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Para Camila Aguirre visitar a su mamá en la cárcel de mujeres La Esperanza siempre ha sido difícil. No solo por el poco tiempo que le dan para conversar con ella, sino también por cada lágrima que derrama su madre cuando la ve. Hace 15 días, la joven de 17 años le tocó dar una noticia que quizá permita a su progenitora soportar los ocho años que aún le faltan tras las rejas.

Camila estudió toda su secundaria en el colegio la Anunciación y se graduará el próximo 10 de diciembre como bachiller. Su mamá siempre quiso que su hija fuera una arquitecta, aspiración que también comparte la joven. “Espero que mi madre se sienta orgullosa, porque luchar sin ella me ha costado mucho”, dice.

Aunque ella tiene a su madre con vida, requiere algo más que dinero y un permiso para visitarla.

Necesita valor. Y es que su mamá permanece en la cárcel “pagando por un delito que no cometió”, dice Camila mientras agacha la mirada, tratando de ocultar que sus ojos lagrimean.
Camila Aguirre, de piel blanca y ojos azules, relata que su mamá “trabajaba como contadora en una empresa privada y siempre se destacó por su desempeño. Pero un día tres de sus compañeras se robaron un dinero (90 mil dólares) y dijeron que había sido mi madre”.

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Desde ese momento Camila quedó a cargo de su tía Cristina Mendoza, quien labora como secretaria en una institución del Estado. Hoy acompaña a su sobrina para transmitirle confianza.

Mendoza dice que “la situación ha sido dura en los últimos días”.  Agrega que se quedó a cargo de Camila “porque el papá de ella es un irresponsable. Y aunque sabe que mi hermana está presa, pocas veces la llama o le da dinero ni siquiera para apoyar el gasto de la promoción del undécimo grado de su propia hija”.

Solo esperar

Terminar a tiempo la carrera de Arquitectura, para así poder trabajar en la construcción del Canal interoceánico en el país, es una idea que a Camila Aguirre no se le escapa de la mente. Por las noches mientras se dirige hacia su cuarto, en una de las casas del barrio Germán Pomares, al sureste de la capital, se imagina siendo una de las dirigentes de la megaestructura que costaría aproximadamente 50 mil millones de dólares.

Esta mañana Camila espera en la Universidad Centroamericana  (UCA) su turno para hacer el examen de admisión. A escasos metros de distancia, Cristhian Quintana, también de 17 años,  también espera su turno y como Camila espera salir adelante a pesar de sus circunstancias.

“No hay dinero para que sigás estudiando, es mejor que te pongás a trabajar desde ahorita”,  fue la respuesta que le dieron los padres de Cristhian, cuando un mes atrás les expresó su deseo de continuar formándose. Está sentado en una banca, impaciente, con lápiz y libreta en manos.

Espera a escondidas de sus padres, realizar el examen que le permitirá ganarse una beca y continuar sus estudios en la universidad.  La justificación que le dieron sus padres fue simple.

“Me dijeron que en nuestra familia nadie se había graduado, y que por eso yo jamás podría terminar una carrera, ya que es difícil y solo para gente con reales”, relata Cristhian, quien se levantó el pasado 29 de noviembre desde las 6:00 a. m. para viajar desde Tipitapa a Managua.

“Ellos (sus padres) no saben que hay becas para chavalos como yo, no creen que hoy hay más facilidades para nosotros”, dice el joven de pelo oscuro, contextura delgada, ojos café y nariz respingada.

Cristian Quintana muestra sus notas de toda la secundaria y señala que siempre fue uno de los mejores. “Pero a pesar de eso mi mamá prefiere que ahora ayude en el taller de mecánica donde trabajan mis tíos y mi papá”, lamenta. De entrada pide que le cambien el nombre por temor a que sus padres se den cuenta de su intento por ingresar a estudiar la carrera de Derecho en la UCA.De pronto, alguien de voz ronca lee en una larga lista su nombre y le pide que entre al laboratorio D para hacer el examen. Es su momento determinante. Ahora su impaciencia denota seguridad.

Cristhian Quintana ya salió del examen. “No fue fácil”, dice. Pero añade que logró terminarlo y está seguro que obtendrá la beca. Sin embargo, debe esperar hasta mediados de diciembre para conocer si quedó entre los estudiantes de nuevo ingreso en la UCA. A Camila le tocó probar suerte con su examen en el laboratorio A. 45 minutos después, al salir luce una sonrisa de satisfacción, y aunque dice que sintió nervios, el haber estudiado le permitió contestar bien. Su siguiente parada este fin de semana será la cárcel de mujeres para contarle a su mamá que todo salió bien.