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Durante sus más de siete años evangelizando a los reos del Sistema Penitenciario de Juigalpa, el pastor Edgar Cajina, destaca un caso en particular; muchos privados de libertad se convirtieron al cristianismo, pero Antonio Sánchez fue para él el que más cambió.

Sánchez cumplía una condena de 30 años, pero hoy es pastor de su propia congregación en Xiloá.

“Comenzamos a darle confianza y a animarlo para que se preparara. Él tuvo cambios en su temperamento y en su carácter. Se volvió una persona más pasiva. Fue un cambio radical, ahora es una persona que ayuda a otros y se interesa por las necesidades de los demás”, comenta Cajina.

Su caso es uno más entre los cientos de convictos que se convierten en católicos o evangélicos dentro de las cárceles. Las iglesias están organizadas con voluntarios y religiosos que visitan estos centros para realizar actividades culturales, educativas y espirituales.

De reo a pastor

Diecisiete años tenía Antonio Sánchez cuando llegó a la “universidad”, como él llama a la cárcel. Fue condenado a la pena máxima por un homicidio, cargo del cual, hasta el día de hoy, asegura es inocente.

“Llegar a ese lugar es muy duro. No quisiera recordar esos lugares. Había maltrato físico, en la comida y en lo social. Ahí conocí a Edgar Cajina y a otros dos hermanos. Ahí acepté al Señor y mi vida cambió; agarró otro rumbo”, narra Sánchez.

Tras eso, el actual pastor evangélico comenzó a estudiar desde la alfabetización y el bachillerato hasta aprender sastrería, mecánica automotriz y albañilería. Además comenzó a evangelizar a otros que se encontraban adentro y de esa forma conoció a su actual esposa.

Ambos debían cumplir 30 años, pero por su buena conducta, estudios y trabajo en la cárcel, Sánchez salió tras estar ahí por 19 años.

“Ella era inocente, entonces hicimos la gestión y se tramitó su libertad. Ella salió primero que yo”, asegura.

La pareja actualmente tienen un hijo de 15 años y están levantando una Iglesia en la comunidad donde viven, cerca de Xiloá.

Sánchez trabaja en un comedor donde alimentan a 150 niños una vez a la semana y realiza consejería espiritual en su comunidad. Además, ha visitado dos veces la cárcel de Juigalpa para entregar su testimonio a otros que se encuentran en la misma situación que él vivió.

“Es para fortalecer la fe de los que están ahí todavía para cuando ellos salgan transformados”, explica.

La evangelización

“Los que trabajan ahí nos dijeron que antes de que entrara la Iglesia había entre 17 y 20 muertos o heridos mensualmente por galería. Cuando nosotros entramos por bastante tiempo no hubo ningún muerto ni heridos”, narra monseñor Luis Amado Peña, vicario de las cárceles, sobre la llegada de la Iglesia Católica a estos centros.

A principios de año entregan un calendario con las actividades y la designación del grupo que las realizará en algún centro penitenciario. Gran parte de estos grupos están formados por voluntarios que llegan a trabajar con los reos.

Desde que comenzaron a visitar las cárceles en la década de los 90, ha aumentado la organización de los trabajos. Además de evangelizar, realizan una vez al año bautizos, comuniones y confirmaciones, fiestas y hasta paseos.

“Para nosotros lo importante es la evangelización. Muchos creen que vamos a predicar, pero no; vamos a darle el alimento del cuerpo, el alimento del alma”, aclara el sacerdote.

La reincidencia

Peña asegura que las cifras demuestran que abrir las puertas de las cárceles a quienes llevan la religión es algo positivo.

“En la reincidencia en el caso de las mujeres tuvimos 0,7%, ahora está por el 8% o el 12%, pero es por la cuestión de las drogas. Por años la reincidencia de las mujeres era mínima”, asegura.

Durante el proceso también se trabajó con los funcionarios. “Después nos reunimos con los privados de libertad y nos decían: padre estos que nos maltrataban ahora parece que nos quieren”, explica el sacerdote entre risas.

“Y realmente los han llegado a querer. Muchos de ellos están ahí por vocación, no por el sueldo, porque tienen títulos universitarios, pero han querido quedarse ahí para ayudar esa gente”, agrega.

El pastor Roberto Carrasco, de las Asambleas de Dios, trabajó por años en el sistema penitenciario de Juigalpa, donde según él las autoridades de la cárcel trabajan en conjunto con ellos debido a los buenos resultados.

“Todos los presos que se han convertido tienen una disciplina que no la tiene la gente que no tiene a Cristo. Esto viene a beneficiar no solo a los internos sino también a las autoridades, porque les resta trabajo”, aclara Carrasco.

Las donaciones en la cárcel

APOYO • Los grupos de voluntarios y religiosos que llegan a visitar el sistema penitenciario no suelen hacerlo con las manos vacías. Los reclusos que no tienen familiares o que no reciben visitas, llamados “donados”, son beneficiados por estos grupos que les llevan cosas básicas como pasta de dientes, jabón o comida.

“Esto nos ayuda a acercarnos a la gente, pero además es una necesidad de ellos. Cada Iglesia que llega siempre va con algo que dar”, explica Roberto Carrasco.

También se reúnen donaciones para comprar material de estudio e instrumentos musicales para los cultos.

Los evangélicos tienen pastores entre los mismos reos. Cada galería tiene un pastor, además cuentan con una directiva que es elegida anualmente entre los internos creyentes, quienes reparten Biblias y otros implementos donados.