Jorge Eduardo Arellano
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EL PAÍS
Hace cuatro años que la Policía no entra en El 23 de Enero. Lo dice con su punto de orgullo revolucionario Glen Martínez, de 38 años, uno de los líderes vecinales que controlan y administran justicia en este barrio de Caracas cercano al palacio presidencial, donde viven 100,000 personas, algunas de las cuales --10 años después de que Hugo Chávez se hiciera con el poder-- sólo disponen de agua potable tres horas al día, y no todos.

Martínez, sentado en una silla de plástico en la puerta de la radio comunitaria que dirige, observa las riadas de jóvenes vestidos de rojo que bajan hacia la ciudad para asistir --bajo la música atronadora y las banderas al aire-- al acto central de la campaña de Chávez por continuar indefinidamente en el poder.

Barrio salsero

Uno de esos jóvenes se llama Jesús, tiene 21 años, y dedica la mitad de su vida a la música, y la otra mitad a la revolución. “Yo tengo un programa de música en la radio comunitaria. Éste es un barrio salsero. Nos gusta todo tipo de música. Lo único que no pinchamos es vallenato y música en inglés’. ¿Y eso por qué? ‘Porque el vallenato viene de Colombia, y con el presidente que tienen no estamos de acuerdo’. Y en inglés, ‘¿por qué no?’. ‘Porque la asociamos con el imperialismo yanqui”.

Jesús admite que siempre que participa en un acto subversivo, lo hace con la cara tapada, y que a veces no tiene más remedio que ir armado. Dice que sus enemigos son “los grupos de sicariato, los narcotraficantes y también las fuerzas represoras del Estado”.

¿Pero no controla Chávez el Estado?

“Sí, pero las fuerzas represoras siempre serán las fuerzas represoras...”.

Idilio a punto de romperse

Durante los últimos 10 años, Hugo Chávez ha venido mucho a El 23. Aquí estaba su gente, los incondicionales, los que le auparon al poder y también los que --al menos sobre el papel-- más reciben en subvenciones y política social. Pero el idilio está a punto de romperse.

El presidente ha atacado con virulencia a uno de esos líderes vecinales: Valentín Santana, cuyos métodos revolucionarios --según confesión propia-- fueron endureciéndose hasta incluir las palizas y el lanzamiento de granadas lacrimógenas. Chávez lo llamó públicamente “terrorista”, lo acusó de estar al servicio de la CIA y ordenó a la fiscal general que dictara una orden de aprehensión.

Valentín Santana no ha sido detenido y guarda silencio, pero en estos barrios que se consideran a sí mismos “trincheras de la revolución”, las acusaciones de Chávez no han gustado.

“Hay que tener en cuenta”, dice Glen Martínez, “que nosotros somos el sustento del proyecto revolucionario, y que la vida no se acaba el 15 de febrero”.

Ese día, ya al filo de la medianoche, Chávez sabrá si podrá optar al poder indefinidamente o si su vida política tiene fecha de caducidad. Es tanto lo que se juega que, aunque nunca haya sido tímido a la hora de confundir sus intereses con los de la nación, en las últimas semanas se ha soltado la melena.

Lucha voto a voto

Por si fuera poco, las encuestas dan un panorama de igualdad, y eso hace que tanto los partidarios de que Chávez se eternice en el poder como los que están en contra, redoblen sus llamados a la población para que no se pierda ni un solo voto.

Algunos medios de comunicación difundieron el jueves un vídeo en el que se ve a Chávez tratando de convencer a una posible electora.

--¿Tú para quién vas a votar?
-- ...

--¡Ahhh! Tú tenías una beca, ¿no?
--...

--¡Ah!, que ya aprendiste a leer y te quitamos la beca... Pero te podemos dar una pensión...

--...

--¡Ah!, dice que ella no quiere dinero, pero que no quiere morirse sin que su hija no tenga casa...

--...

--Pero te podríamos construir una casita digna en un terrenito. Voy a hablar con el alcalde que está aquí, ¿te parece?
En las televisiones contrarias a Chávez el vídeo se repite una y otra vez. Pero lo más curioso es que las imágenes no están tomadas con cámara oculta ni mucho menos.

El presidente sabe que lo están grabando, y aun así utiliza la conversación como aviso para navegantes. Lo dicen las pintadas de la pared: “Con Chávez, todo. Sin Chávez, nada”. Es el mensaje que difunden a diestra y siniestra las llamadas patrullas del sí, grupos cuyo cometido es reclutar a votantes y asegurarse --llevándoles de la oreja si hace falta-- que el domingo voten sí.