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Ahora que está saliendo el invierno se avecina el penqueo. Walter Chévez, guardaparques y jefe de la Brigada Contra Incendios en el área protegida Telica-Rota, en León, sabe que el penqueo está cerquita. En siete años que tiene en esta labor se ha quemado las muñecas, quebrado un dedo y, una vez, uno de los once chavalos que suben y bajan con él los tres volcanes y tres cerros que les toca cubrir, salió rodando desde la cima del volcán Santa Clara. No pudo capear una piedra, se resbaló y rodó. Rodó tanto que cuando finalmente paró, estaba desmayado y tenía fracturada la nariz. Chévez lo recuerda como si fuese hoy.

El hombre, flaco y con un bigote prominente, recuerda con la misma nitidez cuando tres caballos y una yegua en los que se movilizaron hasta el Telica, sufrieron quemaduras mientras ellos apagaban el fuego leguas arriba. “Los dejamos amarrados en un punto y nos fuimos a combatir la punta de avance del incendio —dice— y cuando regresamos, los pobres caballos se habían quemado. Hemos vivido de todo, hemos tenido todo tipo de experiencias”.

Los tres caballos y la yegua sobrevivieron porque de lejos ellos pudieron divisar que el fuego se acercaba adonde los habían dejado, y lograron llegar a tiempo. La única que quedó intacta fue la cría de la “Pelo de Gato” que siguiendo a un caballo que pasó se fue del lugar, pero “El Moro”, el caballo “Bayo”, la “Pelo de Gato” y el cuarto cholenco, uno cuyo nombre ahora no recuerdan, salieron ese día con la cara y las patas peladas, la pelaje quemado y la boca enllagada. Walter Chévez aún se lamenta.

Los mejores

La brigada que lidera Chévez es la mejor del departamento de León. Gana los eventos organizados por las instituciones encargadas de velar por el medio ambiente y no se limita a su zona. Está compuesta por once chavalos de entre dieciséis y veintidós años. Unos parecen más atléticos que otros. A algunos les sobresale una barriga que no les impide subir esas alturas y más de uno hace gala de una energía envidiable.

Telica

“No es fácil subir con esa bomba a tuto”, dice Chévez. Para apagar los incendios cuentan con cinco bombas con capacidad para veinte litros de agua, machetes, palas y, por increíble que parezca, sus pies. “Por su edad ellos son jóvenes hiperactivos y yo, viejo, pongo disciplina. A veces en vez de ir a pasear los fines de semana nos remontamos a esos cerros. Los muchachos tienen una moral que ni se imagina”.

El área de acción de la brigada incluye los volcanes Telica, Santa Clara, Rota y los cerros Agüero, Cacao y Mata de Caña.

El más complicado es el Santa Clara. En sus faldas se “dan los incendios más bravos, porque el zacate está bien seco, se quema más rápido y se propaga más”, cuenta Chévez, quien también es líder en su comunidad, la “Miguel Ángel Ortez”, de Telica.

Subiendo y apagando incendios

Cinco años atrás, los chavalos se animaron a acompañarlo. Todos se han criado en el campo y desde muy niños trepan el volcán. Chévez, quien conoce a fondo este mundo, entró a las labores de cuidado del medio ambiente motivado por la municipalidad, que entonces instaba a muchos que, como él, cazaban venados y cusucos por deporte y para comer.

Él sabe quién está interesado en pegarle fuego al bosque y por qué. Fue militar y perteneció a un club de cazadores.

“Mi papa era tirador y para poder comer carne el pobre tenía que ir al monte a cazar. Así aprendí a hacerlo yo también”, dice. En su época de cazador de venados recorría el Telica, uno de los volcanes más activos del país, de 1,061 metros de altura, como lo hace a diario desde hace siete años.

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Por eso Chévez insiste en que los tiradores no son los que prenden fuego en la zona. “Es mentira”, insiste. “Yo sé que si le pego fuego al sitio, el animal emigra. A mí como tirador no me conviene pegar fuego, me interesa que se quede ¿y cómo lo hago? No pegando fuego. Los que pegan fuego son los garroberos; en temporada de verano hay mucha pica-pica, que es una plantita que cuando está seca se riega y entonces si la tocás te da una picazón que te provoca salir corriendo. Usted se revuelca, se hecha arena y no se le quita, por eso el garrobero pega fuego para limpiar, para quitar la maleza. El garrobo grande vive encuevado, el fuego pasa y él está encuevado”.

Poco a poco los chavalos fueron aprendiendo las técnicas de cómo apagar los incendios. Edmundo Solís explica una de ellas: hacemos un caminito para evitar que el fuego se propague y después con el pie, pateamos y le volamos tierra.

Uno entusiasmó al otro y así, hasta que de repente todos estaban subiendo el Santa Clara, el Rota o el Telica, cargando a cuestas una bomba de 20 litros, como la que usan los fumigadores.

