•  |
  •  |

Hay palabras que cambian la vida, diagnósticos que llegan por sorpresa, sin avisar: “Tienes cáncer”. Esas dos palabras cortas y dolorosas quedan grabadas en la memoria. “Es hoy y todavía no creo que sea verdad, aún puedo recordar ese día, el más triste de mi vida”, relata Yahoska Campos, una morena de 28 años que a primera vista no parece que haya pasado por un proceso largo de quimioterapia y radiación.

A los  27 años fue diagnosticada con cáncer de mama. En ese momento las palabras le sonaron a sentencia y sintió que su vida empezaba a tambalear. “Jamás pensé que siendo una mujer tan joven con un hijo pequeño, podía tener cáncer”.

Una “pelotita” del tamaño de un huevo, identificada por su ginecólogo en una cita rutinaria, se transformó en un tumor que crecía rápido, según le informaron los médicos.

“Pensé que moriría, solo pensás en la muerte y más cuando no tenés los medios económicos”, recuerda Campos. “El doctor me decía, tenés que conocer a alguien para ser tratada en el Hospital Bertha Calderón, y no conocía a nadie, entonces pensé: ‘Moriré antes de entrar’”.

Barrera por derribar
Sin contar con un seguro médico, sin trabajo, un hijo pequeño por mantener y un cáncer desarrollándose a un ritmo acelerado, el tiempo parecía correr en su contra. Yahoska se aferró a la esperanza de ver a su hijo crecer y comenzó a realizar gestiones, hasta ser admitida en la Fundación Ortiz Gurdián, donde recibió el tratamiento de forma gratuita.

Pero aún debía derribar una barrera, según ella más fuerte que los problemas económicos. A medida que el tiempo pasaba, su optimismo decaía. “Cada vez que venía a la fundación era una noticia dolorosa; en la primera visita me confirmaron que tenía cáncer, luego que  pasaría por un tratamiento largo y fuerte, otra vez, que nunca más volvería a ser madre, y en una de las últimas, que me amputarían toda la mama”.

Ahí su rostro cambia y sus ojos se llenan de lágrimas, se toca el lado de su seno izquierdo que ya no está, vacío que oculta con una esponja, con la que disimula muy bien la amputación.

“Es una mezcla de sentimientos encontrados, tu estado de ánimo va cambiando, nunca empecé alegre, en cada tratamiento la tristeza es diferente… Hay una parte de mí que ya no está, pero me siento valiente porque tenía  miedo que esa enfermedad acabara conmigo y no yo con ella”.

Yahoska recién terminó el tratamiento. El médico le ha dicho que no hay más células cancerígenas en su cuerpo, su cabello empieza a crecer aunque persiste el miedo de que el cáncer regrese.

Un error
La actitud de Carmen Sirias, originaria de El Viejo, Chinandega, es un poco más optimista. Está en su cuarta etapa de quimioterapia, su cuerpo aún tiene células cancerígenas que en un primer momento la dejaron en silla de ruedas. Los médicos le habían diagnosticado metástasis en la pelvis. Pero una vez que empezó el tratamiento de quimioterapia, su salud mejoró y logró caminar.

A diferencia de Yahoska, Carmen había presentado síntomas meses antes de recibir el diagnóstico. Una “pelotita” debajo de su axila, la relacionó con un resfriado que supuso luego pasaría.

Tras una caída, su seno izquierdo se puso duro e hinchado. “A veces uno es tan ignorante que cree que todo va a pasar… Después de la caída no me sentía bien, comencé a tomar unas vitaminas pensando en que todo se arreglaría”.

Pero no fue así, la mama comenzó a crecer y en su visita al médico este descubrió que era cáncer. “Aprendí una gran lección, las mujeres cuando sientan algo extraño en su cuerpo, no lo pueden dejar pasar”.

El control emocional
Para Carmen, uno de los momentos más difíciles, después de enterarse de su condición, es haber perdido el cabello. Hoy cubre su cabeza con un pañuelo largo que amarra alrededor. “Siento que la belleza de una mujer está en su cabello, pero ahora también entiendo que todas tenemos una belleza interior”, comenta.

A los 31 años de edad y con tres hijas pequeñas, Carmen aparenta ser una mujer mayor; su rostro luce cansado, su cabello ha caído por completo y unas ojeras se han instalado alrededor de sus ojos, pero ha comprendido que necesita mejorar su estado de ánimo para continuar con el tratamiento.

“Esta enfermedad se alimenta de nuestro estado emocional… Es una etapa muy dura, pero tampoco nos podemos dejar vencer”. Con esta actitud Carmen asiste cada veintiún días a su ciclo de quimioterapia, al que siempre se enfrenta con una mezcla de optimismo y agobio.

Diagnósticos tardíos
Para el Dr. Roberto Ortega, director médico de la Fundación Ortiz Gurdián, el cáncer de mama es un problema mundial que, a diferencia de los países desarrollados, los que están en vías de desarrollo lo diagnostican en etapas más avanzadas, por lo general en el estadio dos y tres, incluso cuatro.

“Tenemos que cambiar ese concepto de que el cáncer es solo para mujeres de mayor edad. Lo que pasa es que muchas pacientes no tienen la información”, indica el médico. Las estadísticas mundiales reflejan que una de cada diez mujeres, en cualquier momento de su vida, será diagnosticada con cáncer de mama.

“Debemos partir  diciendo que el principal factor de riesgo para desarrollar el cáncer de mama es la propia condición de ser mujer… Por eso insistimos tanto en el autoexamen”, agrega el Dr. Ortega.

Aunque, los médicos son enfáticos al afirmar que el cáncer de mama en mujeres jóvenes obedece más a un problema de genética. “A diferencia del cáncer cervicouterino, el de mama es menos prevenible, dado que tiene una carga genética mayor. Las pacientes traen estas alteraciones en su cuerpo, por tanto lo que pretendemos es detectarlo en una fase temprana”, explica el Dr. Vladimir Altamirano, presidente de la Asociación Nicaragüense de Oncología (Anico).

Altamirano señala que el ascenso del cáncer de mama es inevitable y advierte que con los años irá aumentando, no porque más mujeres vayan a padecer de cáncer, sino porque el acceso a los servicios de salud y el desarrollo de países como Nicaragua permitirán realizar más diagnósticos.

En Nicaragua, el 10% de casos de cáncer de mama se diagnostica en mujeres jóvenes. “En Latinoamérica es muy frecuente que las pacientes jóvenes desarrollen un cáncer triple negativo, es decir más agresivo, que responde poco a los medicamentos y se propaga más rápido”, afirma el médico nicaragüense Vladimir Altamirano. Los especialistas del continente aún no logran identificar las causas.