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No hubo Nochebuena y probablemente tampoco habrá la ilusión de un fin de año feliz. Las casi 300 familias damnificadas de la capital, que aún permanecen en seis colegios públicos, sólo contaron con una librita de pollo, por familia, para celebrar la víspera de Navidad.

En esos asentamientos improvisados no hubo árboles ni luces. Ni siquiera el adorno más barato, que venden por moño en El Oriental. En vez de eso, la pobreza --como si se tratara del carro más lujoso en exhibición-- se visualizó por todos los rincones.

En cada aula, ocupada por cinco y seis familias, conformadas hasta por 11 personas, asomaban enseres viejos y unos cuantos colchones amontonados unos sobre otros por la falta de espacio.

En algunos colegios como el Solidaridad, incluso, se observaron niños durmiendo en el suelo y plásticos utilizados como pared. “Aquí no tenemos nada, ni siquiera privacidad”, comentó Esther Martínez, una de las refugiadas, quien calculó que tiene más de dos meses de vivir en el colegio señalado.

“Lo seguro aquí es la poca comida que nos trae el Sinapred, que no nos olvida. El Sinapred nos da ocho libras de arroz, cinco libras de frijoles negros o rojos, aceite y un jabón para 15 días, y mire, estamos agradecidos con eso”, destacó Diana del Socorro Huerta, otra damnificada.

El sueño del terreno propio
Aunque aclaró que lo que quieren es vivir en un terreno propio. Doña Virginia Reyes, albergada en el Colegio Santa Clara, pidió lo mismo. “Queremos salir de aquí (del colegio) y necesitamos, pedimos, por favor, que el gobierno ya nos asegure un lugar para vivir: una chocita humilde, pero nuestra”, subrayó.

“Fíjese bien (señaló el aula), no es fácil vivir así, aguantamos porque no tenemos de otra”, recalcó, tras mencionar que su familia es de cinco personas, incluyendo un niño que le regalaron cuando tenía días de nacido.

Traslado quizás en enero
Janeth Reyes, secretaria de la Asociación Anexo “Domitila Lugo”, y quien se encarga de asegurar la comida y “comodidad” de los refugiados en Santa Clara, al respecto dijo que “no falta comida porque el Sinapred siempre viene, y lo que nos han dicho es que hasta enero (próximo) podrían trasladarlos, pero eso es todo lo que sabemos”.

La directora del Colegio Solidaridad, Salvadora Álvarez, tiene la misma información. Ella manifestó que a más tardar en la primera semana del mes entrante, se estará trasladando a los damnificados a un terreno propio.

“Esperemos que eso pase, ya que nosotros necesitamos las aulas para el próximo año lectivo”, indicó. Nelson Flores, refugiado del Colegio Solidaridad, especificó que en las últimas reuniones que han tenido con el gobierno, éste les ha asegurado el traslado hasta que tome posesión el nuevo alcalde de Managua.

“Pero nos indicaron que no hay un banco de tierra disponible en el municipio de Managua. Sólo en Tipitapa dicen que hay espacio, pero no nos han dicho una fecha concreta para irnos a ese lugar, y ya necesitamos saber con qué contamos”, refirió el comerciante.

Paciencia se extingue
En el colegio “Pedro Joaquín” y en el Panamericano la gente también está desesperada. Algunos tienen más de tres meses de estar en esos sitios, según comentaron a EL NUEVO DIARIO.

Modesto Rocha, concentrado en el Colegio Panamericano desde entonces, por eso demandó una casita. “No importa que sea chiquitita, pero que sea nuestra y donde podamos vivir tranquilos, sin el miedo de molestar a otros. Nos han dicho que debemos tener paciencia, pero es justo que ya nos den repuesta”, señaló, mostrando al mismo tiempo su respaldo al gobierno.

Los celadores de los colegios antes mencionados coincidieron en que los damnificados se rigen por el reglamento escolar. “No puede haber pleitos ni nada sucio, ni paredes rayadas ni nada de llegadas tardes. La gente que trabaja (como vendedores ambulantes) sale a las seis de la mañana y viene a las ocho de la noche, ese es el único horario permitido”, comentó uno de ellos que pidió el anonimato.

Aunque la primera y la segunda reglas no siempre son acatadas por todos, hecho que ya ha ocasionado uno que otro pleito en la comunidad de refugiados, que a gritos pide un “ranchito” para vivir.

¿Y el Minsa?
Los refugiados coincidieron en que el Ministerio de Salud (Minsa) dejó de visitarlos en diciembre.

“Aquí hay muchos zancudos, y nos da temor porque hay mujeres embarazadas y un montón de niños, así que agradeceríamos mucho que el Minsa se asome por estos lados, porque si no ha habido una epidemia es por obra de Dios”, dijo Roberto Clemente Flores, damnificado ubicado en el Colegio Panamericano.

En los colegios, que todavía se utilizan como asentamientos, se ve de todo: desde mujeres listas para parir hasta casos de cáncer.

Abundan males
La directora del Colegio Solidaridad, Salvadora Álvarez, comentó que una de las damnificadas dejó el centro porque tiene un niño de cinco años con cáncer.

“Ella tiene más de tres semanas sin venir (al colegio) intuimos que tiene al niño en el Hospital ‘La Mascota’… pero no se sabe nada de ella. Es triste”, refirió la directora, tras señalar que le tienen guardada su provisión.

Otra mujer refugiada, abandonó el Colegio Panamericano porque iba a dar luz. Según las familias que compartían el aula con ella, ésta fue “cesareada” en el Hospital “Bertha Calderón” tres veces.

“La primera vez fue cuando iba a tener al niño, le dieron de alta y se vino aquí al colegio. Pero luego comenzó a sentir dolores y tuvo que ir de nuevo al hospital, donde la rajaron otra vez y la zurcieron, después siguió mal, y volvió a ir al hospital donde de nuevo la rajaron, ahora sólo sabemos que tuvo que pedir ayuda a un familiar para recuperarse”, indicaron sus vecinos.

Ileana Murillo, otra damnificada que permanece en el colegio en mención, está en su último mes de embarazo. Ella no recibe el control del Minsa, y mencionó que en cuanto tenga dolores dejará a sus siete hijos con su hija mayor de 16 años. “Ojalá nada malo pase”, apuntó.