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Birte Müller empezó a escribir cuentos para niños desde que estudiaba la carrera de diseño de libros para niños en su natal Hamburgo, Alemania. Su primer libro es sobre un par de amigos que un día se despiertan con una línea roja que los divide.

Entre el pleito de qué y quién pertenece a qué lado, los amigos se enemistan; uno se lleva el televisor a su lado, el otro responde con golpes y así. Los niños, dice Müller, entienden esto a la perfección: “A veces están sentados juntos y empiezan a discutir, se pelean, hacen una línea imaginaria y se separan”.

Sin embargo, el libro enseña algo más, con él “se puede hablar con los niños sobre guerra. En Europa tuvimos muchos problemas, países que antes eran uno, fueron separados y los vecinos empezaron a pelearse, a matarse”.

Müller llegó al país invitada por la Fundación Libros para Niños para impartir el Taller Centroamericano de Ilustración Infantil, pero también hizo lo que suele hacer en cada país adonde va: enseñar a un grupo de pequeños a ilustrar e inventar un cuento. Aquí nos cuenta cómo es su oficio.

 

“El planeta de Willi” es un cuento en homenaje a su hijo. Cuénteme sobre el libro.

Es que tengo un hijo que parece que viene de otro planeta. Tiene síndrome de Down y cuando era bebé tuvo epilepsia y eso le hizo mucho daño a su cerebro. Él tiene muchos problemas y a mí me gustaba decir que tal vez no es él quien tiene los problemas, tal vez aquí, en nuestro mundo, en la Tierra, tenemos problemas y él viene de otro lugar donde es normal.

Siempre estamos apurados y todo es súper rápido, aquí puede ser diferente, pero en Alemania se tiene miedo hasta que una persona te toque o te abrace. Todo eso pudimos aprender de él, de ayudarnos, de vivir, de pedir ayuda.

 

¿Retrata su mundo, su comportamiento?

Su planeta. En su planeta, por ejemplo, se escucha música todo el día, con el volumen bien alto, a él le encanta escuchar música. En su planeta la gente se abraza y se besa mucho. Son mucho más felices que en la Tierra. Tampoco hay enfermedades, por eso cuando vino a la tierra se enfermó mucho. Aquí en la tierra tenemos bacterias y virus, y se puso muy mal. Tampoco hace falta hablar, en su planeta se entienden tocándose, sonriendo, llorando. A él le cuesta muchísimo aprender a hablar, casi no puede, dice mamá, papá; entonces nosotros hablamos con las manos, con un lenguaje más o menos igual a los de los sordos mudos, pero más fácil.

El libro tuvo muy buena aceptación, no lo esperábamos, normalmente estos temas les interesan a un grupo pequeño. No uso nunca la palabra discapacidad o capacidades especiales. El libro puede leerlo un niño y va a creer que el Willi viene de otro planeta, y no hará falta que le cuente toda la historia que te estoy contando.

Mi hijo me enseña muchísimas cosas, tengo una columna en una revista mensual donde cuento sobre nuestra vida, pero contada de una manera honesta; escribo sobre los problemas que tenemos y trato de contar también lo divertido, porque el Willi también nos puede liberar de muchas reglas, a él no le importan las reglas. Por eso podemos hacer muchas cosas con él, podemos estar riéndonos y luego puede resultar muy, muy pesado estar con él. Ser madre es súper pesado. Nosotros vivimos en hipernormalidad, a veces se pierde la paciencia y no sabemos qué hacer. Yo platico eso y lo platico muy directo. A veces veo a mis niños y me pregunto: ¿quién es menos normal?

 

El libro fue ilustrado con fotos del niño.

Son ilustraciones, pinto sobre las fotos.

 

¿Ha impartido talleres a niños con síndrome de Down?

He trabajado con niños con capacidades especiales, pero en Alemania ya es muy común que estén juntos, la educación es inclusiva.

 

¿Empezó a dar talleres por su experiencia con Willi?

No, fue desde antes, los talleres sirven para que los niños escuchen cuentos y se alegren. Siempre leo un cuento súper divertido en el que la rana se tira muchos pedos y al final sale volando, es súper divertido. Después les cuento cómo hago los cuentos.

Estos talleres en Alemania son comunes, los autores van a los colegios. A los autores los invitan a hacer lecturas.

