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Cuando los padres lo ven con normalidad y ponen límites como en cualquier otra actividad, el niño jugará y disfrutará adecuadamente, dice sicóloga. La edad recomendada para iniciarse en este campo está en los seis años, preferiblemente siete u ocho. Puede darse el caso de un niño muy tímido y retraído que encuentre en un juego agresivo la manera particular de expresar rabia

JULIÁN DÍEZ, Madrid / El País
Las consolas, tanto de mesa como portátiles, se perfilaron como los regalos favoritos de la temporada. Muchos padres se preguntan si son adecuadas para sus hijos. Temen problemas de adicción o falta de interés por los estudios. Y las claves para lidiar con la cuestión no son tan difíciles: no hay que negar la existencia de algo que les rodea, sino integrarlo en sus vidas.

“Si los padres ven los videojuegos con normalidad y ponen los límites como en cualquier otra actividad, el niño jugará y disfrutará adecuadamente”. Si no, continúa, “corren el riesgo de dotarlos del atractivo de lo prohibido, y eso dará al videojuego un poder que por sí solo no tiene”, explica la psicóloga clínica Yolanda Redondo, del Centro Clínico Mirasierra de Madrid.

La clave, según los expertos, está en que los padres se esfuercen en conocer los juegos que emplean sus hijos, e intenten compartirlos con ellos. Para el pedagogo Marc Giner, precisamente por eso, la primera apuesta de compra de los padres debe ser la consola de mesa --PlayStation, Xbox o Wii--. “Es como la televisión. No dejaríamos ver a solas a nuestros hijos ciertas cosas, así que tampoco tiene sentido que se lo permitamos con los juegos”.

La edad recomendada para iniciarse en este campo está en los seis años, preferiblemente siete u ocho. Y entonces, lo aconsejable es hacerlo en períodos controlados --máximo de una hora-- y con juegos que permitan al chavalo sacar partido de sus ventajas: desarrollar el razonamiento, interiorizar la existencia de reglas, favorecer la capacidad de concentración o la coordinación vasomotora.


Los peligros
Por supuesto, existen peligros. Y una posible adicción, según Giner, no es el más grave. Un chavalo que pasa tres horas al día con la consola tiene un problema mayor: sus padres que no le hacen ni caso, y surgirán problemas por ése o por cualquier otro lado”. Yolanda Redondo también apunta a que los juegos violentos pueden ser un síntoma. “Puede darse el caso de un niño muy tímido y retraído que encuentre en un videojuego agresivo la manera particular de expresar rabia o dominio sobre los demás. Los padres deben estar atentos y permitir que el niño exprese esos sentimientos de forma más adaptativa”. También está el peligro de convertir el videojuego en premio en caso de que se cumplan las obligaciones, o que el chaval termine por confundir ciertas normas y ritmos del mismo con los de su propia vida. Evidentemente, el entorno en el que se mueven los chicos --que en la escuela hablan, y mucho, sobre videojuegos-- hace que sea difícil dar la espalda a esa realidad y aislarles. Pero tampoco están tan obsesionados por ellos como podría parecer: “La mayoría de los niños, cuando son preguntados, responden que preferirían estar con su familia o jugar con los amigos a los videojuegos o la tele. Lo que sucede es que muchos padres no pueden acompañar durante el tiempo libre a sus hijos”, afirma Redondo.

La industria también es consciente de la preocupación de muchos padres por este tema, y pone a su alcance ciertas herramientas. La más conocida es la clasificación PEGI presente en la contraportada de las carátulas, que incluye no sólo información por edades --para mayores de 3, 7, 12, 16 y 18 años--, sino también símbolos, describiendo los contenidos inadecuados de cada título. Al contrario de lo que piensa en muchos casos la opinión pública, el 50% de los juegos que se publican tienen la clasificación mínima +3, y sólo un 4% resultan tan violentos como para merecer el +18.

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