Jorge Eduardo Arellano
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El País
Mohamed al Maghraoui es uno de los predicadores más radicales de Marruecos aunque no propugne la violencia. Formado en la Universidad saudí de Medina, lleva 32 años propagando sus ideas salafistas en libros y arengas, y hubiese podido seguir haciéndolo de no ser porque en septiembre cometió un desliz. En respuesta a una consulta particular emitió en su web una fetua (edicto islámico) en la que ‘legalizaba’ las bodas de niñas a partir de los nueve años con hombres adultos.

A esa edad, escribió Maghraoui, las niñas ‘dan con frecuencia mejor resultado en la cama que una joven de 20’. Sus palabras escandalizaron a la sociedad civil.

El código de familia vigente desde 2004 veta el matrimonio de menores, a menos que un juez lo permita. El año pasado, los magistrados concedieron 33,560 autorizaciones a chicas menores de 18 años, el 87% de las solicitadas. 159 correspondieron a niñas de 14 años.

Las autoridades han secundado a la sociedad civil. La fiscalía abrió una investigación al tiempo que el Consejo Superior de los Ulemas, la más alta instancia religiosa, rechazó la fetua de Maghraoui.

La Policía clausuró, además, la sede central de su asociación, Predicación y Sunna en el Corán, en Marraquech, y 33 escuelas religiosas que frecuentaban 2,800 fieles. El cierre se decidió para ‘proteger la seguridad espiritual’ del pueblo, según explicó el ministro del Interior, Chakib Benmoussa. Subvenciones saudíes costeaban toda esta infraestructura.

Desde adentro
Abdelhakim Aboullouz, de 35 años, es un investigador de Marraquech autor de una tesis sobre los movimientos salafistas en Marruecos. Para prepararla, Aboullouz se introdujo, a partir de 2002, en la asociación que encabeza Maghraoui. Éste es el relato de una experiencia que duró seis años:
‘El jeque Maghraoui describe con crudeza las posturas sexuales. Imparte una clase en la que enseña a sus discípulos el arte de gozar y de hacer gozar. Explica cómo las mujeres deben prepararse para que el hombre se deleite. Me sorprende que los salafistas hablen de sexo.

También me incomoda, porque mi padre me acompaña a este primer encuentro con Maghraoui y sus fieles. Él es distribuidor de aceite de oliva y, con motivo de las fiestas religiosas, le regala al jeque algunas botellas. Le deben de gustar, porque se ha dejado convencer por mi padre y me ha permitido incorporarme a sus filas a condición, eso sí, ‘de que el trabajo dé una imagen positiva de la asociación’.

De sopetón, un alumno interrumpe la lección. ‘Jeque, por favor, párese un momento porque ya no podemos más’, afirma describiendo su grado de excitación. Maghraoui le responde con una sonrisa: ‘Hijo, haz lo que consideres oportuno, cásate... Yo sólo hago mi trabajo, que consiste en dispensar una enseñanza religiosa digna’.

Al acabar la clase, mi padre saluda a Maghraoui. ‘¡Aboullouz, cuánto tiempo!’, exclama el jeque antes de hacerle observar que sigue sin dejarse crecer la barba, algo indispensable en el mundillo salafista. ‘Esto es un problema porque el día en que le entierren no sabrán por dónde agarrarle’, le dice sonriente. Pese al aspecto monacal de la sede de la asociación, pese a su semblante rigorista, el jeque tiene sentido del humor.

Para ser uno más, me dejo crecer la barba y acudo a un sastre salafista del barrio de Boukar que me confecciona una gandura, el atuendo imprescindible.

Pero no basta con las apariencias externas. Mi tradición religiosa es sufí, como la de la gran mayoría de los marroquíes, y hay ritos salafistas que desconozco.

No sé cómo colocar mis brazos durante la oración. Seguiré el ejemplo de los demás fieles, los cruzaré ante el pecho. Hasta el lenguaje está salpicado de expresiones religiosas que me resultan extrañas.

Y habla de corruptos
Al jeque le consultan con frecuencia sobre todo tipo de cuestiones. Para hacerlo hay que entregarle una pregunta escrita que aceptará o no responder. Hay temas que rechaza porque le resultan incómodos o carece de opinión al respecto. En sus clases arremete contra Occidente, ‘del que hay que alejarse porque sus valores son corruptos’.

Le recordé, en una pregunta, un hadith [precepto enunciado por el profeta Mahoma, pero que no figura en el Corán] en el que insta a ser tolerante con el prójimo y sacar el mejor partido de él. ‘Hablaremos de ello cuando hayas concluido tus enseñanzas’, respondió Maghraoui. ‘Por ahora, confórmate con escuchar’, añadió. No se le lleva la contraria. Hacerlo puede conllevar la expulsión. Ser un alumno modelo puede facilitar una beca de estudios en Arabia Saudí.

El jeque y sus fieles más cercanos dedican entre cuatro y cinco horas diarias a la lectura del Corán y a la oración, a lo que se añaden los cursos que él y otros profesores imparten. Como buen salafista, su doctrina es ultraconservadora.

Hasta las cafeterías en las que no sirven alcohol son lugares licenciosos. Sus discípulos no beben, no fuman. Sólo les están permitidos dos tipos de ocio: el primero es el deporte.

Después de rezar de madrugada en la mezquita, los devotos visten un pantalón y juegan al fútbol, pero su preferencia son las artes marciales, que practican al aire libre; la segunda modalidad de ocio es el hammán (baño turco), al que acuden los viernes para relajarse y atiborrarse de aitar, un empalagoso perfume oriental.

Las fiestas no existen ni siquiera en las bodas. Nada de gritos, de alegría ni de bailes. A la que asistí consistió en una cena entre hombres regada con mucho té y que concluyó con la lectura del Corán. No vi a la esposa ni a ninguna otra mujer.

El puritanismo
El puritanismo de los fieles de Maghraoui provoca roces con otros musulmanes. El más contundente al que asistí tuvo lugar en el cementerio cuando enterramos en silencio, como lo requiere la tradición salafista, a un hermano. No muy lejos, un grupo de personas daba sepultura a un familiar salmodiando versículos del Corán. ‘Cállense, por favor, y respeten a nuestros muertos’, les espetó un salafista. ‘No van ustedes a imponernos su Islam’, se le respondió desde el grupo. Acabamos a pedradas.

Regresé al cementerio para asistir, junto con unos 10,000 hombres vestidos de blanco, al entierro de un ‘mártir’ caído en Irak. Maghraoui estaba allí, pero reprobó la actuación del difunto. ‘Le advertí de que  equivalía a un suicidio, pero hizo lo que le dio la gana’, me comentó. Maghraoui rechaza el salafismo yihadista (combatiente) porque practicarlo pondría en peligro su red de escuelas.

Tras las explosiones del 16 de mayo de 2003 [que causaron 45 muertos en Casablanca], el jeque estaba tranquilo. ‘No tengo nada que reprocharme’, me dijo. ‘Al contrario, en cuanto observo que alguien se aleja de nuestras filas para adherirse a la yihad armada, no dudo en comunicárselo a la Policía’. ‘Por eso no voy a tener problemas’, vaticinó. Alguno que otro tuvo por aquellas fechas, pero fueron menores’.