Matilde Córdoba
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El gato tenía orejas puntiagudas, se lamía las patas y era muy peludo. Un día se le escapó un ratón y se perdió. Cuando estaba perdido encontró a un pequeño conejo, pero al poco tiempo salió corriendo. Luego se sintió cansado y se acostó en una banca. Más tarde tuvo hambre, así que se metió en un basurero, donde halló un pescado podrido que lo enfermó. Después de eso el gato cayó “en coma”.

El cuento anterior salió de la imaginación de 21 niños de la escuela Juan XXIII durante un taller con la cuentista e ilustradora alemana Birte Müller, quien llegó al país invitada por la Fundación Libros para Niños para impartir el Taller Centroamericano de Ilustración Infantil.

Cada niño y niña ideó e ilustró dos páginas del cuento, titulado “El gato perdido”, cuyo final es feliz. Müller ha realizado el mismo tipo de taller con pequeños del Líbano, Palestina, Israel, Bolivia, Inglaterra, Perú, Georgia, Armenia, entre otros.

Todos los niños buscan siempre un final feliz, cuenta la ilustradora alemana, quien en Palestina se encontró con una situación diferente. Allí los niños crearon un cuento titulado “El hombre que siempre llora” y se negaron a que en el final el hombre sonriera. En los países árabes, dice, los pequeños han inventado cuentos sobre libros, como “El libro que habla”.

 

Retoques

Birte Müller realizó este taller y el taller Centroamericano de Ilustración Infantil gracias al apoyo del Goethe-Institut. En esta imagen da los últimos retoques a los dibujos, pinta las sonrisas del gato o las caras tristes en las ilustraciones donde se muestra enfermo o perdido. La mayoría de los niños dibujó gatos gigantes. Algunos lo pintaron en anaranjado intenso, otros en amarillo.

 

Soplemos

El personaje debía abarcar gran parte de las dos páginas asignadas a cada niño y niña. Este pequeño no escatimó. En la parte del cuento que le tocó idear, el gato “casi muere”. Aquí, intentando que la pintura no se diluya, termina de colorear su gato anaranjado y gigante.

 

Imaginación

Por mayoría de votos los niños decidieron hacer el cuento sobre un gato juguetón, que en su travesía termina extraviándose. Las otras dos opciones eran escribir sobre un lobo peludo o una rana que habla. La pequeña Emily Pineda, estudiante de primer grado y la más chiquita del grupo, no estaba muy conforme con ninguna de las tres opciones. Quería escribir sobre un conejo (uno como el de peluche que carga en su mochila o como el de verdad que recientemente se le murió) y como no lo logró, en las dos páginas del cuento que le tocó escribir e ilustrar, inventó que el gato travieso se encontró con un conejo.

 

Diversos

Gatos caras largas, orejones, con ojos chiquitos, o grandotes. Todo cabe en la imaginación de los pequeños. Al concluir, los dibujos fueron secados con ayuda de una secadora de cabello y luego la ilustradora alemana unió cada página hasta completar el cuento.