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Todo comenzó en 1986 cuando William Herrera estudiaba en la normal Alesio Blandón Juárez, en Managua. Se integró al grupo de danza folklórica para participar en los encuentros juveniles que se transmitían por televisión, enterándose luego que la danza era su pasión. Perteneció a la Compañía Nacional Folklórica del 89 al 90 y después se aventó a bailar ballet, una disciplina que lo llevó a vender rifas en el mercado Oriental para obtener sus accesorios de baile y subsistir. 

“Yo tenía que trabajar, no me da pena decir que hacía rifas en el  mercado Oriental por las mañanas y en las tardes me iba a estudiar ballet. Tenía que subsistir de alguna manera para comprar mis cosas porque el ballet es una rutina muy rígida de entrenamiento, tenés que alimentarte bien y los accesorios son caros”, cuenta Herrera. 

Tenía 20 años cuando entró a la Escuela Nacional de Ballet, cuya directora era Anamalia Sierra. Sus compañeros (la primera generación) cursaban tercer año, así que necesitaba nivelarse para graduarse. Herrera, de 45 años, cuenta que fue difícil practicar ballet a los veinte años, pues a esa edad “los saltos, la flexibilidad y otros movimientos se nos hacen complicados, pero con mucha práctica se logra”. 

Se graduó junto a otros cuatro compañeros en 1996, de ellos solo había una mujer. Algunos de ellos se dedican a enseñar y otros siguieron rumbos diferentes.  En 1994 participó en un Encuentro Infanto-Juvenil de Centroamérica y el Caribe, en Costa Rica, y ganó medalla de bronce. El año siguiente logró la medalla de oro en el mismo evento que se desarrolló en el Teatro Nacional Rubén Darío y después no hubo quien lo detuviera. El ahora director de la Escuela Nacional de Ballet también es contador, estudió educación fundamental y tienen un máster en negocios.  

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El sueño: cruzar las fronteras

El ballet es la danza universal por excelencia. Los profesionales de esta disciplina están aptos para ser intérpretes, docentes y coreógrafos, pero muchos se especializan en el ballet clásico para desarrollar papeles en obras importantes como “El Cascanueces”, “El Lago de los Cisnes”, “Don Quijote”, entre otras. 

En Nicaragua existen varias academias, pero solo una Escuela Nacional que tiene unos 100 estudiantes y ofrece tres modalidades: preballet, de 3 a 8 años, carrera larga, con duración de 8 años; y la carrera corta (de 4 años y medio), para jóvenes de 15 a 20 años. 

Noel de Jesús Sánchez, de 21 años, egresó de la escuela en noviembre y cuenta que esta disciplina no solo significa realizar saltos, usar tutú, entre otras técnicas, sino aprender la historia del ballet, recibir clases de teatro para comprender cada baile y personaje. Además se debe alimentar bien y no dejar de practicar la danza para mantener la fuerza de sus músculos. 

El sueño de Sánchez es pertenecer a alguna compañía internacional, oportunidad que tuvieron William Gutiérrez, Orlando López, Jairo Ulloa, entre otros. Sin embargo no es fácil. 

Gutiérrez, de 24 años, trabajó dos años en una compañía estadounidense y cuenta que tuvo que adaptarse a una cultura desconocida, al idioma y “madurar muy rápido en las técnicas del ballet”, pues trabajaba con profesionales de Rusia, Italia y Estados Unidos, mientras que su enseñanza estaba basada en la metodología cubana.  

“Tenés que adaptarte a toda la construcción social y familiar. Fue una etapa de mucha madurez y crecimiento. Me fui a los 21 y regresé a los 24 años”, relata este joven que ahora es docente y bailarín. 

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La mayoría de estudiantes aprovechan la Gala Internacional de Ballet que se realiza anualmente en el país para hacer contactos con bailarines internacionales y conseguir futuras contrataciones. 

Los estereotipos del ballet

En un cuarto de la Escuela Nacional, ubicada en el edificio del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) conocido como ‘el antiguo Gran Hotel’, se encuentra William Gutiérrez rodeado de espejos, saltando a la par de niñas y niños. Son estudiantes que practican su rutina diaria. 

