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Hace un tiempo conversaba con un amigo acerca de una situación conflictiva que él estaba viviendo con cierta persona que había intentado dañar su reputación. Dicho conflicto le estaba generando inestabilidad emocional, estados de ansiedad, con las casi obligadas consecuencias psicosomáticas.

Esta situación le provocaba ira permanente, manteniéndose en un círculo vicioso que únicamente se rompe por medio del perdón, lo cual mi amigo no estaba dispuesto a hacer, argumentando que habían herido su dignidad y, según él, solamente Dios perdona.

Expliqué al amigo que cuando se juntan la soberbia disfrazada de orgullo, la ira, el rencor y la falta de perdón, pueden convertirse en un poderoso coctel capaz de debilitar y hasta destruir espiritual, psíquica y físicamente a cualquiera, y posiblemente esto era lo que le estaba afectando.

Asimismo, le expresé que es un error afirmar que solo Dios perdona. Jesús el gran maestro del amor, nos enseña a darle vuelta a la página. Él nos manda a perdonar setenta veces siete (infinitas veces). Nos habla de la necesidad de anteponer la humildad a la soberbia, la mansedumbre a la ira, el amor al rencor, el perdón al deseo de venganza.

En sentido más general, pero siempre exhortándonos al cambio, el apóstol Pablo en la Carta a los Romanos, dice: No se adapten a las circunstancias de este mundo (a lo que están viviendo actualmente), renueven su entendimiento (cambien su mentalidad) para que se transformen (modifiquen sus conductas o comportamientos) y entonces conozcan la perfecta y agradable voluntad de Dios (para sus vidas). Es decir, que entre otras cosas, tengamos salud y prosperidad en todas las áreas de nuestras vidas.

Esto no es fácil, pero se puede. De hacerlo los beneficios espirituales, psicológicos y corporales estarán a nuestro alcance.

Jesús el maestro de maestros, no se limita a enseñarnos con palabras, lo hizo con el ejemplo. Él ha sido la persona más vejada e injustamente torturada. Él murió de manera infame e inmensamente solo; de él se burlaron y mofaron, a él le escupieron, golpearon y le negaron agua en sus últimos momentos. Sin embargo, con sus últimas palabras nos entregó un tesoro para que nunca lo olvidáramos: el mensaje del perdón. Al finalizar su vida en esta tierra, superando el dolor, la frustración y la tristeza que como humano experimentaba, dio su última demostración de compasión cuando exclamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Estoy convencido que después de estas conversaciones el amigo decidió dar vuelta a la página de la soberbia, el rencor y la falta de perdón. Optó por perdonar a su ofensor y, de esa manera, poder ser perdonado por otras personas a quien él ha ofendido, además de acceder a la sanidad espiritual, psicológica y física.

Amiga, amigo, si usted está en situación similar al amigo aquí mencionado, dispóngase a perdonar, invite a Jesús a su vida, para Él no hay imposibles, dígale: Señor Jesús abro mi corazón y le acepto como Señor, Salvador y Restaurador de mi vida, ayúdeme a dar vuelta a la página del rencor y la venganza, deme humildad y mansedumbre para perdonar a quienes me han hecho daño.

 

Queremos saber de ustedes, les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com