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La tripulación del avión que se estrelló el jueves en Buffalo (estado de Nueva York), causando 50 muertos, notó cantidades “significativas” de hielo acumulado en las alas poco antes del accidente, indicaron este viernes los investigadores, que recuperaron el viernes las “cajas negras” con las conversaciones de los pilotos y los parámetros de vuelo del avión, que se estrelló sobre una casa en los suburbios de Buffalo.

El Bombardier Dash 8-Q400 fletado por Continental Airlines con destino a Buffalo provenía del aeropuerto neoyorquino de Newark, y se estrelló el jueves a las 22H20 (03H20 GMT del viernes) en el suburbio Clarence Center.

El accidente se produjo minutos antes de la hora prevista del aterrizaje en el aeropuerto de Buffalo, ciudad del noroeste del estado de Nueva York, situada a orillas del lago Erie y cercana a las cataratas del Niágara.

Según el análisis de las “cajas negras”, el avión se encontraba a nueve kilómetros del aeropuerto de Buffalo, ya en su fase de aterrizaje, cuando la tripulación se percató del problema del hielo.

“La tripulación mencionó una acumulación significativa de hielo en el parabrisas del avión, y en el borde anterior de las alas”, indicó Steve Chealander, portavoz de la Oficina Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB).

Según la conversación grabada, “la tripulación revisó las condiciones meteorológicas y reportó que la visibilidad era de tres millas (casi 5 kilómetros), con nieve y neblina en las inmediaciones”, agregó.

Acumulación de hielo en alas

Tras recibir la autorización para descender a 11,000 pies (unos 3,300 metros), los pilotos advirtieron la acumulación del hielo a pesar de que los instrumentos indicaban que el sistema de descongelación estaba encendido.

Posteriormente, los pilotos intentaron volver a subir el tren de aterrizaje que habían bajado poco antes, así como los alerones que ayudan a disminuir la velocidad en el descenso, según el vocero.

Al impactar el suelo, el avión de Colgan Air, que operaba para Continental y que aún llevaba 2.6 toneladas de combustible, se convirtió en una bola de fuego mortal, desatando un incendio tan intenso que las llamas impidieron el acceso inmediato de los equipos de rescate.

La responsable local de la Policía Federal (FBI), Laurie Bennet, aclaró por su parte que no había “indicios de un crimen o de un acto de terrorismo”.

El constructor del avión bimotor a turbohélice Dash 8-Q400, el canadiense Bombardier, envió un equipo de expertos al lugar junto a los investigadores federales norteamericanos.

Un testigo del accidente, Tony, narró que el avión había caído “en picada” hacia su vehículo. “El ala izquierda estaba ligeramente inclinada hacia abajo (...). Fue una trayectoria directa hacia abajo”, contó.

Según el gobernador de Nueva York, David Paterson, el hecho de que el avión no haya caído con trayectoria más horizontal evitó una catástrofe aún mayor en las inmediaciones pobladas.

“Dos de las tres personas que se encontraban en la casa milagrosamente escaparon” a la muerte, dijo Paterson. Por otra parte, agregó, “algunas personas se perdieron el avión y salvaron sus vidas”.

Viuda del 11 de septiembre entre víctimas

Paterson indicó que entre las víctimas se hallaba Beverly Eckert, viuda de una persona fallecida como consecuencia de los atentados del 11 de setiembre de 2001, y Alison Des Forges, experta internacional sobre el genocidio de 1994 en Ruanda, que trabajó durante casi dos décadas para Human Rights Watch.

El presidente estadounidense, Barack Obama, y su esposa, Michelle, dijeron estar “muy tristes” por el accidente. “Nuestros pensamientos están con las familias y amigos de los desaparecidos”, declaró este viernes Obama, antes de “agradecer a los primeros valientes socorristas que llegaron” al lugar.