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¿Cuál es el salario de un circense que rueda por el mundo? Rolando Neira, un alambrista venezolano, dice que sus ingresos son “secreto de Estado”, pero admite que algunos de estos artistas llegan a ganar desde US$1,000 y hasta US$10,000.
Esos salarios, sin embargo, son la excepción y no la regla, aclaran otros circenses.

“Lo único es que es una vida errante. Hoy estamos acá, mañana allá y pasado mañana no sabemos dónde, pero es bien sabroso, porque conocemos diferentes partes del mundo, culturas y personas distintas”, relata Neira, quien desde los ocho años comenzó a hacer acrobacias sobre la cuerda floja, con tal naturalidad como quien pisa sobre suelo firme.

La “casa”
La de hoy pareciera una mañana común de circo. Debajo de la gran carpa y en las casas rodantes conviven alrededor de 80 artistas circenses de tres continentes y ocho nacionalidades. Acá da casi igual hablar inglés o español, pues los artistas dominan ambos idiomas.
“Muchas veces la gente nos hace preguntas divertidas, por ejemplo, ¿dónde vives? Y es extraño (porque) vivimos como las otras personas. Vamos al cine, tenemos amigos, estudiamos y cuando estamos grandes entrenamos para hacer nuestro show. La noche es otro mundo completamente distinto, la gente, las luces…”, dice Breyda Portugal, una trapecista mexicana de 18 años de edad, perteneciente a la primera generación de trapecistas de la familia Portugal.

Ella está en Managua como parte del circo Do Portugal, que se caracteriza por su carpa de azul intenso y por su pequeña aldea de casas rodantes que guardan los secretos y las intimidades de diferentes generaciones de estirpe circense.

En este circo no reina la fantasía, el suspenso, los dulces y los colores, sino cierto aire de feria, multiculturalidad, sonrisas y un intenso calor que una vez en el interior de la carpa, se siente como un inmenso cuarto de sauna en el que bailarinas, trapecistas y músicos de diferentes nacionalidades ensayan sin distraerse por lo que sucede a su alrededor.

Dentro y fuera de este circo decenas de personas van de un lado a otro. Algunas lavan la carpa, otras reparan motos o arreglan sus hogares rodantes, mientras que los más pequeños van a la escuela… nadie está desocupado.

“Es algo muy especial que jamás cambiaría, nací en el circo y si pudiera escoger otra vida, elegiría de nuevo el circo. Aquí sientes mucha adrenalina, cuando hay mucho público y la gente comienza a aplaudir siento que algo dentro de mí va a explotar”, dice la joven Portugal.

La familia
En este circo, como en casi todos, los artistas sienten que son una familia y es común que entre ellos formalicen una relación sentimental.
“Somos una gran familia. Dentro de las rejas del circo todos estamos para ayudarnos y darnos ánimo”, resalta Neira.

Él se encarga de llenar de adrenalina el espectáculo del circo al entrar junto con otros cinco compañeros al “Globo de la muerte”, una inmensa bola de hierro en la que cinco personas arriba de una moto a toda velocidad empiezan a dar vueltas.

Tal vez por esa adrenalina y por el estilo de vida, es que las bailarinas británicas Emma Walker y Danielle Wilson decidieron dejar sus frías tierras para recorrer las cálidas ciudades de Latinoamérica.

“En casa uno tiene un día básicamente aburrido, en el circo hacemos cosas excitantes, por eso amamos lo que hacemos”, dice Wilson, quien lanza una sonrisa y una mirada cómplice a su amiga y compañera Walker, quien responde: “Es muy difícil estar lejos, pero vivimos como una gran familia y eso nos hace sentir como en casa”.

Wilson es novia de uno de los artistas del circo. Este tipo de historias se repite con frecuencia, aunque  hay algunas excepciones, como la de los argentinos Ximena Giraldi  y su esposo Juan Manuel Scazziota.

Él proviene de una familia de payasos, en cambio ella es una artista de artes escénicas que pasó a formar parte del mundo circense por amor y hoy junto a su esposo recorre el mundo.

El sacrificio
Giraldi dice que vivir del arte es una de las cosas más difíciles.
“Creo que todo lo que tenga que ver con vivir del arte es pan para hoy y hambre para mañana, de golpe tenés un año de trabajo completo, por allí tres o seis meses de contrato y en otros pasas seis meses o un año que no conseguís nada… es un poco arriesgado, pero bueno, el que no arriesga no gana”, reflexiona Giraldi.

“Ahora que tengo a mi nieta, trato de viajar menos para compartir más con ella y si podemos quedarnos en Argentina, pues bien, si no sale nada, pues nos toca salir, pero siempre con esas ganas de volver”, dice Giraldi.

Neira, el que se juega la vida en el “Globo de la muerte”, afirma que vivir en un circo es “una experiencia bonita”, aunque “a veces es un poco pesado”.

“A veces te desespera, pero te gana la emoción que vas a conocer otro lugar”, resume.

Los circenses tienen una vida nómada, en la que recorren todo el mundo y como dice Damián Castro Portugal, no están acostumbrados a estar en sus casas.

Vivir fuera de casa

Costumbre • Damián Castro Portugal, de 20 años y uno de los que desafía a la muerte en el circo, dice que se ha acostumbrado a recorrer el mundo y a no tener una casa fija.

“No extrañamos estar fuera de casa, toda la vida hemos estado viajando, aunque tengamos casa fija, a la primera semana ya me quiero regresar, porque no es algo a lo que estoy acostumbrado”, sostiene Castro Portugal.

Este joven participa en dos de los espectáculos más arriesgados del circo Do Portugal: el “Globo de la Muerte” y otro de acrobacias, en el que mantiene a los espectadores con el corazón en la mano.

También es el que “manda” cuando su papá, el administrador del circo, no está.