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“Yo quisiera —dijo monseñor Óscar Arnulfo Romero en la homilía un día antes de su asesinato— hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles”.

Hermanos —siguió— “son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, ante una orden de matar debe de prevalecer la ley de Dios que dice no matar”. Tras esa pausa se escucharon aplausos.

“Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla, ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la dignidad humana, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión”.

Después de 35 años de su asesinato, monseñor Óscar Arnulfo Romero fue declarado ayer beato de la Iglesia católica. La teóloga María López Vigil, quien lo conoció en España cuando ella era periodista, recuerda que el hoy beato fue muy “conservador”, “muy contrario a la Teología de la Liberación”.

López Vigil recordó que después que tomó posesión como arzobispo de San Salvador, fue asesinado el cura Rutilio Grande, “un jesuita muy parecido a él, campesino”.

Prueba de fuego

“Eso altera a monseñor Romero, por lo que escribe al presidente de la República y le dice: ‘Si esto no se investiga y no se castiga, no cuenta conmigo en ningún acto oficial’”, relató López Vigil durante el programa radial Camino de Emaús, dirigido por la también teóloga y poeta Michelle Najlis.

López Vigil, autora de “Piezas para un retrato”, una biografía del hoy beato, sostuvo que esa fue “su prueba de fuego”.

“Los sacerdotes, los jesuitas, la gente de las parroquias que ya identifican fe con justicia, fe con compromiso social, le dicen: monseñor le han matado a un sacerdote, haga solo una misa, que no haya misa en ninguna parte de la Arquidiócesis, solo en San Salvador, él se espanta y sabe que eso iba a desafiar”.

Romero aceptó la sugerencia. Desde que realizó la misa única, dijo López Vigil, no “volvió a ser el de antes”.

El santo

“Monseñor Romero fue un hombre convertido por el pueblo salvadoreño”, añadió. Tuvo un “cambio que rompe las leyes de la vida, porque nadie cambia a los 60 años”.
Según López Vigil, monseñor Romero “ha dejado un gran legado” y quien “lo mandó a matar y lo mató dejó un símbolo perfecto: el del sacerdote que muere al pie del altar”.

“Fue hecho santo en vida porque la gente sentía que los defendía de una situación tenebrosa”, añadió.