuentran alrededor de esta isla, que fue habitada por aborígenes y tiene un volcán apagado.

“El sol estaba que no se aguantaba”, dice Cabrera Fitoria, justo un mes después del naufragio. Aquella mañana vestía la misma calzoneta que lleva hoy, una negra hasta las rodillas. No detalla mucho sobre qué hablaban los pescadores cuando aparecieron las tres, solo dice que de pronto se sintió un viento fuerte, que llegó una ola que inundó el barco, y que de repente aparecieron dos más que voltearon la embarcación. Eran las Tres Marías, las tres olas gigantes de las que hablan los pescadores de Mateare, las que derriban cualquier embarcación.

Cuando un pescador las ve venir debe sujetarse de algo que flote, recomiendan los más viejos. De cualquier cosa que flote. Por eso esa mañana cada quien agarró lo suyo. Uno un termo, el otro la tapa de poroplast, uno más la tabla en la que iban sentados, el otro un remo… Engel tomó una tabla.

“Le dije al que tenía la tapa de poroplast que se fuera al nado a buscar ayuda al cerro. Maje, le pregunté: ¿te consentís de que llegás? Me respondió que la orilla se miraba largo, ¿y si no llego? Entonces, le dije que me diera el poroplast. Yo me consiento que llego --le dije--, y llamé a los perros para que me siguieran porque estaban sofocados, no hallaban para dónde coger, se subían a la lancha y los tumbos los botaban”.

Engel Cabrera Fitoria vive a pocos metros de la playa, en Mateare. Su casa es una champa, viva expresión de la pobreza extrema. Allí no hay agua ni letrina, está cercana a un basurero, y en cuestión de quince minutos pueden verse dos ratoncitos merodeando sobre las mesas en busca de comida.

Como los otros seis pescadores, solía irse tres días a pescar al Momotombito, pagando C$250 al dueño del barquito. “Vamos juntos, pero no revueltos”, aclara él. Cada quien lleva su provisión: arroz, aceite, tomates; su atarraya, su hamaca, su termo y sus sábanas. Él, además, llevaba a sus perros, a la “Chinga” y al “Cual”, para que cazaran garrobos, venados y cusucos.

La “Chinga” era buenísima en eso. Coloradita y con seis años, lograba que su dueño ganara mucho dinero vendiendo animales. “Hasta 3,000 pesos llegué a ganar por ella”, dice Engel. “Esa perra me daba reales, pero desde que se fue o se murió, quedé echo paste”. La quería tanto, y apreciaba de tal forma su labor de cazadora, que a veces comía mejor que él y su familia. “Cuando venía del monte le compraba sus dos, tres menudencias con arroz y se lo daba sancochadito. Ella me daba dinero, ¿cómo no le iba a dar de comer?”.

Cuando las Tres Marías le dieron vuelta a la embarcación, cuatro de los pescadores quedaron cerca del barco, sostenidos de él, y tres más decidieron nadar hasta el Momotombito. Uno de esos tres era Engel, quien tomó el pedazo de poroplast y se lo metió debajo de la camisa para que le ayudara a flotar.

“Solo iba pensando en que tenía que llegar. Tengo que llegar, tengo que llegar, con calma, sin sofocarme tengo que llegar —cuenta que se dijo mientras nadaba hasta la orilla— Si me hubiese sofocado no estaría aquí, contándole el cuento”.

De los siete pescadores, uno no sabía nadar. Era el “Chocorrón”, quien se angustió cuando la embarcación se volcó. Estaba desorientado. “Lo agarrábamos y nos hundía, entonces me aparté de él. Lo siento mucho, dije, si Dios me va a castigar que me castigue, pero no me va a ahogar. Él tiraba manotazos para todos lados, por último le dimos un termo y lo llevamos a la lancha, lo amarramos del tanque de la gasolina para que no se hundiera. Cuando los dejé y empecé a nadar pensé que se había ahogado. No jodás, me dijeron, se ahogó ‘Chocorrón’, soltó el termo y no lo vi salir. Pobre ‘Chocorrón’, pensé”.

Engel nadó durante siete horas hasta llegar a la orilla del Momotombito. Dos más lo siguieron.

