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No parece ser el típico sacerdote. No lleva el hábito, calza deportivos, viste con jeans y camisa a cuadros. Habla franco. Durante la conversación informal explica la diferencia entre los capuchinos y los franciscanos y luego, varios minutos después, relata por qué se convirtió en religioso de esta orden. Advierte entre risas que su segundo nombre es Francisco, como su papá y su abuelo.

“Mi papá y mi abuelo son el lado pagano del franciscanismo, yo les digo que celebran a San Francisco antes de su conversión. Mis abuelas eran devotas del santo en el plan católico y me hablaban mucho de él. Entonces me llamaba la atención que alguien que había sido poeta, bacanalero, que había querido ser militar, haya terminado convirtiéndose al cristianismo católico y ser lo que fue para la Iglesia, para la cultura europea en su tiempo”.

Berman Bans tiene 39 años. Además de ser un cura capuchino y de ser el párroco de la iglesia de El Rama es también un escritor. En esta entrevista habla sobre su vida. Sin palabras rebuscadas ni lenguaje que incluya a Cristo habla también de literatura.

Está preparando un libro de cuentos sobre su experiencia en Honduras y en enero publicará un poemario con la editorial Casa Sola.

¿Cómo un cura capuchino se mete a cuentista y cómo se combinan ambas cosas?

Estupendamente, yo he sido un lector voraz, era un niño introvertido que encontró en la literatura un refugio para la soledad y claro, poco a poco se me fue despertando el interés por expresar cierto tipo de experiencias emocionales complejas a través de la palabra, y empecé a escribir en la adolescencia, a los 13 y 14 años. De hecho toda la adolescencia me pasé escribiendo y leyendo poesía, según yo viviendo la gran experiencia de la adolescencia como un despertar, y hay un poemario que es fruto de esa experiencia y ganó un premio nacional en 2011, el premio del Centro Nicaragüense de Escritores. Bitácora de un naufragio se llama el poemario.

Cuando entré a la orden, a los 23 o 24 años, una de las cosas que hice fue romper con todo eso y decidí desconectarme con todo el mundo literario porque me dediqué a la experiencia espiritual, pero cuando fui a estudiar filosofía a Costa Rica, empecé a escribir muy marginalmente.

Mi guía espiritual me dijo: Dios nunca te pidió que renunciaras a eso, la orden no prohíbe que te involucres en cuestiones culturales, más bien lo promueve, entre nosotros hay frailes que son músicos, pintores, escritores.

La verdad es que le di la razón y estaba siendo un poco hipócrita porque seguía consumiendo literatura en tres idiomas, más que filosofía o teología era literatura. Decidí —ya me habían ordenado y llevaba una vida más independiente— darme el chance para ver si podía funcionar como escritor, con todo el acervo por vivir en lugares marginales de Costa Rica, en Guatemala.

El contacto con las historias de la gente me llevó a la narrativa. Dejé de consumir poesía, y empecé a consumir más narrativa corta, literatura rusa, latinoamericana y la del sur de Estados Unidos.

Siento que hablo más con un escritor que con un cura, ¿qué tanto tiempo le dedicás a la literatura?

Lo que pasa es que los capuchinos tenemos una vida muy disciplinada. Hacemos una hora de meditación mental en la capilla de nuestras casas a diario, si no se hace eso no se va a funcionar en el día.

En El Rama es bastante activo el trabajo, si te organizás bien y te dedicás a tu día de oración, a la vida fraterna con tus hermanos y luego al trabajo pastoral, que es bastante exigente, se puede.

La gente ha aprendido que en la noche, a menos que sea alguien que esté agonizando o una emergencia, pueden ir a tocar la puerta, así que en la noche compartimos la cena con los hermanos, platicamos, podemos ver una mini serie en Neftlix, estamos viendo The Wire y después cada quien se va a lo suyo e irse a lo suyo para mí es irme a leer, a escribir o involucrarme en algo con mis contactos literarios.

¿Como hacer la revista digital?

Sí, Alastor, que acaba de nacer. Es un proyecto que nació de una manera muy espontánea, con Víctor Ruiz, con Carlos M. Castro y Yader Velásquez.

Platicábamos sobre la importancia que tenían aquí los suplementos literarios en los periódicos.

Tener las revistas en los diarios era una especie de universidad literaria porque no te podías pagar un curso de literatura, era una brújula para leer, una hoja de ruta para conocer autores contemporáneos.

Entonces dijimos: vamos a crear un espacio donde vamos a tener una fraternidad que compartan no importa dónde estés, Carlos M. Castro, por ejemplo, está en Azerbaiyán, es una cosa increíble. En el sitio podemos compartir experiencias creativas muy ricas para los lectores también. Con esa intencionalidad nació la revista.

