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Especial para El Nuevo Diario

Era el martes santo 31 de marzo de 1931. Los pobladores de Managua hacían compras y preparativos para los llamados días de guardar, cuando, conforme la tradición, se asistía a los actos litúrgicos y procesiones en especial. Para entonces poco se viajaba al mar y no se celebraban fiestas.

En el centro urbano de Managua, una ciudad con apenas 40,000 habitantes, muchos se encontraban en el área de comercio, donde después se construirían los mercados San Miguel y Central, paralelos a la después bautizada como Avenida del Centenario que en dirección norte llegaba a la Catedral, todavía en construcción.

Había quienes realizaban compras en los almacenes de la Avenida Central, años después la Roosevelt. También en la Calle Central que pasaba entre lo que sería la iglesia de San Antonio, destruida por el terremoto del 23 de diciembre de 1972, y el parque de los Poetas, donde estuvo el monumento al maestro Gabriel Morales.

REFUGIADOS EN PARQUES
Por una coincidencia, igual que hoy martes santo 31 de marzo, hace 84 años, a las 10:20 de la mañana, se produjo en Managua un terremoto de 4.7 grados en la escala de Richter. La noticia fue trasmitida a Nueva York por S. M. Craigie, operador de la Tropical Radio Telegraph Company. Después se recibió en San Juan del Sur.

Por medio del telégrafo se conoció en Masatepe y se envió el mensaje al balneario Venecia, en la laguna de Masaya, donde se encontraba el general José María Moncada Tapia, presidente de la República, quien partió hacia Managua. Ese mismo día 31 decretó el Estado de Guerra, aplicando la Ley Marcial.

La energía eléctrica fue interrumpida por un joven trabajador de la Central American Power Corporation, Moisés Henríquez, cuya heroica acción salvó muchas vidas y evitó incendios. Otro decreto del general Moncada Tapia fue ascender a general de brigada al coronel Calvin B. Mathews, jefe director de Guardia Nacional.

El oficial norteamericano y las fuerzas militares de ocupación se convirtieron en el verdadero poder. Dieron muerte a balazos a ciudadanos nicaragüenses, acusándolos de pillaje y acciones vandálicas, aumentando la cantidad a más de 1,500 víctimas mortales del terremoto. Los cuerpos, en su mayoría, fueron llevados al día siguiente al nuevo cementerio, situado al occidente y sepultados en fosas comunes. También se les quemó para evitar que fueran comidos por perros y cerdos.

La falta de energía eléctrica y agua potable causó muchos problemas a los más de 20,000 damnificados, quienes se instalaron a la intemperie en la explanada de la Loma de Tiscapa, donde apenas el 4 de enero había sido inaugurado el Palacio Presidencial que también sufrió daños en el costado sur, en el borde de la laguna. Otros se refugiaron en los parques Central y Darío, en la costa del lago Xolotlán, y los más pudientes en los campos de golf de los marinos norteamericanos.

El 3 de abril llegó a Managua el señor Swift, de la Cruz Roja norteamericana. Se formó un comité presidido por el ministro de los Estados Unidos de América, Matthews E. Hanna; el coronel Frederic C. Bradman, uno de los jefes de los marinos; el general Calvin B. Mathews y el teniente coronel Dan I. Sultán, jefe del regimiento de ingenieros encargado de estudiar las obras del canal por Nicaragua.

El único miembro nicaragüense fue Anastasio Somoza García, subsecretario de Relaciones Exteriores. El 14 de abril de 1931 se constituyó el Comité Local de Reconstrucción y Somoza García asumió la presidencia. Cuarenta y un años después, su hijo Anastasio Somoza Debayle tuvo iguales funciones en el comité creado tras el terremoto del 23 de diciembre de 1972. Padre e hijo asumieron total poder como engendros de la tragedia.

EL GOBIERNO A MASAYA
Los principales edificios públicos quedaron destruidos, igual que miles de viviendas. El gobierno se trasladó a Masaya donde se instalaron las Cámaras de Senadores y Diputados. Un decreto, legalizando el traslado, provocó rumores de que le capital estaría en esa ciudad o en algún sitio del departamento de Carazo, por lo que surgió un movimiento de ciudadanos de Managua que expresaron al Congreso Nacional su oposición.

Entre estos ciudadanos estaban monseñor José Antonio Lezcano y Ortega, arzobispo de Managua; Francisco S. Reñazco, Mariano E. Solórzano, José Dolores Estrada, José Benito Ramírez, Joaquín Solórzano G., Francisco Brockmann, Manuel J. Riguero, Miguel Silva, Porfirio Solórzano, Marcial E. Solís, Salvador Guerrero M., Víctor M. Delgadillo y Alfredo Osorio.
Además, Adán Díaz F., Bernabé Portocarrero, Ramón Castillo C., Ángel María Pérez, Francisco Aranda, Deogracias Rivas, Eliseo J. Reyes, Sebastián Alegrett, Juan José Zelaya, José Santos Ramírez, Carlos Reyes, Pablo E. Moreira, Heriberto Silva, Gregorio Pichardo, Gilberto Pérez Alonso, M. Barreto, Enrique Belli, Rafael Cabrera, Alfonso Estrada y Julio Linares.

UN OBISPO CAUSA MALESTAR
En medio de la tragedia fue impresionante y reconfortante, la presencia en los escombros del arzobispo de Managua, monseñor José Antonio Lezcano y Ortega. Los familiares de las víctimas recibieron la consolación y las bendiciones. Imploró por los muertos y heridos, recorrió a pie las ruinas de la ciudad y su imagen se conservó para siempre en la memoria histórica del terremoto de 1931.

Fue muy triste que a la par del ejemplo humanitario de monseñor Lezcano y Ortega, el obispo de Granada, monseñor José Canuto Reyes y Balladares, el domingo 5 de abril, hizo que en todos los templos de la diócesis se leyera una carta pastoral que se consideró una ofensa. Expresó que el terremoto era un castigo divino porque los pobladores de Managua llevaban una conducta libertina y licenciosa, vivían en bacanales. Llamó a las madres que no cuidaban a sus hijas “lobas o bobas”.

En Managua la reacción fue de indignación. Una de las víctimas, la señorita Mariíta Huezo Ortega, era sobrina de monseñor Lezcano y Ortega. Don Francisco Huezo, su padre, publicó una carta y en uno de los párrafos escribió: “Si el Obispo de Granada hubiera conocido a mi hija, la hubiera estimado en los quilates de virtud y alta dignidad que tenía, con una firmeza de carácter superior a su edad, y lo hubiera meditado bastante antes de ofender su memoria y a su familia y a la sociedad, que tanto le quería, porque la conocía bien”.

La solidaridad fue mundial. Se recibieron mensaje y ayudas del cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado Pontificio, futuro Pío XII. Alfonso XIII, rey de España; el presidente norteamericano Herbert C. Hoover; el presidente de Francia, Gastón Doumer; y Jorge V, rey de Inglaterra. Los países sudamericanos, centroamericanos y caribeños se hicieron presente. La Cruz Roja de muchas naciones promovió valiosa ayuda.

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