 

II Once horas de nado y cuatro de sueño

Erling se impacientó. Con la “Novia del Xolotlán” patas arriba y cuatro hombres sostenidos de ella, jamás iban a llegar a la orilla. “Papa, mejor me voy a pedir ayuda, aquí no hacemos nada”, le dijo a José Isabel Méndez, dueño de la embarcación, media hora después del naufragio.

—Yo no sé, no quiero clavos con tu mama. Aquí no te vas a ahogar, podés congelarte por el frío, pero no vas a ahogarte —le contestó su padre, quien entonces estaba preocupado porque el barquito no se perdiera en el lago, de 1052.90 kilómetros cuadrados, 24 metros de profundidad en las partes más hondas y caracterizado por sus aguas turbias.

Antes de irse Erling hizo un cambalache. Como estaba en calzoncillos, le pidió a su papá que le diera el pantalón que vestía, un camuflado con bolsas en los lados. Lo metió en el termo que le iba a ayudar a flotar y se despidió.

Erling Andrés Medina Castro es un chavalo de pocas palabras. Serio, moreno, musculoso y flaco, aprendió a nadar en los ríos de Boaco, y llegó a Mateare junto a sus padres hace más de diez años, cuando a su papá le ofrecieron trabajo en esta ciudad. Se hizo pescador también por su padre, quien entró a este oficio cuando se quedó sin empleo.

“Yo sabía que iba a llegar, si yo no me aflojaba del termo, yo iba a llegar”, es lo poco que alcanza a decir un mes después del naufragio.

Con el termo rojo sostenido en su brazo izquierdo nadó durante once horas hasta llegar a las costas de Nagarote. A veces se detenía, descansaba, nadaba con el brazo que llevaba libre, alternaba con los pies, volvía a detenerse, tomaba otro descanso y así.

Mientras Erling cuenta esto último, con la brevedad que le caracteriza, su padre lo interrumpe.

—Salió a las 12:00 de la madrugada en Nagarote, miró a unos policías y no les dijo nada, si es que ahí nomacito te hubiesen venido a dejar —se dirige a su hijo—, sos la verga vos jodidó, bien les hubieses dicho: mirá, me pasó esto, ¿podés irme a botar a Mateare?

Erling sonríe sin levantar la cabeza. Dice que caminó hasta la gasolinera que está en Nagarote, sobre la carretera que va hacia Managua, que sí vio a dos policías, pero pensó que no podrían ayudarle porque eran de tránsito. Así es que se metió en un monte y se acostó a dormir. A las cuatro de la mañana se despertó y tomó un bus hacia Mateare. Pagó con C$10 que andaba en una de las bolsas del pantalón camuflado que le quitó a su papá. Cuando llegó a la ciudad, le avisó a su madre, fue donde un amigo a pedir prestado otro barco, le echó dos galones de combustible y se metió al lago a buscar a su padre y a los demás pescadores.

José Isabel Méndez, el padre de Erling, seguía sostenido de la “Novia del Xolotlán” junto a su hermano y al “Chocorrón”, el que no sabía nadar.

“No podía dejar solito el motor ni la lancha, me quedé pegado a la orilla de ella, cuando no estaba arriba estaba abajo, todo me chimé, a veces me colgaba. Íbamos todos hechos verga, acalambrados, con hambre. Íbamos vergueados”, cuenta José Isabel, quien el día del naufragio había amanecido de goma.

Durante la noche que pasó en el agua no durmió ni un segundo. Si se dormía se aflojaba del barco y se hundía. Todo el tiempo procuró que su hermano y el “Chocorrón” tampoco se durmieran. Cuando no soportaba los calambres su hermano lo sobaba. “Se me encogía la canilla, se me hacía una pelota… Me ponía de panza pero los tumbos me derrumbaban”.

La mañana siguiente vieron un barco, le hicieron señas, pero nada. Las energías se les iban acabando, y cada vez miraban más largo la orilla. Ya llevaban 25 horas en el agua.

Doce días después del naufragio regresó al lago, pero nada ha vuelto a ser igual, y hoy, un mes después, mientras da la entrevista en su casa, se soba el estómago a cada instante. Quedó así desde entonces, dice su esposa. Tiene retortijones, dolor y algo más. Arruga la cara y se queja. Hoy tuvo que regresarse del Momotombito porque no aguantaba el malestar, y en las noches se despierta de súbito, imaginándose que está en el agua.

