Jorge Eduardo Arellano
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Madrid / EL PAÍS

La arquitectura de seguridad internacional establecida durante la Guerra Fría y en los años noventa, con la firma de un complejo entramado de tratados sobre control de armas, se está derrumbando.

Todos los principales pilares de esa estructura tiemblan bajo la presión de nuevas relaciones de fuerza que se han afirmado, o pretenden afirmarse, en el tablero mundial.

La suspensión de la aplicación del Tratado sobre Armas Convencionales decidida por Rusia, es sólo un elemento en un conjunto de fricciones que afectan también los tratados sobre armas nucleares intermedias e intercontinentales. “La medida es un paso más, una consecuencia lógica de una dinámica que empezó en 2002, cuando Washington se retiró del Tratado Anti-Misiles Balísticos”, comenta Oksana Antonenko, analista del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres.

“La Administración de Bush dejó entonces claro que no apostaba por ese entramado de tratados, y lo único sorprendente en la reacción de Moscú, es que llegue tan tarde”, argumenta Antonenko.

“Se trata de un sistema pensado para un mundo bipolar que ya no existe. Pero sería un error pensar que ya no tiene sentido. Hay que adaptarlo”, considera Kart Kaiser, profesor de la Universidad de Harvard. “EU y Rusia siguen manteniendo arsenales nucleares muchas veces más grandes que los de todos los demás juntos”.


El casus belli
El casus belli oficial alrededor del Tratado de Armas Convencionales, es que los países de la OTAN no han ratificado la revisión concordada tras la desintegración del Pacto de Varsovia. El Kremlin denuncia que sin la ratificación, hay varios países ex comunistas --por ejemplo, los bálticos-- que quedan de facto con las manos libres. La OTAN justifica su posición alegando que Rusia no cumplió con el compromiso de retirar sus tropas de Abkazia (Georgia) y Transdniester (Moldavia).

La fricción es sólo la punta de un iceberg. “En sí, las fuerzas convencionales --tanques, artillerías, etc.-- ya no tienen relevancia estratégica”, comenta Antonenko. Otra cosa es, por ejemplo, la voluntad de EU de instalar misiles y radares en Polonia y la República Checa para su escudo espacial. O los contrastes sobre tratados nucleares.

“Rusia ha mantenido un perfil bajo durante mucho tiempo. Estuvo paciente, pese a la actitud expansionista de la OTAN. Ahora, los progresos de su economía respaldan posiciones de mayor dureza en la defensa de sus intereses nacionales”, observa Vladímir Orlov, presidente del Centro de Estudios Políticos de Moscú. El Kremlin enseña músculos.

“En ese movimiento hay que tener en cuenta algunas cosas. Pese al crecimiento, el PIB ruso tiene prácticamente el mismo tamaño que el de Holanda. Eso aclara las relaciones de fuerza”, apunta José Ignacio Torreblanca, director de la sede madrileña del Consejo Europeo sobre Relaciones Exteriores. “Rusia, que además es un país en declive demográfico, no tiene la fuerza para financiar un gasto militar realmente amenazante”.

“Por otra parte”, prosigue Torreblanca, “la actitud rusa hacia el exterior creo que responde en buena medida a motivaciones de política interior. Esa actitud produce consenso político. Pero acentúa el retroceso del orden multilateral al que asistimos. Retroceso al que desde luego contribuye también EU. El mundo se está oscureciendo”.

En ese cuadro, los analistas coinciden en destacar la relevancia de las tensiones alrededor del Tratado sobre Armas Nucleares Intermedias. Con ese acuerdo bilateral, Moscú y Washington pactaron la eliminación de los arsenales de misiles de entre 500 y 5,500 kilómetros de alcance.

El Kremlin reclama una internacionalización del acuerdo, alegando que, mientras Rusia tiene las manos atadas, sus países vecinos pueden desarrollar libremente sus arsenales. “Está claro que hay un problema allí. Rusia destruyó su arsenal, y ahora le preocupan China, India, Pakistán, Irán…”, comenta Kaiser. “Un nuevo tratado que prevea la eliminación es imposible, estos nuevos países no aceptarían destruir sus armas nucleares.

Pero es posible pensar en un nuevo tipo de disciplina que haga el escenario más estable. Pienso en normas que permitan inspecciones, transparencia. Incluso establecer límites legales; por ejemplo, 100 cabeceras para cada país”. Kaiser está convencido de que, pese a que haya “nuevos actores, y hasta actores no estatales con armas de destrucción masiva”, no hay que abandonar los sistemas de control de armas.

Cree que un cambio de rumbo en Washington permitiría reanudar el diálogo eficazmente. Antonenko, en cambio, se define totalmente “escéptica” sobre la posibilidad de que sistemas del estilo puedan tener un sentido en “un mundo tan fragmentado como el actual”.