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El periodista y editor Ernesto Aburto Martínez, legalmente nominado Luis Ernesto desde cuando la cédula de identidad impuso la fortaleza de la partida de nacimiento, ya no acompaña nuestro trabajo cotidiano en este diario a partir del recién pasado 16 de enero.

Con tres juventudes acumuladas, de 20 años cada una, el pequeño accionista y socio fundador de EL NUEVO DIARIO goza ahora de una merecida jubilación al lado de sus familiares, amigos, y de los muchos proyectos profesionales que tiene para esta nueva etapa de su vida.

Nuestro personaje aprobó interno el sexto grado de primaria en el colegio “Dulce Nombre de Jesús”, del canónigo Agustín Hernández Fornos, en el barrio El Laborío, de León, que por entonces era un reputado “domadero” de chavalos con mala conducta familiar, escolar y con problemas de estudio. En ese recinto fue el mejor alumno de su promoción, y además aprendió a rezar y a seguir la misa en latín, como era la moda de entonces.

Todavía anda por ahí su diploma corroído y amarillento que testimonia que Ernesto Aburto obtuvo el primer puesto de la clase de sexto grado, seguido en segundo lugar por un joven compañero que después fue mártir en la lucha sandinista y se llamó René Carrión López.

El magisterio
En 1962 inició cinco años de estudios magisteriales, también interno y becado en la Escuela Normal de Varones “Franklin Delano Roosevelt”, de Jinotepe, donde en febrero de 1967 obtuvo el título de Maestro de Educación Primaria.

Enseñó como maestro de grado en la escuela 14 de Septiembre y en el colegio Loyola, de Managua, y mientras tanto, estudiaba periodismo en la escuela respectiva de la UNAN-Managua, de donde egresó en 1972, pocas semanas antes del terremoto que destruyó Managua el 23 de diciembre de ese año.

En 1974 Aburto renunció al magisterio cuando fue invitado por el licenciado Manuel Pinell Castillo, formador de varias generaciones de periodistas, para trabajar como redactor-jefe del semanario La Nación Nicaragüense.

A comienzos de 1977, cuando sucumbió este proyecto informativo que sustentaban empresarios vinculados al extinto Banco de América, el entonces director de La Prensa, doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, lo invitó a trabajar en aquel principal periódico del país, con un memorable proyecto de crónicas viajeras.

Tras el asesinato del doctor Chamorro por pistoleros del somocismo el diez de enero de 1978 y el posterior triunfo de la revolución popular liderada por el FSLN el 19 de julio de 1979, Ernesto siguió trabajando para La Prensa. Pero en abril de 1980 tomó bando a favor del director Xavier Chamorro y del subdirector Danilo Aguirre, y junto con el 90 por ciento de los trabajadores se fue a trabajar en la fundación de EL NUEVO DIARIO.

Aquí ha laborado los últimos 29 años, primero como redactor fotógrafo, hasta 1984, y luego como editor, jefe de información, y nuevamente editor hasta esta fecha de su retiro por jubilación.

Enciclopedia ambulante del buen saber, decir y escribir; oráculo que aclaraba nuestras dudas con memoria prodigiosa, amigo seguro en cualquier lid y excelente compañero de trabajo, en esta Redacción añoraremos el magisterio de Ernesto Aburto, su sentido del humor al que nos tenía acostumbrados, y también su diestra pluma narrativa y descriptiva, en la que a menudo encontramos inspiración para nuestros trabajos.

Por eso, en esta entrevista, queremos despedirlo con un recuento de su vida como profesional y como ser humano, donde abundan las anécdotas y las historias comunes que nos identifican como nicaragüenses, y en las que todos y todas, de alguna manera, nos vemos reflejados.

Su origen familiar
¿De dónde surge el Ernesto Aburto que conocemos; cuándo y cómo?
De la familia proletaria que formaron en Managua el chofer y mecánico capitalino Luis Domingo Aburto Ayala, de 26 años en 1944, y la adolescente chontaleña Vicenta del Carmen Martínez Centeno, conocida como Carmen, de 16 años de edad. Los viejos se conocieron cuando mi padre, quien manejaba una camioneta Dodge Station Wagon de la embajada norteamericana, escapó de atropellar a mi madre, quien cruzaba desprevenida la calle 15 de Septiembre, entonces sin pavimento, e intercambiaron... insultos.

