Jorge Eduardo Arellano
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México / El País   
Lo que decían las pancartas era muy claro: ‘Si el jefe de la Policía de Ciudad Juárez no renuncia a su cargo, mataremos a un agente cada 48 horas’. Eso fue el miércoles. El viernes aparecieron los dos primeros muertos, un policía municipal de 25 años --acribillado con armas de alto poder en la puerta de su casa-- y el custodio de un penal. Junto a ellos, sendos carteles que no dejaban lugar a dudas. Eran los primeros. Habría más.

No hizo falta. Unas horas después, el responsable municipal de Seguridad Pública, un mayor retirado llamado Roberto Orduña Cruz, se plegó a las amenazas del narcotráfico y dimitió. Según aseguró en una carta dirigida al alcalde, lo hizo para salvaguardar las vidas de sus agentes.

El alcalde se apresuró a nombrar a un sustituto y a declarar solemnemente: ‘La delincuencia organizada pretende controlar a la Policía, pero no lo vamos a permitir’. Tal vez no se acordó en ese momento de que Orduña Cruz es el segundo jefe de Policía de Ciudad Juárez que deja el cargo en menos de un año por idéntico motivo: no ser del gusto de los sicarios.

Difícil profesión

Ya no es fácil ser policía en México, y mucho menos en Ciudad Juárez. A los policías honestos los matan. A los corruptos, también. En lo que va de año, ya son 19 los agentes asesinados por el narcotráfico en la ciudad fronteriza con Estados Unidos, y ni siquiera después del entierro se sabe si fueron ejecutados por ser esclavos de la ley o de una banda rival. Casi todos se llevan a la tumba la misma sospecha que los acompañó en vida. El miércoles, al tiempo que aparecían los mensajes pidiendo la dimisión y tachando de corrupto al mayor Orduña, otro jefe policiaco de la ciudad fue asesinado, junto a sus dos escoltas, en una avenida muy transitada, a plena luz del día, a la manera tradicional.

Un grupo de sicarios descargó sobre ellos más de 100 disparos que atravesaron los cristales y la chapa del vehículo oficial. Luego se marcharon tan campantes. Ni el Ejército ni la Policía Federal --que patrullan día y noche la ciudad-- saben todavía quiénes fueron ni por qué lo hicieron. ¿Por honestos? ¿Por corruptos?
Hasta hace poco más de un año, el oficio de policía en México tenía sus ventajas. Se cobraba muy poco --una media de 6,000 pesos al mes (unos 300 euros), la mitad de lo necesario para vivir modestamente aquí--, pero ninguno se quejaba. ‘No hace falta que le diga’, sonreía este mismo viernes un experto en seguridad, ‘de dónde salía la diferencia’.

Los jefes del narcotráfico tenían en su nómina a plantillas enteras de la policía local, y donde la larga mano del crimen organizado no llegaba, ahí estaban --y ahí siguen estando-- los ciudadanos, acostumbrados desde hace décadas a pagar la correspondiente mordida para que la grúa no se lleve el coche ‘al corralón’.

Bemoles del sistema
de seguridad
La propia idiosincrasia del sistema nacional de seguridad --en México hay más de 1,600 cuerpos de policías distintos, descoordinados, sujetos al capricho político o personal de la autoridad que los manda-- hace que su control sea casi imposible. No son raros los casos en que efectivos del Ejército o de la Policía Federal se han tenido que enfrentar a tiros con patrullas de la Policía local que trataban de evitar la detención de un capo de la droga.

El gobierno de Felipe Calderón --que emprendió la guerra al narcotráfico sin apenas contar con policías formados ni fiables-- está intentando corregir esa situación sobre la marcha. El trabajo es ímprobo. Se está sometiendo a los policías, tanto a los veteranos como a los aspirantes, a concienzudos exámenes de confianza --incluida la prueba del polígrafo-- y los resultados no pueden ser más descorazonadores. El que no consume drogas admite que alguna vez cobró del narcotráfico o es un contumaz recaudador de mordidas. Los policías mexicanos se enfrentan por primera vez a un dilema hasta ahora inexistente. Elegir entre la ley o el delito, abandonar el pluriempleo.

Y, como música de fondo, la guerra que no cesa. Según recuentos periodísticos, el sábado se superó la barrera de las 1,000 ejecuciones. Un millar de muertos en sólo 51 días. El promedio es de espanto: 19 homicidios diarios. El Gobierno trata de vender sus éxitos. El sábado mismo fue detenido un jefe del cártel de los Beltrán Leyva, un individuo del que se desconoce su nombre verdadero, pero que responde al luminoso apodo de “Tony La Mentira”, familiar directo de otro jefe de sicarios conocido por “La Barbie”. La actualidad de México se sigue pareciendo mucho a una película. De terror.