•  |
  •  |
  • END

A pesar de sus 70 años de edad, la energía que tiene en su interior la impulsa a decirle a la población que no es “pólvora quemada”, porque batalla legalmente un derecho que le arrebató una institución, al cancelarle hace dos años su licencia para producir y vender juegos pirotécnicos.

Se trata de doña Hilda Rosa Scott Hernández, quien narró a END detalles de su vida con la pólvora, y sobre quien fue su pareja hasta 1971, la desaparecida Carmen Aguirre, conocida como “La Caimana”, quien murió hace 37 años víctima de leucemia.

Atiende su bar-cafetín donde hace años se fabricaban diversos tipos de petardos y cohetes que alegran las fiestas patronales de los managuas en las navidades y Año Nuevo. La acompañan dos de sus hijos adoptados, que incluyen a su “cumiche”, una hermosa joven soltera de ojos expresivos que lleva el mismo nombre y apellido de la pirotécnica.

Nacida en Diriamba, su papá Carlos Eduardo Scott era descendiente de un inglés. El abuelo de Hilda era un ingeniero británico que llegó a Nicaragua a construir el primer pozo artesiano del país. Su progenitora, María Magdalena Hernández, era de Managua y murió a los 22 años.

Doña Hilda, una señora de baja estatura, ojos azules y piel blanca, llegó al lugar donde es “La Caimana” el 2 de septiembre de 1960, ahí, varios años antes Carmen Aguirre había instalado el taller para fabricar los juegos pirotécnicos.

Su vinculación con la pólvora
Doña Hilda lleva 48 años de estar vinculada con la pólvora, después de que “La Caimana” (una vez que la conquistó cuando ella se trasladaba en una bicicleta) la entrenó para fabricar los explosivos, y llegó a ocupar el cargo de responsable del taller. La fábrica quedaba ubicada al frente de donde está “La Caimana” (dos cuadras antes de llegar a la estación IV de la Policía), donde ahora funciona una tapicería.

“La Caimana” comenzó a trabajar en la pólvora desde que tenía 13 años. Sus padres y abuelos eran pirotécnicos, lo que sumando esas generaciones a 2008, se pueden ajustar 70 años de trabajar en ese negocio, del que todavía doña Hilda tiene fuerzas para retomar la fabricación de los petardos y cohetes.

Hilda llegó a la fábrica de cohetes en septiembre de 1960, después que “La Caimana” había sufrido un incendio un 10 de agosto de ese año, y entre las dos levantaron de nuevo lo que con los años se convirtió en una “institución”, porque cuando estábamos entrevistando a la señora Scott, llegó una señora a preguntar si tenía pólvora para utilizarla hoy 7 de diciembre.

¿Cómo conoció a
Carmen Aguirre?
Doña Hilda conoció a “La Caimana” en el mismo sector donde ella trabajaba. Se desplazaba en una bicicleta, y cuando iba por una de esas calles se topó con Carmen, quien la detuvo y “ahí me empezó a cuiniar”. Para esa ocasión “La Caimana” tenía casi 30 años. De ahí nació una relación que duró 12 años.

A partir de la muerte de Carmen ella no volvió a tener pareja, por lo que se dedicó a seguir con el trabajo de la pólvora y crear a 6 niños que ambas habían adoptado, de los cuales se han muerto los dos mayores. Uno murió en Costa Rica, donde laboraba como vigilante. El otro en las Américas IV.

Los otros hijos adoptados están vivos: uno trabaja en la CSJ como conductor de un magistrado, otro es pastor evangélico, otro vive en Masaya. Con ella viven dos más que Hilda adoptó, la morena que lleva su nombre y apellidos, con la que la pirotécnica se tomó una fotografía con la cámara de
END, y otro que le ayuda en el cafetín.

Sobre el mar de gente que acompañó a “La Caimana” a su última morada, doña Hilda recuerda que fue por la popularidad de ese personaje, ya que hasta el coro de la iglesia de Tolentino llegó a cantar a la vela. También recuerda al profesor Héctor Darío Pastora, quien tomó el micrófono para hablar sobre Carmen Aguirre.

Policía “no me deja trabajar”

A doña Hilda le preguntamos: ¿Y quién no la deja trabajar en la fabricación de los juegos pirotécnicos? La repuesta fue tajante: “Es la Policía la que no me deja trabajar, porque desde el 7 de diciembre del año pasado se me llevaron todos los materiales semielaborados, valorados en 70 mil córdobas”.

El cuerpo policial le aplicó la Ley de Especial para el Control y Regulación de Armas de Fuego, Municiones, Explosivos y otros Materiales Relacionados (Ley No. 510) por lo que recurrió de amparo ante el Tribunal de Apelaciones de Managua, donde le dijeron que los que tenían la última palabra son los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.

Ese recurso lo introdujo cuando le suspendieron su licencia en noviembre de 2006, después de que en junio de ese año se la habían extendido para producir y vender juegos pirotécnicos.