No solo les leo, escriben el cuento y lo ilustran. Los niños no tenían idea de que un niño que vive hace esos cuentos, unos me dijeron: “Tú eres mentirosa, eso no es tuyo, no te creo”. Entonces, les pregunté: ¿de dónde viene el dibujo? “De la computadora”, respondieron. No tienen idea de que lo hace un ser humano como ellos. Yo quiero que entiendan que ellos también pueden hacerlo. En una mañana saben que pueden hacer un cuento y al final sale un lindo libro.

 

Me contaba que ha ido a muchos países, que ha interactuado con todo tipo de niños y que identifica a niños traumatizados.

Sí, siempre es muy diferente. Una vez en Singapur estuve con niños que sabían hablar tres o cuatro idiomas y tenían siete, ocho años; eran súper educados, pero no podían inventar un cuento, no podían inventar nada.

El nivel de los niños que he visto aquí es alto, escribieron muy bien, era un grupo de entre los 7 y 10 años, y no les costó adivinar un cuento. Tenían muchas ideas. Para el dibujo tenían mucho miedo porque no estaban acostumbrados a escoger, les costaba un poco entender que sí podían hacer lo que quisieran.

 

¿Y qué pasaba con los niños en Singapur? ¿No les gustó la dinámica?

Difícil decir si les gustó, al final pude escribir un cuento con ellos, pero fue muy difícil porque no han aprendido eso. Por ejemplo, cuando estuve en Líbano, fue una experiencia muy bonita; los niños aprendieron mucho más que hacer un cuento.

Siempre buscamos diferentes ideas para el cuento. Entonces buscamos diferentes temas y al final votamos para ver cuál les gustaba, pero ellos nunca habían votado. No sabían qué era eso, entonces les expliqué cómo se hacía, que se levanta la mano y se elegía, y después les encantó. Cuando les preguntaba por el color que iban a escoger, decían “vamos a votar” y la maestra estaba molesta. Los niños hablaban inglés, pero la maestra no y no sabía de qué estábamos hablando. Aprendieron algo más que hacer cuentos.

 

Me decía que notó el trauma en los niños palestinos, ¿ellos no querían finales felices para sus cuentos?

No podían adivinar finales felices y no les importaba. “No, al final todavía está triste”, me decían. En todo el mundo los niños quieren finales felices, pero ellos no, no les parecía que eso fuese una cosa que pudiese pasar; y luego, los dibujos los pintaban con colores negros. Muy triste ver a los niños traumatizados.

 

¿Y cómo ha sido la experiencia con niños refugiados?

Tienen otros temas, de violencia doméstica. Sus cuentos son del padre que corta la nariz al hijo y luego ese hijo se fue de la casa, se escondió en el bosque y se encuentra con el hermano al que también el papá le había cortado la nariz. Al final, el padre estaba muy triste porque no tenía hijo. En la última página, el niño le pide perdón a su padre. Yo les decía, pero ¿por qué él tiene que pedir perdón? Es su padre quien debe pedir perdón, pero los niños insistían: “no, son ellos”.

 

¿De dónde eran esos niños?

Vivían en Líbano, pero venían de Palestina. Y también en los talleres en Europa tenemos muchos niños desplazados, pero como es todo un grupo el que está trabajando en el cuento, si uno dice “el papa saca su arma”, otros dicen que no. “No, mejor pongamos otras cosas”, dicen.

 

¿Trata de influir cuando son temas violentos?

Quiero dejarles adivinar su propio cuento, siempre estamos buscando temas y normalmente no quieren temas sobre violencia. A veces tengo niños que dicen “se saca su arma y mata a todos”, pero son dos que están así y hay 22 que no lo quieren. Para mí es muy importante, yo les digo: vamos a escribir el cuento de ustedes. Y les explico que en la primera página no vamos a poner todo lo dramático.

 

¿En Latinoamérica qué experiencia ha tenido?

Depende mucho del país y del colegio, hay algunos que no están acostumbrados a adivinar cosas. Depende del colegio, no se puede decir en general.

 

Cuentista

Birte Müller

Ilustradora alemana, autora de una veintena de libros que han sido traducidos a 14 idiomas. Estudió pintura en la Escuela de Artes Plásticas de México.