Jorge Eduardo Arellano
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Julia Ríos/AFP

El Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, culmina un año complicado bajo el asedio de la oposición, que le acusa de robarse las elecciones municipales, y de sanciones económicas de Europa y Estados Unidos, mientras se declara víctima de una conspiración que busca desestabilizarlo.

Ortega, con un discurso plagado de referencias bíblicas y de amor por los pobres, asumió el poder hace dos años prometiendo "unidad y reconciliación nacional", pero ahora se muestra decidido a dar la batalla en cualquier terreno, ofreciendo a sus adversarios el "acero de guerra".

De manera desafiante, ha declarado que confía en que su amigo y aliado, el presidente venezolano Hugo Chávez, le proporcionará el dinero que le falta tras los recortes en la ayuda extranjera a Nicaragua, uno de los países más pobres de América Latina.

En medio de denuncias de fraude en los comicios municipales, sus críticos dicen que Ortega está tratando de establecer un gobierno de corte familiar, junto a su esposa Rosario Murillo, y que ha creado grupos de choque para impedir cualquier protesta en su contra en las calles.


Posiciones que asustan
El Congreso culminó el año legislativo paralizado, mientras la oposición intentaba --sin conseguir el quórum necesario-- aprobar una ley para anular los comicios municipales del 9 de noviembre, ganados oficialmente por el Frente Sandinista de Ortega.

En el plano externo, Ortega ha causado sorpresa con ciertas decisiones, como cuando reconoció la independencia de regiones separatistas de Georgia, pero también ha arrancado las iras del presidente colombiano Álvaro Uribe por llamar "hermanos" a los guerrilleros de las FARC.

Ortega, de 63 años, ha acusado a países europeos y a Estados Unidos de "injerencismo", por criticar los comicios municipales y el cierre de espacios a la oposición, que incluyó la anulación de la personalidad jurídica de dos partidos, entre ellos, uno formado por disidentes del Frente Sandinista.


Ortega con “agujero” en sus cuentas
Los recortes en la ayuda, sumados a la parálisis en el Congreso, abrieron un agujero de más de 100 millones de dólares en el presupuesto de esta empobrecida nación, muy dependiente de la asistencia internacional.

Pero el tozudo Ortega, se ha mostrado desafiante ante las críticas, diciendo que no le atemorizan las sanciones, y se ha propuesto conseguir fuentes alternativas para cubrir el millonario hueco en las finanzas.

Recientemente declaró que Chávez le ofreció el dinero que Estados Unidos y Europa han dejado de proporcionar, pero analistas creen poco probable que el presidente venezolano pueda cumplir su oferta debido a la caída de los precios del petróleo.

En la medida en que afianza su poder interno y se apoya en Chávez para afirmar una perspectiva ideológica "sesgada por una visión anticuada y primitiva", la política exterior de Ortega se mueve hacia un posicionamiento en pugna con la comunidad internacional, dijo a la AFP el analista Manuel Orozco, de Diálogo Interamericano.

En esa lógica se inscriben sus vínculos con Irán, su "enajenación ideológica y acrítica en relación con Venezuela, y su oportunismo político frente a Rusia", indicó Orozco a la AFP.

Ortega reconoció en septiembre la independencia de Georgia de las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, algo que sorprendió al propio Kremlin, pues Nicaragua fue el segundo país en hacerlo luego de Rusia.

En una visita a Moscú, Ortega y el presidente Dimitri Medvedev retomaron la centenaria idea de abrir un canal interoceánico en Nicaragua, con financiamiento ruso, que compita con el Canal de Panamá, pero analistas panameños estiman que no hay negocio para dos canales.


Sin arrastre internacional
Ortega ha intentado armar un frente antiimperialista, aunque su "eco es muy limitado", ya que otros dirigentes de izquierda de América Latina advierten la debilidad democrática y la pobreza de su política exterior, y "no están dispuestos a arriesgar su reputación al asociarse con Ortega", declaró Orozco.

A nivel interno, sus críticos advierten un retroceso en la confrontación con la empresa privada, la Iglesia Católica y el odio de clases, que ha vuelto a polarizar al país entre pobres y "oligarcas", izquierda y derecha, como durante el gobierno revolucionario que encabezó Ortega entre 1979 y 1990.