Jorge Eduardo Arellano
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Don Julio César Sandoval, al morir nos deja un magisterio maravilloso de comprensión y de sanidad mental, legado de gran valor testimonial para emprender lo que tanto cuesta, proyectos de vida. Imprimió a su múltiple destino la pasión de amar la verdadera patria. Fue un constante del pensamiento crítico para matizar sus enseñanzas con la propiedad del que estima el tiempo de los otros, que le siguieron con rotunda estima y consideración. Aún está el eco del... “¡Correctooo!”, y del vigoroso... “Contestación de grupo”.

Sin duda, hará mucha falta.

Don Julio, dígame usted ahora, cómo se abraza el aire al viento, sin el temor de pescar un resfrío. Usted, que sembró caminos de la Nicaragua profunda, para construir hombres de la estatura del bien; el maestro, hijo de la palabra guía. El galán bien plantado de la radionovela, repetido abundantemente, para quedarse a vivir, en la onda sonora de la magia y la realidad más persistente.

Don Julio, siempre atento al oficio natural de domar palabras y versos, en la tierra grande de la mañana difícil.

Don Julio vino y se fue, doblando campanas, en la escritura más humana del amor, a la que debemos acostumbrarnos hoy.