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Mi abuela, Luisa Dora Szapira, viuda de Enrique Najlis (héroe de la Primera Guerra Mundial) fue una mujer judía valiente. Anduvo por las calles de París, ocupadas por los nazis, con la estrella de David sobre su abrigo. Su hijo Rogelio sobrevivió a un campo de concentración. Otros familiares murieron en campos de concentración nazi.

Alguien contó en la mesa familiar de mi infancia cómo mi abuela tiró las medallas de su marido muerto a la cara de un comisario de policía, diciéndole “se las cambio por la estrella de David”. Le dijimos que había sido heroica. Ella, enojada, respondió: “era lo único que una mujer decente podía haber hecho”.

Mi abuela era valiente. Años antes de morir había encargado a una costurera que hiciera su mortaja. Solía lavarla, plancharla y guardarla en su cómoda al menos una vez al año. Luego, me indicaba en qué gaveta la había puesto, y me encargaba que le asegurara que sería enterrada con eso.

Ahora, ante el horror de la masacre sionista en Palestina, me pregunto “¿qué es lo que una mujer decente puede hacer?”. En mi caso, no logro saberlo. Me devora la sensación de dolor, vergüenza e impotencia. Creo que mi abuela hubiera llorado.