Jorge Eduardo Arellano
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El País

Esta mujer menuda que come como un pajarito. Esta mujer que habla tan bajo que hay que pegarse a ella para oír las terribles historias que ha vivido. Esta ex guerrillera que un día se enteró de que su pareja abusaba sexualmente de su hija. Esta mujer a la que de vez en cuando se le escapa un suspiro --’Ay, Señor’-- y a la que le cuesta la vida echar esa sonrisa que le implora el fotógrafo.

Esta guatemalteca de 46 años que parece tan poquita cosa, se llama Norma Cruz, y es un símbolo de la lucha contra la violencia de género.

Comeremos (poco) en la cervecería Santa Bárbara porque está cerca de su hotel, y porque Norma prefiere ir a un sitio típico. La activista acaba de aterrizar en Madrid, adonde ha venido a presentar el documental Un cambio en la mirada (producido por la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas), que narra cinco historias de Latinoamérica, entre ellas la suya.

Norma empieza a hablar y se nos olvida pedir la comida. Hija de un zapatero y de una cocinera, creció viviendo la represión militar por ser familiar de un líder revolucionario. ‘Crecer en un ambiente hostil te hace tomar decisiones muy claras. A los 12 años me incorporé a la guerrilla. Yo llevaba sus comunicados a la prensa. Tras la masacre de 37 indígenas en la Embajada de España, dejé mi casa y me alcé’. Norma dedicó 20 años a la guerrilla, en la que desarrolló tareas políticas. Tenía 19 años cuando nació y murió su primer hijo. Más tarde tuvo otros dos, un niño y una niña.


La confesión
En 1999, tras la firma de los acuerdos de paz, Norma se dispuso a retomar su vida de civil. Y entonces llegó la confesión: su hija Claudia le contó que su segunda pareja, Arnoldo Noriega, abusaba de ella. ‘En una sociedad machista como la de Guatemala, entendí que tenía una nueva lucha. No podía fallarle a mi hija. Fue duro, nadie nos tendió la mano, pero conseguimos que le declararan culpable, aunque pasó menos de cuatro años en prisión y hoy es asesor de la Presidencia’.

Durante su periplo legal, madre e hija conocieron el caso de muchas otras mujeres. Ayudaron a Rusita, abusada por su tío, y luego a Elena... Y así, sobre la marcha, nació la Fundación Sobrevivientes. Empezaron ellas dos más su abogada y hoy son 38 empleados.

A la violencia sexual se sumaron los casos de maltrato y asesinato en un país donde el año pasado fueron asesinadas 722 mujeres. ‘A todas las mujeres que nos piden ayuda les ponemos un abogado para que puedan afrontar a su agresor en igualdad de condiciones. Si una mujer arriesga su vida para buscar justicia, es para ganar. No aceptamos perder un juicio y no hemos perdido ni uno’, dice Norma, que ahora sí que sonríe. ‘Cada golpe que damos a la criminalidad nos alimenta’.

Norma y su equipo han metido en la cárcel a políticos, a narcos, a jefes de maras... Este año han empezado a recibir amenazas. Norma vive con una pistola prendida del cinto, como hace años. En noviembre, unos desconocidos le dieron una paliza a su madre. ‘Desde entonces no es la misma’, dice Norma, que pierde la mirada más allá de la ventana, como ida. ‘Está mal (...). Está mal (...). Está mal...’.