La adolescente, asustada por el cuasi accidente, y a la cual mi padre cortejó hasta ganarse su confianza y su cariño, residía en el número 710-B de la calle 15 de Septiembre con sus padres adoptivos, el artesano capitalino don Genaro Martínez Araica, que era su tío abuelo, y doña Julia Argüello Enríquez, una dama de La Libertad, Chontales, con ancestros familiares en Granada.

Mis abuelos, como llamábamos a esos señores, adorados por toda mi familia, se conocieron y casaron en La Libertad, adonde don Genaro llegó a comienzos del siglo XX atraído por “la fiebre del oro”.

Nací como tercer hijo de mis padres, el 21 de junio de 1948, en la casa del barrio San José, que mi madre recibió en herencia cuando contrajo matrimonio tras un noviazgo vigilado que duró pocos meses, y que debió precipitarse por la inesperada gravedad hepática y el posterior fallecimiento de don Genaro.

En esa casa de la avenida del estadio, que entonces llevaba el nombre del prócer dominicano “Juan Pablo Duarte”, ubicada cuadra y media hacia el lago del estadio al que Anastasio Somoza García bautizó con su nombre, nacimos seis de los siete hermanos y hermanas Aburto Martínez que fuimos en este mundo.

¿Cómo era tu familia, cuántos tus hermanos?
De mis primeros hermanos, el mayor, Luis Benjamín, se hizo ciudadano canadiense y reside con su familia en Toronto. La segunda murió de sarampión a los ocho meses de edad, cuando yo era un feto desarrollándose en el vientre de mi adolorida madre, quien, desesperada por saber si lo que venía iba a ser mujer, para mitigar su pena por la reciente pérdida, acudió donde una gitana sudamericana que, según el anuncio radial, adivinaba el futuro en una casa frente al cine Luciérnaga.

Yo crecí oyendo repetidamente de labios de mi padre la historia de aquella gitana que, al leer las manos de mi madre, le predijo que el producto de su vientre iba a ser un varón, pero que se consolara, porque después de ese nacimiento, vendrían al mundo varias mujeres. Sin embargo, la gitana vaticinó que el niño a punto de nacer, cuando fuera adulto, iba a ser una persona muy conocida en Nicaragua.

Semejante historia me hace reflexionar cada vez que encuentro personas amigas o conocidas que me saludan donde quiera que voy, y hasta en los lugares menos imaginables del país.

Después de mí, nacieron las hermanas que había predicho la gitana, según la versión de mi padre, corroborada por mi madre: Julia del Carmen, enfermera retirada, quien repuso a la hermanita mayor fallecida; Marlene del Carmen, economista y educadora; Juana Mercedes, que falleció de parto a los 30 años de edad en 1983, y Vilma Lorena, profesora como Marlene, quien fue la última de mis hermanas, y nació un cuatro de agosto de 1954.

Antes de los Aburto Martínez, mi soltero padre había engendrado cuatro hijos, y después de nosotros le tuvieron otros cinco en Nandaime. Supo de una primera hija a la que nunca conoció, pues la abuela de la niña, indignada por el embarazo, se llevó a madre e hija, y nadie supo a dónde. A mediados de los años 30 engendró a Consuelo Tenorio Aburto, quien probablemente vive en Ciudad Nelly, Costa Rica, donde se dedica a la curandería y atiende partos. Y luego, al despuntar los años 40, cuando mi padre llegó a trabajar a Rivas, contratado como “piloto automotriz” (así los llamaban entonces, y manejaban vestidos como los aviadores) por el papá de Francisco Urcuyo Maliaños, nacieron Luis Antonio Aburto Castellón (Tata Bucho, que en paz descanse) y Róger Castellón Aburto, en medio de una relación amorosa con la señora Mercedes Castellón. De una relación establecida a comienzos de los 60 con la señora Gladys Torres, en Nandaime, nacieron Marta Celia, María Helena, Rosa Virginia, David Rodolfo y Guadalupe, la mayoría de los cuales, incluso la madre de todos, residen en Costa Rica.

