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Primera entrega

Muchos años después, meditando bajo la sombra de su cabaña, Yolanda Pérez había de recordar aquel día que su gran amor la llevó a conocer Popoyo. Era entonces una pequeña comunidad de unas treinta casas de madera, construidas a la orilla de un mar de aguas diáfanas, un tesoro líquido que pasaba inadvertido, excepto porque era el fiel proveedor de algunos alimentos.

Popoyo se encuentra en la parte noroeste del municipio de Tola, departamento de Rivas, Nicaragua. Es una comunidad con una extensión de 7.58 kilómetros cuadrados; y a pesar de su dimensión territorial considerable, todavía carece de construcciones modernas, incluso las más recientes parecen casas comunes.

Yolanda recuerda cómo llegó a Popoyo, en el año 1961, con más sueños que recursos, pero dispuesta a trabajar para salir adelante. “Vine cuando tenía 20 años. Me trajo mi difunto esposo, era un lugar desolado. Se escuchaban fuertes los gritos de los monos congos. Me gustaba porque tenía cerca el mar y desde que llegué sabía que tenía que luchar duro para superar”.

“Eran tiempos difíciles. Sobrevivíamos vendiendo mariscos, teníamos que salir a ofrecerlos y arrimaba un camión que lo compraba todo, pero era complicado saber cuándo iba a llegar”, cuenta Yolanda, quien pasó la mitad de sus años vendiendo esos productos del mar. Para entonces ya tenía casi dos décadas viviendo en Popoyo.

Las primeras tablas
Poco a poco comenzó a llegar más gente, la comunidad iba creciendo, había más ruido que contrastaba con el de los congos. Un camión se acercaba al pueblo para acarrear pescados, uno que otro carro de un visitante y de pronto alguien cargando una tabla; era totalmente extraño, no era la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, pero no la usaría para levantar una caseta, sino para disfrutar de las olas del mar sobre ella.

Era el mes de octubre del año 1996, arrimaban más visitantes, cada cual con una tabla en mano. “Después de hacer sus piruetas cabalgando las olas, regresaban hambrientos, con sed y ganas de descansar. Nadie les ofrecía hospedaje o alimentos y se me iluminó la mente. Entonces comencé a hacer comiditas: arrocito, frijolitos y pollo frito. Ofrecía café y alguna limonada, si tenía”. Yolanda aprovechó la ocasión y cada día, desde la primera vez que alimentó a los visitantes, no dejó de trabajar hasta hacer crecer su negocio.

Las tablas no eran mágicas, ni mucho menos. Pero los pobladores sabían que atraían a esas personas que las acarreaban y tallaron algunas. Yolanda fue de las primeras. Colgó en la entrada de su negocio una tabla de surf, pintada con los colores más estrambóticos, llamaba la atención de aquellos que en algunas temporadas del año se subían a las olas, retando a la naturaleza.

Creció la afluencia de visitantes en el año 2000. Popoyo seguía siendo un lugar tranquilo, sin mucho tráfico vehicular, pero trasladarse a la playa se complicaba a medida que iban arrimando más personas para habitar en la aldea. Para entonces el acceso a algunas playas ya era restringido. Algunos con poder adquisitivo compraron varias hectáreas de tierra y cercaron sus propiedades, construyeron negocios y aunque los lugareños no arrimaban a menudo, los extranjeros los convirtieron en sus puntos de encuentros para practicar surf.

La fiebre se extiende
Los más pequeños se aventuraron a subir a las tablas, los foráneos les enseñaban a cambio de que fueran sus guías para buscar comida y refugio. Aprendió uno y otro, y estos enseñaron a los demás, a quienes mostraban interés; y hoy, en la mayoría de casas de Popoyo, hay alguien que cambió su corte de cabello clásico por una extensa coleta suelta y dejó la camisa que lo protegía del sol, por una sin mangas.

Los años que pasó Yolanda repitiéndose en voz baja un sartal de asombrosas ideas para mejorar su calidad de vida, valieron la pena. Su negocio creció y, como ella, sus vecinos aprovecharon para probar con un negocio similar o distinto.

“Vivir en Popoyo fue la mejor decisión que pude tomar”, comenta Thania Lexy, ciudadana americana que creció en Oregón, Estados Unidos, y recién cumplió un año de residir junto a esta playa.

“Vine de visita a Popoyo, me hablaron del lugar y en Oregón llueve ocho meses al año. El clima no me gustaba y me aventuré a visitar Nicaragua. Fui a varios lugares, pero llegué a Popoyo y supe que este era el lugar adecuado para relajarme, divertirme y pasarla bien”, manifiesta Lexy, quien con su esposo, Mario Martínez, administra un negocio de renta de motos.

“Cuando vine había dificultades para trasladarse en la zona. Una vez que me establecí con mi pareja, decidimos poner nuestro negocio.

Alquilamos motos a los turistas, ellos pagan y dejan una garantía. Nos va bien, tenemos cinco motos y escasamente deja de salir una. Hay una temporada en el año que es buena, entre febrero y mayo. Luego hay una pausa de unos tres meses, aunque vienen algunos surfistas y en septiembre regresa la temporada alta”, explica Lexy.

Cadena de oportunidades
De 2010 hasta hoy la situación en Popoyo ha mejorado mucho, afirman sus habitantes. Todos se conocen, los negocios han aumentado, hay oportunidades para todos y el dinero da vuelta en cadena. Yolanda le compra mariscos a su vecino, el pescador Pedro Hernández. Ella obtiene buenas ganancias cuando su restaurante se llena, llega más gente en esta época del año. Pedro le renta una moto a Lexy para comprar provisión en Rivas y eventualmente le paga con las mejores pescas del día.

El 31 de mayo próximo es la inauguración del Mundial de Surf en esta playa. Lo promueve la Asociación Internacional de Surf (ISA, por sus siglas en inglés). En Popoyo se reunirán los mejores competidores de esta disciplina, procedentes de unos 30 países.
Jenny Obando, quien habita en esta comunidad desde hace 20 años, aprovechará la ocasión para abrir las puertas de su negocio, el cual bautizó como “Amigos Bar”.

“El crecimiento económico en el núcleo de cada familia es increíble, gracias al turismo y a que el surf ha abierto puertas. La gente ha aprovechado, a veces tenemos el trabajo en las narices y no lo tomamos, pero en Popoyo todos vamos creciendo”, manifiesta Obando, quien mira en el Mundial de Surf la oportunidad para iniciar con pie derecho su travesía como microempresaria.

Más de 300 surfistas de distintas partes del mundo estarán en Popoyo desde el 31 de mayo, hasta el 7 de junio. Por algún motivo esta playa es considerada una de las mejores del mundo para practicar el surf. Además de su paisaje natural, las olas esconden secretos que las hacen diferentes a las de otros sitios de la misma costa del Pacífico nicaragüense.