Pero, ¿piensan monetizarla?

Sí, es decir, ahorita vive del dinero que todos aportamos. La idea es que toda ayuda es bienvenida, si tenemos que ir a tocar puertas pensando que será un bien para cierto público que está consumiendo, no veo ningún problema, u ofrecer a los colaboradores un estipendio por su trabajo, pero ahorita estamos en esa especie de efervescencia en que todo el mundo está colaborando gratis con sus poemas o crónicas. Hemos rescatado en este segundo número, la presencia femenina latinoamericana.

Leía en un artículo de Erick Aguirre que tenés influencia de Martínez Rivas y de Ernesto Mejía…

Es una cosa bastante atávica, siento que uno no puede decir que es lector de poesía en Centroamérica si no has tenido ese encontronazo que te destapa los sesos con la poesía de Martínez Rivas, no hablemos del hombre, del mito, sino de su obra. Igual con Ernesto Mejía Sánchez. Un consumidor serio de poesía no puede pasar por alto a esos dos autores jamás, y cuando sos un adolescente siempre te influencian, para bien o para mal. Para bien porque te van a enseñar qué cosa es la poesía de verdad, para mal porque te pueden aplastar, es una influencia pesada sino encontrás tu propia voz adentro, te pueden aniquilar.

Ahora estás escribiendo cuentos…

Sí, me encantan mucho, es un género bien disciplinario, bien exigente y que se presta mucho a la experiencia vital que estoy teniendo. Por mi estilo de vida me es más fácil concebir cuentos.

¿Hay algún tipo de temática que no podés tocar?

¿Censura decís?

Sí, algo que pueda ser mal visto porque sos religioso.

Eso va con la pregunta que me hiciste al principio. En mi caso la vocación religiosa más que la sacerdotal se complementa con la vocación literaria. El tipo de poesía que yo practico es una poesía muy litúrgica, que parte de esta premisa: el lenguaje poético no es el mismo que el lenguaje cotidiano, jamás.

Puedo tocar cualquier tema por esto: soy un religioso y mi actitud hacia el lenguaje es una actitud religiosa en el uso de las figuras retóricas. Con la narrativa, que es donde podría ser más restringido, es al contrario porque en la narrativa el yo narrado se pierde, en la poesía estás más al desnudo. Con la narrativa podés contar una historia en primera persona pero no sos vos, es alguien que te contó una historia.

En Honduras los sicarios se llegaban a confesar cuando iban a matar a alguien… Obvio, por el sigilo confesional no se puede contar lo que te dicen en confesión ni usar nombres pero de alguna manera vas nutriendo tu actitud hacia la narrativa.

(…) Yo predico, acompaño a la gente y la literatura, la literatura en la que yo creo y quisiera practicar, te muestra el lado oscuro de lo que nosotros somos, de la condición humana. Para mí un religioso que no tenga los ojos abiertos a ese mundo, aunque sea una pesadilla, pues que se vaya a vivir a una ermita del S. XII.

Un escritor que no se meta de lleno al infierno, que es la condición humana, con los ojos bien abiertos, para reportar eso y aunque le cueste unas cuantas canas en la cabeza o unas depresiones, que se dedique a otra cosa.

Una última duda: ¿por qué te hiciste capuchino?

Por San Francisco, mi segundo nombre es Francisco, mi abuelo y mi papá también, entonces el 4 de octubre en la casa era una fiesta. Mi papá y mi abuelo es el lado pagano del franciscanismo, yo les digo que celebran a San Francisco antes de su conversión; y mis abuelas eran devotas del santo en el plan católico y me hablaban mucho de él. Entonces me llamaba la atención que alguien que había sido poeta, bacanalero, que había querido ser militar, haya terminado convirtiéndose al cristianismo, católico y ser lo que fue para la Iglesia, para la cultura europea en su tiempo. Él revolucionó no solo la iglesia sino la cultura porque el franciscanismo fue como el movimiento hippie de Europa en los S. XII, XIII y XIV y todo nació de él. Entonces me llamaba mucho la atención.

Cuando me siento a escribir no digo soy un religioso.

Un religioso que quiera dedicarse a la escritura creativa y hace eso está muerto desde el principio, vos tenés que sentarte a escribir lo que sentís que debés escribir si no vas a terminar en un psiquiátrico, sea poesía o sea una historia que necesita ser contada y te ha buscado a vos para que la contés.

No podés tener autocensura, y gracias a Dios en la orden comprenden muy bien eso porque te digo, la mayoría son artistas, el superior nuestro actualmente es músico. Ellos leen lo que yo escribo pero no identifican al narrador o al autor de esa poesía con el fraile. Saben que el fraile lleva una vida disciplinada, donde lo mandan obedece. No hay censura tampoco de parte de la institución.