Jorge Eduardo Arellano
  • |
  • |
  • END

Londres / El País
La dirección del Partido Nacional Británico (BNP) atribuyó el miércoles a un disidente que se marchó el año pasado del partido ultraderechista la publicación en internet de los datos privados de sus 13,500 militantes.

El nombre, la dirección y hasta los teléfonos de casa o los móviles de los partidarios, o aspirantes a partidarios, permitieron por unas horas confeccionar coloridos mapas sobre la distribución de la extrema derecha británica. Algunos militantes del BNP aseguran que han recibido amenazas.

No hubo sorpresas geográficas: la militancia se concentra en las zonas urbanas. Sobre todo del Norte de Inglaterra, donde conviven con ocasionales estallidos de violencia la inmigración y las clases trabajadoras nativas menos favorecidas.

Londres y el sureste del país ofrecen, en general, tonos mucho más pálidos en este mapa del extremismo xenófobo, y acogen una población menos densa de descontentos contrarios al sistema y a su propio destino, de militantes que creen que bastaría con envolverse en la Union Jack, expulsar a los emigrantes (empezando por los musulmanes), abandonar Europa, perseguir a negros y a homosexuales, y negar el holocausto, para acabar con sus miserias cotidianas.

Hasta policías y maestros
El mapa del odio que representa el BNP ha traído alguna sorpresa, como el hecho de que entre los militantes figure algún policía y algún funcionario de prisiones, a pesar de que la legislación vigente lo prohíbe. Y también maestros, médicos, enfermeras y miembros de las Fuerzas Armadas: no lo tienen expresamente prohibido, pero la ley les exige neutralidad política en el ejercicio de sus tareas como servidores públicos.

La izquierda se ha frotado las manos de inmediato con la noticia de la filtración. Un portal de internet llegó a publicar un mapa a través de Google localizando los domicilios de quienes salen en la lista. Pero el mapa sólo era fidedigno al identificar la calle, no el domicilio exacto, y las probabilidades de que muchos quedaran marcados como militantes del BNP sin serlo eran altísimas y el mapa fue retirado el miércoles mismo.

Para el propio partido, la filtración ha tenido inconvenientes, pero también ventajas. Tiene menos militantes de lo que algunos creían, pero su diversidad social le permite huir de las caricaturas de los cabezas rapadas.

Ha conseguido una enorme publicidad al estar por unas horas o días en boca de todos, pero aparece como una formación poco seria, incapaz de garantizar la seguridad de los datos personales de sus militantes y ha perdido credibilidad por sus pugnas internas.

Está por ver el efecto que tendrá entre sus seguidores, que aparecen como gente avergonzada de su propia militancia o sobre nuevos militantes que quizás ahora se den cuenta de que apoyar a la extrema derecha es un estigma.

Pero quizá lo más goloso de toda esta historia es la contradicción de que el líder del BNP, Nick Griffin, haya apelado a la legislación europea de derechos humanos (que su partido aboliría en el Reino Unido si los votantes le dieran el poder) para conseguir que el juez prohíba la publicación de la lista de militantes.