Doña Ana Aída, una partera legendaria
Las labores de mi nacimiento, a propósito, estuvieron a cargo de la famosa partera de los barrios San José, San Antonio y San Sebastián, doña Ana Aída Cruz, la madre del que después sería mi entrañable amigo y compañero de trabajo, el cronista deportivo y entrenador Eugenio Leytón Cruz, quien desde hace varios años retoza rodeado de querubines hembras y de ninfas escurridizas en los verdes jardines celestiales.

Doña Ana Aída escribía sus recetas en hojas membretadas con su nombre, que abajo del mismo decía: “Obstetra Graduada”, y era tan eficiente como impecable en su trabajo. Me decían que a las seis y media de la mañana de aquel lluvioso lunes de mi lejano nacimiento, mi madre ya había roto fuente, y en el último momento, doña Anita, que venía de atender otro parto, se bajó de un taxi con su maletín y su paraguas. Una hora después cobró por sus servicios y se marchó dejando en su cuna al regordete bebé pegando gritos de hambre, pero debidamente bañado, con su ropita puesta y exquisitamente entalcado y perfumado.

En una ocasión, almorzando con el potentado arnoldista Jorge Solís Farias en su casa de Las Colinas, en presencia del común amigo y periodista Luis Hernández Bustamante, nuestro anfitrión refirió casualmente que el parto de su nacimiento había sido atendido en el barrio San Sebastián por la famosa doña Ana Aída. Yo lo invité a que se “pelara” el ombligo, y haciendo lo propio con el mío, descubrimos que eran idénticos, pues el sello de calidad de aquella partera eran unos ombligos metidos e impecablemente curados, y nada que ver con los “chibolones” que ahora dejan algunos obstetras y hospitales.

Sus primeros estudios
Ernesto estudió infantil y primer grado en el colegio Calasanz, de Managua, por aquellos días de 1953 en que el edificio nuevo –-luego destruido por el terremoto de 1972-- estaba siendo construido. “Era un colegio que no estaba al alcance económico de mis padres, pero éstos querían una educación de calidad a cualquier costo. En infantil aprendí a leer con la profesora Esterlina de Strauss, a quien hasta poco antes del terremoto de 1972 solía ver con mucho respeto, pero sin atreverme a saludarla, mientras caminaba cerca de su casa por ‘La Hormiga de Oro’.

“Recuerdo que las primeras palabras que tuve capacidad de leer en el libro ‘Chiquitín Primera Parte’, decían: ‘Marinero, pescador, tiras tus redes al mar, desde la verde colina quiero verte navegar’”, rememora Aburto.

Otra estampa en la memoria de nuestro editor que estrena jubilación, es la de su padre, quien, a las once de la mañana, llegaba a recogerlo al colegio manejando su taxi, y hacía que lo acompañara en el trabajo durante una hora, antes de ir a casa para el almuerzo. Algunas veces había pasajeros que preguntaban al conductor por el niño sentado a su lado, y mi padre respondía con orgullo: “Es mi muchacho, estudia en el Calasanz, y cuando sea grande será médico, y va a tener una casa en la Colonia Mántica”.

En 1953, la Colonia Mántica, junto con su vecina Colonia Pereira, eran símbolos de estatus de la burguesía occidental y norteña que se mudaba a Managua para rentar o comprar casas cerca de los bancos y oficinas en que realizaba sus transacciones de venta de cosechas o exportaciones de algodón y café. Los diplomáticos extranjeros también rentaban casas en esos repartos para establecer sus domicilios con elegancia, cuando ni siquiera se soñaba con los Bosques de Bolonia, Planes de Altamira, Los Robles o Las Colinas.

“Pero yo pensaba en silencio: ‘Está loco mi papá, yo no quiero ser médico, porque ni me gusta poner inyecciones, y tampoco quiero vivir en otra casa que no sea la que tengo. Esas casas con ventanas de vidrio ni siquiera me gustan’. Y sigo pensando de la misma manera”.

Mañana: Sus maestros y Pedro Joaquín Chamorro