Pero como el nicaragüense siempre busca una alternativa para sobrevivir, doña Hilda tuvo que recurrir al bar que desde hace 23 años había instalado junto a su casa, y así poder sobrevivir. Allí la apoyan dos de los cinco hijos adoptados que tiene. Uno ya murió, otro labora en la Corte Suprema de Justicia como conductor.

Cuestiona a diputados
Doña Hilda cuestionó a los diputados de la Asamblea Nacional, los que a su juicio por desconocimiento --ya que pasan sólo en reuniones con aire acondicionado-- mezclaron el trabajo pirotécnico con el control de armas de fuego. “Lo que debieron haber hecho es una ley solamente para el asunto de los juegos pirotécnicos”, pero no la “ensalada” que dejaron con la Ley No. 510. A ella ni a los otros productores de pólvora --a los que también la Policía los tiene como “venadito entre tu huerta”--, jamás los consultaron los diputados antes de aprobar la “Ley de Armas”.

“Tal vez algunos diputados pueden saber de armas de fuego, pero no de juegos pirotécnicos, porque con esa ley lo que hicieron fue venir a dejar sin comer a un montón de familias en el país, porque al quitarme ellos mi bocado, también se lo quitaron a mis trabajadores”, dice doña Hilda.

La Policía suspendió la actividad de doña Hilda después de los incendios que se produjeron en un sector del mercado y en un taller de Nandaime, de los que la señora Scott dice que no son pirotécnicos, sino “vendedores y comerciantes millonarios, pero nosotros los que fabricamos esos juegos pirotécnicos, vamos comprando lo que vamos a producir”. “Me dicen a mí que tengo tanto años de vender en este lugar, un punto de referencia --“La Caimana”-- que debo conseguir un terreno de una manzana para poner el taller, como que los reales están a la mano. Además, me dicen que tengo que ir a vender en los módulos que ellos imponen”, se quejó doña Hilda, quien no descarta tráfico de influencias en el negocio de la venta de juegos pirotécnicos, “porque con la plata baila el perro”.

“Aquí las autoridades le dan mayores facilidades a los que traen la pólvora del extranjero que al productor nacional, porque a los fabricantes locales nos tienen en un pisa y corre, acosados y al borde de la locura”, sostiene la pirotécnica de mayor experiencia en el país.

Clientes de la vieja Managua
Doña Hilda recuerda a los clientes de la vieja Managua antes del terremoto de 1972. Ella nunca tuvo agentes ni vendedores, porque siempre tuvo un dicho: “El que quiere consumir pólvora de “La Caimana” tiene que ir a la propia fábrica”.

Recuerda a clientes como la Chayito Coronel, que llegaba a comprarle pólvora porque festejaba el Perpetuo Socorro; a un señor de apellido Madrigal; al cantante Jorge Paladino, autor de la Cumbia Chinandegana. También era su cliente Alexis Argüello, quien llegaba a comprarle juegos pirotécnicos en un convertible rojo.

Otro cantante que era su cliente fue Carlos Mendoza; Alberto Solís, el propietario de la Voz de la Victoria. El empresario radial “venía a llevar su pólvora para los cantos de la Purísima que hacía en las instalaciones de esa radioemisora en el barrio Santa Rosa”.

También llegaban altos oficiales de la Guardia Nacional, entre ellos Roberto Somoza hijo; el “Chigüín” Anastasio Somoza Portocarrero; José Somoza, “Papa Chepe”, que en la loma de Tiscapa festejaba con pólvora de “La Caimana” el día de San José.

Sufrió tres incendios
Doña Hilda enfrentó tres incendios. El primero fue el 8 de noviembre de 1979, en el mismo lugar donde reside. El siniestro fue producido por un rayo que cayó al fondo de la casa donde estaban trabajando, “y gracias a Dios ninguno de los trabajadores salió quemado”.

El segundo incendio, en el mismo punto, fue el 15 de octubre de 1982 (el día de Santa Teresa) y el tercero el 6 de octubre de 1985. Los incendios la afectaron en los meses en que se preparaba el producto para las Purísimas, Navidad y Año Nuevo.

Después de la guerra del 79, se fue a vender al Mercado Oriental. Ella dejaba razón en una barbería dónde ubicarla. Y así pudo levantarse. “En el primer incendio que sufrió comprendí que no existen amigos, porque ni con las escrituras de mi propiedad me quisieron prestar 10 mil córdobas para volver a empezar”. Hasta las aseguradoras la rechazaron como cliente.

El nombre de “La Caimana”

Sobre cómo nació el nombre de “La Caimana”, doña Hilda dijo que “la Carmen toda la vida fue bien tapuda y retaba a cualquiera, porque se agarró con muchos hombres y a uno lo dejó sin dientes”.

Sin embargo, el apodo le viene de su padre José Dolores Aguirre, “Tata Lolo”, a quien llamaban “Lolo Caimán”, porque también era bien tapudo, por lo que con el tiempo a la Carmen se le ocurrió ponerle a la fábrica ese nombre que pegó, y ahora hasta es un punto de referencia de los managuas.