•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El desencuentro entre educación y medios de comunicación ha trazado una senda histórica larga de vacíos, contradicciones y oportunidades perdidas. Ello coincide plenamente con un paradigma educativo estrecho, empobrecedor y pleno de autosuficiencia, que aún perdura con mucha fuerza. Igualmente está referido a un concepto y práctica de enseñanza y aprendizaje, presos de una educación absolutizada y reducida a la escuela.

Desde las Cumbres Mundiales de Educación de Jomtien (1990) y Dakar (2000), la apuesta por ampliar las perspectivas de la educación formal --escolar-- más allá de sí misma, lanzó la plataforma de las educaciones no formal e informal, como parte necesaria e imprescindible de la educación prevista para nuestro siglo.

A su vez, cada año que pasa, aumenta el convencimiento de que la escuela no puede cargar con todos los compromisos y responsabilidades que se le quieren atribuir. La enorme cantidad de contenidos que aún caracterizan sus currículos es sumamente amplia, lo que provoca una enorme superficialidad e ineficiencia en el qué y el cómo se enseña y aprende, sin que el personal docente se sienta competente para tales responsabilidades. Es evidente que tal realidad demanda, no solo revisar y ajustar los contenidos y competencias curriculares, sino también apoyar al magisterio para que logre actualizarse y prepararse, de manera que logre, al menos, llenar los planteamientos de Jomtien y Dakar.

Es obvio que la escuela continua es importante como escenario más organizado y distribuido en toda la geografía nacional, siendo necesaria su transformación urgente, dirigida en dos ámbitos complementarios: uno, concertando y actualizando el currículum, los métodos de enseñanza y aprendizaje y los medios didácticos indispensables; y otro, articulando estos contenidos armonizándolos con las propuestas que ofrecen las tecnologías de la información y comunicación (TIC‘s).

Con esta perspectiva de educación flexible, abierta y expandible, se ha abierto un nuevo horizonte a la enseñanza y el aprendizaje, tanto en ámbitos formales como no formales e informales. Se demanda, sí, que la escuela proporcione una educación básica fundamental, la que deberá continuar profundizándose “a lo largo de toda la vida” (Informe Delors de Unesco, 1996), abriendo un enorme panorama de escenarios tecnológicos y medios de comunicación, como trampolín impresionante que ofrece múltiples oportunidades, diversos medios de enseñanza y aprendizaje formales, no formales e informales, y enormes potencialidades --aunque también su uso inadecuado presenta peligros y negligencias--.

La educación del país no se debe limitar a la escuela. Es preciso pensarla mucho más allá. No quiere decir esto que debamos dejar de lado la escuela, sino que es preciso potenciarla y articularla con los escenarios de educación no escolares. De hecho, la Ley General de la Educación incluye como uno de los cinco subsistemas educativos la Educación No Formal (no escolar). Tal espacio educativo en el país aparece como algo gelatinoso e inasible, del que nadie responde, totalmente desorganizado y desaprovechado. Esto hace que se continúen utilizando la tecnología y los medios de comunicación, por lo general, sin propósitos educativos.

Los medios de comunicación, que debieran ser los principales aliados de la educación, están presididos por intereses comerciales, amarillistas y sensacionalistas que pisotean de forma sistemática las oportunidades y responsabilidad que debieran tener para contribuir, articulados con la educación formal, a fortalecer derechos humanos, saberes y valores que se inician en la escuela y requieren ser afianzados a lo largo de toda la vida.

Las tecnologías, que ofrecen grandes posibilidades a la enseñanza y el aprendizaje, en la escuela están débilmente e inequitativamente distribuidas, y pobremente utilizadas tanto por maestros y maestras como por el estudiantado. Es más, maestros y maestras, familias y dirigentes educativos aún no parecen caer en la cuenta que estas tecnologías, desaprovechadas en su lado más amable, podrían estar convirtiéndose para muchos niños, niñas y jóvenes, en un claro peligro a su seguridad e integridad física y psicológica. Solo cuando los medios de difusión nos hacen saber algunos casos tristes de abusos y maltrato contra niños, niñas y adolescentes, la sociedad se lamenta, aunque pronto acaba olvidando su responsabilidad educativa al respecto.

Lo dicho quiere transmitir a la sociedad que no es posible realizar transformaciones educativas escolares en solitario al nivel de las instituciones del Estado, si no están presididas por un acuerdo nacional en favor de la educación, ampliamente participativo, en el que estén presentes los medios de comunicación, y en el que todos los sectores adopten compromisos y responsabilidades. Ello posibilitará concertar una plataforma educativa, amplia, flexible, articulada con todas las oportunidades tecnológicas y de los medios de comunicación.