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  • AFP

"¡Paren las deportaciones porque las familias se están desuniendo!", exhortó Maricela Vallejos, una inmigrante nicaragüense deportada por Estados Unidos a Nicaragua hace dos semanas y que dejó a sus hijos, nacidos en ese país, en Miami. "Queremos que nos ayuden a los padres que estamos pasando por esta situación, porque no solo soy yo, hay muchos padres, muchos niños que han sido separados de sus padres debido a las deportaciones", aseguró Vallejos.

"La falta de mis hijos me está doliendo mucho", sostuvo con los ojos llorosos, sentada en un sofá, en la casa de su hermana, ubicada en el barrio URSS, en Managua, donde espera que una Corte de Miami revierta su deportación. Cecia, de 12 años, y Ronald, de 9, quedaron bajo el cuidado de un familiar, con la esperanza de que su abogado Alfonso Oviedo logre que las autoridades estadounidenses revisen su situación legal.

"La niña le ayuda al niño con la comida, las tareas, es una situación difícil porque ellos buscan cómo ayudarse el uno al otro, ya que mi marido no puede ir a cuidarlos" por temor a que lo capturen, afirmó. Los niños "están en una etapa en la que me necesitan", lamentó Vallejos, quien mantiene a su familia con las ganancias de un expendio de alimentos. La mujer descartó, sin embargo, traer a sus hijos a Nicaragua, porque no hay trabajo y, según ella, terminarían siendo bachilleres como ella y su marido. "Aquí yo miro que no hay futuro" y "me siento una extraña, imagínese como se sentirían mis hijos que nunca han venido" a Nicaragua, uno de los países más pobres del hemisferio y que, en su opinión, sigue siendo un país sin oportunidades.

Cruzó la frontera igual que el resto
Vallejos entró ilegalmente a Estados Unidos en 1998, igual que muchos latinos que salen en busca de una "vida mejor", después de atravesar caminando el desierto y puntos ciegos para cruzar la frontera mexicana. "Entré como todos, por México, caminé casi un mes por el desierto y otros lugares. En algunos lados comíamos, en otros no, fue duro", relató. Afirma que se fue dos años después que su novio, un nicaragüense que entró ilegalmente en 1995 y con quien posteriormente contrajo matrimonio en Miami. Su esposo trató de legalizarse con la Ley Nácara, pero también fue rechazado.

Sin embargo, "nos establecimos en Miami y empezamos a trabajar" pintando y decorando casas "y así fuimos haciendo nuestra vida", recuerda. Con su trabajo lograron adquirir una casa y vivir con cierta comodidad, hasta el dramático día de su deportación, que "cambió totalmente mi vida".

Vallejos, de 32 años, fue capturada en diciembre pasado por agentes de inmigración de Miami, dos años después que un juez rechazó su solicitud de residencia bajo la Ley Nácara, que ampara a los inmigrantes centroamericanos que llegaron a ese país antes del 1 de diciembre de 1995. El pasado 28 de enero fue deportada a Nicaragua, a pesar de la huelga de hambre que sus dos hijos de 12 y nueve años realizaron durante tres días en la sede de una fraternidad en Miami, para tratar de sensibilizar a las autoridades.

Es originaria de ciudad Darío, la cuna del célebre poeta Rubén Darío, un pequeño pueblo agrícola del norte del país al que viaja de vez en cuando a visitar a su familia.