Cuesta arriba

Mariano Zapata tiene dieciséis años y energía para regalarle a un batallón. De contextura delgada, brazos que parecieran haber sido moldeados en un gimnasio cargando pesas, sonriente, burlesco, tiene --según sus compañeros-- más de dos pulmones. Es capaz de subir el Telica en media hora. Si eso no es mucho, pues aquí hay otro dato: puede subir el volcán corriendo.

Este día no escalará el volcán como brigadista sino como guía turístico. Estos chavalos tienen planeado ofrecer una ruta alternativa a la de las actuales tour-operadoras, que permita a los turistas ascender el volcán por un sendero más verdoso, donde puedan observar aves y reposar. Hay que especificar que la ruta no es apta para turistas como los que acompaña Mariano esta vez.

El terreno es pedrogoso y escarpado y dos de ellos no resisten más al momento de descender, por lo que este chavalo tiene que bajar del volcán en busca de agua y de caramelos y luego volver a subir. Todo lo hace, como ya dije, en una hora.

Mientras Mariano corre para auxiliar a los turistas, dos de sus compañeros aprovechan para contar su experiencia apagando incendios.

“Una vez pasamos 22 días apagando incendios”, recuerda Oswaldo Chévez, gordito, bromista y uno de los dos hijos de Walter que pertenecen a la brigada. Mientras descansa debajo de un árbol, prosigue la historia: “A veces venimos descalzos porque las botas se desbaratan”.

Consecuencias

Luis Mendoza, otro de los brigadistas, lo interrumpe para narrar cómo últimamente regresan de las labores, enfermos, con insolación y fiebre. Mendoza también está entrado en carnes y estudia Ingeniera Industrial, en León. Explica que deben ahorrar lo más que puedan los veinte litros de agua que carga cada uno, porque estando arriba no pueden bajar por más agua. A veces no cargan agua para tomar. “Y si llevamos, solo es un litro para todos”.

“Si el agua está lejísimos, tomamos de la bomba, pero esa agua está contaminada, te perjudica, te da calenturas. Yo estuve ‘pegado’ de los riñones”, cuenta Álvaro Areas, otro brigadista.

Edmundo Solís es de los más habladores. Al bajar del volcán con los turistas, se dirige a sus compañeros: “Yo les he dicho a ellos: la hora que uno aguanta ya está calculada, de siete de la mañana a una de la tarde aguantamos bien, cuando paso todo el día, ya no aguanto”.

Telica

“No recibimos apoyo, ya comenzó la temporada y no hay quién diga ‘vamos a hacerles un chequeo’”, dice Francisco Chévez, el líder del grupo de chavalos y quien planea estudiar Trabajo social en la UNAN.

Francisco es alto como Walter, su padre, y está contratado por la municipalidad como guardaparque del Telica. A diario recorre la zona fiscalizando que no haya personas talando, quemando y también hace un inventario de las aves que se observan.

“Dos compañeros estuvieron ‘pegados’ (enfermos) de los riñones, incluso hasta yo; el mayor problema es que ya están llegando a nuestro límite”, relata Chévez.

 Sin respaldo

Uno de los peores incendios que recuerda ocurrió en Quezalguaque, por la comarca Cristo Rey, una zona que no les corresponde ver porque no es parte de su área, pero a la que acudieron a pedido de la municipalidad. “El terreno era algo plano y el incendio tenía ya dos días, eran alrededor de 50 manzanas, como tenía zacate se nos dificultó, llegó un momento en que la misma brigada de Quezalguaque nos abandonó. Entramos a las seis de la mañana y salimos a las siete de la noche. Veníamos con calentura, dolor de cabeza, y lo que más nos hace falsear en nuestra labor es que las instituciones ni un platito de comida nos dan al terminar”.

Walter Chévez resiente lo mismo: “En el terreno nunca hemos andado un botiquín médico. No andamos aquel suero jodido para el ‘piquete’ de las culebras, ¿imagínese que nos ‘pique’ una cascabel?”

“Hemos ido a los incendios en chinelas. Me han dado un par de botas y cuando estoy llegando ya voy otra vez descalzo porque se me despegó la suela. No es posible que una brigada ande en esas condiciones, que andemos peleando por un par de zapatos, de botas. Hay veces que andamos bebiendo agua de las bombas, agua que cargamos de una pila que tiene guarasapos. No andamos sueros orales ni hidratantes”.

En esta temporada, dos de los chavalos estuvieron enfermos. Tenían infección renal. “Hablé con la gente de la Alcaldía de Telica y me los mandaron a una clínica, pero ellos ya deberían tener un seguro que los respalde, o una clínica donde los atienda en la temporada, no que hasta que estén mal andemos corriendo, viendo dónde me los atienden”, vuelve Chévez.

Todos los chavalos terminaron la secundaria, algunos han entrado a la universidad y otros estudian en la Escuela del Campo, que impulsa el Gobierno.