 

III Juntos

No había pescador alguno cuando Engel logró pisar tierra en el Momotombito, antiguamente llamada “Cocobolo” por los indígenas y considerada un santuario arqueológico precolombino donde se levanta un volcán de 350 metros. “Tan salados nosotros que no había nadie”, recuerda.

En el lugar hay lagartos y venados, dice Engel. Su perra, la “Chinga”, cazaba buenos venados. Esa noche no vieron a ningún animal. El frío fue tan intenso que los tres durmieron juntos para darse calor. La mañana siguiente ya tenían un plan: si nadie llegaba a rescatarlos se iban a ir nadando hasta llegar al Momotombo. Allí han visto que patrullan vigilantes subidos en camionetas. “Que nos lleven presos hasta La Paz Centro”, habían ideado.

Para cruzarse de la isla hasta el Momotombo necesitarían algo que les ayudara a flotar, así que buscaron pichingas y las amarraron con sacos y mecates.

“Uno de los muchachos andaba un teléfono en el short, lo pusimos a asolear, y él va de fregar y de fregar, de probar y de probar si servía, hasta que le encendió y puso un ‘llamame que no tengo saldo’ a su cuñado”. A esa hora la Fuerza Naval ya estaba buscándolos. Al mediodía dieron con ellos. “Pero querían venirnos a dejar primero e ir después por los otros. Les dijimos que no, que nosotros ya estábamos en tierra firme y que ellos seguían en el agua, que juntos nos hundimos y que juntos debíamos salir. Tírese aquí recto, por allí deben estar, les dije”, cuenta Engel.

Así fue como dieron con “La Novia del Xolotlán”, que ya se encontraba semihundida. “Estaban en las últimas, el ‘Chocorrón’ ya no aguantaba, dijo que si no hubiésemos llegado a tiempo no habría sobrevivido”. A las 2:30 de la tarde del día siguiente regresaron a Mateare en una lancha de la Fuerza Naval. A esa hora Erling lidiaba con otro problema, cuando andaba buscándolos, el motor se recalentó y se quedó sin combustible. Apareció en el pueblo dos horas y media más tarde.

Engel Cabrera Fitoria dice que no tiene miedo de regresar, que los otros dos compañeros que nadaron con él hasta el Momotombito le han dicho que ni locos vuelven a la isla. Lo cierto es que su esposa dice que usa su atarraya para pescar en lo menos profundo del lago, cercano a la costa, porque la experiencia lo traumó. Erling es otro que asegura que no le teme al lago ni a las Tres Marías ni a nada. Mientras tanto, “La Novia del Xolotlán” sigue esperando que sus tripulantes se embarquen de regreso al Momotombito.

 

Tres olas gigantes y destructivas. Esas son las “Tres Marías”, así las describen los pescadores más viejos de Mateare.

 

Esperan ayuda

DERIVA. Cuando la noticia trascendió a los medios de comunicación, Mateare se llenó de reporteros, de cámaras de video y de curiosos. La antigua estación del ferrocarril en esta ciudad estuvo repleta de personas que esperaban la llegada de los pescadores. Los familiares lloraban angustiados.

Dos lanchas rápidas y ocho efectivos militares participaron en las labores de rescate. Cuando llegaron a las costas, varios médicos los atendieron y pusieron suero. Los tres que permanecieron en el agua estaban más deshidratados.

“Tres de los pacientes vinieron muy deshidratados debido a que permanecieron más de un día expuestos al sol, y algunos tuvieron que tomar agua del lago. Tomando en cuenta la contaminación de estas aguas, van a ser trasladados al centro de salud para darles tratamiento antibiótico y así evitar una posible diarrea o infección, y les brindaremos la suficiente hidratación”, dijo uno de los médicos.

Luego de recibir la atención médica no han vuelto a recibir ayuda de las autoridades. Engel Cabrera Fitoria solicitó a la Alcaldía de Mateare ser beneficiado con una vivienda, pero no le han respondido. Presentó cartas, habló en los canales y nada. Igual ha ocurrido con los demás.

 

"Íbamos todos hechos verga, acalambrados, con hambre, íbamos vergueados”".

JOSÉ ISABEL MÉNDEZ.

 

"Estaba seguro de que llegaba a la orilla. Si yo no aflojaba el termo llegaba".

ERLIN MEDINA CASTRO.