Con él está Braulio Moisés Mena, de 19 años, recién graduado, quien asegura que los tiempos han cambiado y el estereotipo de que el ballet solo es para “amanerados” ha desaparecido. En eso coincide el profesor William Herrera, quien asegura que Nicaragua produce grandes bailarines de ballet. 

“En mis tiempos la gente pensaba que el ballet solo era para las mujeres o para amanerados y afeminados, esto no es así. El bailarín de ballet debe ser fuerte, varonil, musculoso, apuesto y bien masculino, eso es lo que debe transmitir en el escenario y a mí me gustaba, entonces me propuse hacer cambios”, apunta. 

Nuestro país en la región centroamericana es el que más bailarines hombres tiene. Herrera explica que esto se debe a que las agrupaciones folklóricas han aportado a este fenómeno, pues como él, muchos jóvenes se interesan por el ballet y terminan profesionalizándose. 

“Nos hemos convertido en el país de la región que forma más el género masculino en el ballet y una prueba de eso son las contrataciones de compañías internacionales a nuestros chavalos”, añadió. 

¿La danza no es un hobbie? 

Cynthia Cano Flores es fruto de la carrera larga de la escuela. Ahora está graduada y a sus 17 quiere seguir preparándose. 

“Cuando miré por primera vez bailar ballet en la televisión me enamoré y me soñaba haciendo las puntas, usar el tutú y que me cargaran, fue entonces que comencé a estudiar desde los 8 años”, relata. 

Flores dice que entre sus planes está seguir estudiando, en este caso la licenciatura en danza en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) y demostrar a todo el país “que el ballet clásico no es un hobbie, sino una carrera como cualquier otra con la que se puede salir adelante”, insiste. 

Para ejemplificar lo complejo que es esta disciplina, Belisario Córdoba, de 22 años,  asegura que un bailarín puede entrenar hasta 7 horas diarias para lograr montar una escena de cualquier obra. 

“Es una disciplina compleja que requiere de mucho esfuerzo, pues es una hora no lográs nada. Nuestro aporte como graduados no solo es bailar, de hecho vamos a defender un trabajo titulado ‘Ejercicios para lograr una mejor flexibilidad en los bailarines de ballet clásico’ con el que pretendemos ayudar a los estudiantes que están en nuevo ingreso”, menciona. 

¿Se puede vivir del ballet?

En otros países sí, admite Braulio Moisés Mena. “Como maestro se puede vivir, pero la idea de uno es seguir bailando y experimentar nuevas técnicas. En Nicaragua no podés vivir como bailarín”, admite.

Un bailarín de ballet clásico podría llegar a ganar hasta US$2,000 y mínimo US$600 trabajando para una compañía internacional. Respecto a los montajes, el presupuesto para lograr un espectáculo puede superar los US$1,000 y se monta en un periodo de 3 a 4 meses. 

La Escuela Nacional de Ballet cuenta con el apoyo económico del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC) y entre los retos está seguir invitando expertos en esta disciplina para que capaciten a los docentes de este centro, además de conseguir un presupuesto para la Compañía Nacional de Ballet, agrupación en la que participan voluntariamente los estudiantes de la escuela.

“El intercambio con otros maestros internacionales ha sido un factor fundamental en el crecimiento del ballet en Nicaragua. Queremos que los jóvenes participen en festivales internacionales que eso les abre más la visión y los motiva; seguir haciendo eventos, unos tres espectáculos grandes  en el año para que todo ese conocimiento que van aprendiendo lo pongan en práctica en su vida profesional”, apunta William Herrera. 

A pesar que William Herrera consiguió convertirse en un excelente bailarín, se arrepiente de no haber concluido esa etapa, pues tuvo que dejar ese camino para echar andar la Escuela Nacional de Ballet después de tantas tormentas que pasó desde sus inicios. 

“La última vez que bailé fue en 2001 y en la obra Carmen. En el ballet hay etapas, una de esas es la de bailarín que yo lamentablemente no la pude concluir porque me tuve que dedicar a sostener un proyecto que se había cerrado y segundo tomar la batuta como formador. Me tocó también rechazar ofertas laborales en el extranjero, pero yo decidí esto: seguir formando grandes bailarines nicaragüenses”, finaliza. 

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