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En 2002, dos años antes de que una sobredosis de cocaína y crack se lo llevara por delante a los 41, Ken Caminiti, uno de los mejores jugadores de béisbol de su época, reconocía en el Sports Illustrated que usaba anabolizantes, afirmaba que el 40% de los jugadores usaban anabolizantes, alababa el uso de anabolizantes, los recomendaba.

‘Contemplad el dinero que se hace ahora con el deporte’, dijo Caminiti. ‘Un chaval acaba de firmar un contrato de 252 millones, así que yo no puedo decir, ‘no lo hagas’, no cuando el siguiente en la cola es tan grande como un armario, y te va a quitar el puesto y a llevarse tu dinero’.

El mejor año de Caminiti había sido 1996. Recién comenzada la última época de esplendor del béisbol en Estados Unidos, el pasatiempo nacional que había vivido su peor crisis sólo dos años antes, cuando una huelga de los jugadores hizo suspender la temporada. El esplendor no llegó solo. Llegó acompañado de una transformación del juego que se hizo más espectacular, tremendo, que se convirtió en una caza al récord por parte de bolas de músculos llamadas jugadores.

La historia de siempre. Lo mismo que en el ciclismo, que vivió en la última década los años mágicos de la EPO, y después de años bordeando las fronteras de la credibilidad ante la afición terminó chocando en la Operación Puerto. La Operación Puerto también ha llegado al béisbol norteamericano en forma de informe Mitchell, 409 folios elaborados por un ex senador.

90 sospechosos

Su investigación concluye gracias a los chivatazos de dos personas, un camello y un ex entrenador del que se conocen demasiados hechos sospechosos, con una lista de 90 jugadores y ex jugadores a los que se señala como consumidores de anabolizantes. Entre ellos, algunos de los más admirados, aplaudidos y sospechosos: Roger Clemens, Barry Bonds, Andy Pettitte...

Los antecedentes parecen los mismos, pero la continuación seguramente difiera. El ciclismo se ha sumergido en una dinámica autodestructiva con visitas necrófilas a su reciente pasado, en las que el catalizador parece ser la captura y castigo de todos los beneficiados por las técnicas dopantes de Eufemiano Fuentes.

Mientras, Mitchell recomienda mirar hacia adelante, olvidar el pasado, pasar página, y el comisionado de la Liga, Bud Selig, habla de revisar caso por caso. El castigo, en todo caso, no pasará por revisar sus registros ni por señalar con asteriscos sus marcas sospechosas. Como mucho, para los que aún están en activo, una suspensión de 50 partidos, menos de la tercera parte de una temporada. En cuanto a la afición, hasta abril, cuando comience la Liga, no se conocerá su reacción, pero se puede anticipar.

‘El público viene a los estadios a ver gladiadores’, continuaba Caminiti en 2002. ‘¿Qué piensa, que quieren a unos tipos temblando con el bate contra pitchers que lanzan las bolas a 150 por hora o verlos lanzarla a 400 metros? Quieren guerreros’.

Arrasaron viejos y honrados récords

Y guerreros tuvieron. Guerreros enormes. Hinchados. El peso medio de los all-star en 1991 era de 85 kilos; en 2001, de 102. Paralelamente, sus habilidades se multiplicaron. El espectáculo desbordó los estadios. Entre 1928 y 1997, Roger Maris fue el único jugador capaz de golpear 60 o más homeruns en una sola temporada.

Su récord de 61, en 1961 se mantuvo durante 37 años. Entre 1998 y 2001 la marca de 60 ha sido superada seis veces, por Mark McGwire (dos veces), Sammy Sosa (tres) y Barry Bonds (una). En 1998, después de dejar el récord en 70, McGwire reconoció que usaba androstenediona, un precursor de los anabolizantes. En 2001, Bonds batió esa marca, con 73 y en 2007 ha superado, con 762, la histórica de Hank Aaron de homeruns en toda la carrera.

Pese a la oposición de los jugadores, que consideraban los controles antidopaje una intromisión en su intimidad, en 2004 se pusieron en marcha en la Liga de béisbol. Fue el año siguiente al caso Balco, que tocó frontalmente a Barry Bonds y que generó el encargo a Mitchell. En la actualidad se hacen unos 3,000 controles por temporada. Cada uno de los 1,200 jugadores debe pasar dos obligatoriamente: uno en los campamentos de primavera y otro durante la temporada. 600 más se harán por sorteo.

Pero ello, así lo cree Mitchell, no frenará el dopaje en el béisbol. ‘Estoy convencido de que con los controles los jugadores pueden dejar de tomar anabolizantes, pero que los sustituirán por hormona del crecimiento, que es indetectable’, dijo Mitchell.

El éxito de sus predicciones habrá que medirlo en las estadísticas del juego que se reinventó con el músculo artificial.