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  • EFE

La nicaragüense María Teresa Flores Sosa, de 40 años, representa una historia de superación y de compromiso con su comunidad en Nicaragua, por lo que se fue a la India seis meses para formarse en el Barefoot College y poder llevar la luz a las familias pobres, a través de energía solar.

“Tengo pasión por el desarrollo de mi comunidad”, a tres horas de la ciudad de Siuna, inmersa en la vegetación, donde no hay luz eléctrica, explica Flores Sosa en una entrevista con Efe, antes de participar en Segovia (centro de España) en el V Encuentro de Mujeres que Transforman el Mundo.

Sin apenas estudios, hace catorce años, creyó que debía ayudar a la profesora de su comunidad de educación infantil y quien tenía que enseñar a muchos niños. A los 31 años edad obtuvo el nivel de bachiller.

Este interés por su comunidad no pasó inadvertido y le eligieron junto a otras tres para participar en un proyecto de cooperación internacional, en el que más de setecientas mujeres de 54 países desfavorecidos han logrado llevar la luz a sus poblados.

Trabajo duro

No fue fácil, reconoce María Teresa Flores, porque fueron seis meses de aprendizaje, hasta marzo del año pasado, en un país como India donde la alimentación no es igual que en el suyo y alejada de la familia.

Aún algo conmocionada por haber estado retenida durante dos horas y media en el aeropuerto de Madrid, el jueves pasado, para comprobar que no era una inmigrante ilegal, Flores Sosa explica que “fue muy duro” marcharse a la India dejando abandonada a la familia, a sus cuatro hijos, incluso a su madre que estaba enferma.

Sin embargo, el proyecto ponía como condición que tenía que ser una mujer, que en su caso se autodefine como “una persona de escasos recursos, una mujer pobre, luchadora por mis hijos, mi familia”.

Ahora, después de aprender a hacer lámparas y a darles su voltaje empleando paneles solares, además de velar por sus compañeras, “para que consumieran algún alimento, aunque para sobrevivir”, esta mujer podrá ganarse su sueldo favoreciendo además a sus vecinos.

Por eso está impaciente para que en breves días lleguen los paneles solares, a finales de marzo, y las familias puedan dejar de comprar velas, pudiendo dedicar el dinero que se gastan en otras necesidades, incluso poder contar con electrodomésticos.

Feliz porque mientras en su comunidad había quien ponía en duda que el proyecto pudiera ser realidad, en días pasados, Rodrigo Paris, un voluntario ejecutivo le dio la buena noticia de que llegará el material en breve, como ha ocurrido en Panamá.