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Luis Alfonso tiene una piel morena, unos ojos muy hermosos, cejas muy tupidas y cabello liso. Está de buen ánimo para ir a la escuela, pese a que hace poco se le realizó una hemodiálisis. Tiene tres novias, comenta, mientras esboza una gran sonrisa. “Dos en el hospital y una en León”, la cual dijo que lo esperaría el tiempo que estuviese internado en “La Mascota”.

Él, junto a otros 200 niños con enfermedades crónicas, asiste de forma irregular a la escuela “La Casita”, del Hospital Infantil “Manuel de Jesús Rivera”, conocido como “La Mascota”. “Me gusta mucho la matemática. Saber sumar, restar y voy a aprender a multiplicar”, explica mientras corrige las operaciones.

Este pequeño leones dejó la escuela hace cinco años, cuando cursaba el tercer grado. “Tengo trece años y quiero seguir estudiando, por eso vengo a que me enseñen mis maestras, y porque no son regañonas”, expresó.

Terapia para hijos y madres

Indira Flores es la trabajadora social que está a cargo del proyecto socioeducativo del hospital “La Mascota”. Comentó que esta labor inició hace siete años como un área de recreación para los niños, pero ahora cuentan con cuatro maestras pagadas por el Ministerio de Educación.

En esta escuela se les lee cuentos a los pequeños, hacen manualidades, dibujan, o bien, sólo juegan para levantarse el ánimo.

“Queremos que los niños pasen un rato agradable, ya que para los mismo adultos es difícil estar en una cama de hospital. Los niños ven estos centros como lugares hostiles, pues los pinchan, les hacen procedimientos de curación, y pasan acostados, lo que les provoca aburrimiento, e incluso estados de depresión”, refirió Flores.

Relató que “La Casita” también es un lugar de terapia para las madres, ya que aprenden a elaborar piñatas, o hacen costura mientras el niño permanece en el hospital.

Lo más difícil del magisterio

Mara Reyes es docente desde hace 25 años, pero tiene alrededor de seis años trabajando en “La Casita”. “Es un trabajo muy lindo, pero a la vez muy duro, pues me he tenido que acostumbrar a la idea de que algunos de mis alumnos ya no regresarán. Es difícil recibir la noticia que uno de ellos falleció”, lamentó la maestra.

Con un timbre de voz muy dulce, Mara les lee a sus alumnos. También les enseña matemáticas y español, con libros aportados por la Asociación Médica Centroamericana, por el Mined y por otras organizaciones sociales.

“Esta maestra no es regañona”, ese fue el motivo de Daniel Castillo para ir a la escuela. El pequeño fue ingresado por un accidente automovilístico. Llegó al hospital con fractura en la pelvis, y por eso ha pasado buen tiempo con la maestra Mara.

Séfora López es una niña de trece años a la cual se le detectó diabetes desde hace cinco años. Es una estudiante muy aplicada, su maestra la supervisa mientras realiza trazos en su libro de caligrafía.

Ella estudia en el Colegio República de El Salvador, pero debido a su enfermedad es ingresada cada cierto tiempo. “Tengo tres años de venir a esta escuelita, porque así no pierdo clases y me pongo al día con mis tareas”, dijo Séfora.

En el salón también se encuentra Mauricio. Las maestras dicen que es un milagro que esté vivo, pues pasó meses en la sala de cuidados intensivos. Él fue herido de bala en un pleito de pandillas y su vida estuvo en peligro.

Esa bala perdida causó que el pequeño perdiera la movilidad en sus piernas. “Mauricio es uno de nuestro visitantes asiduos, aquí arma rompecabezas, le contamos cuentos, participa en las actividades, y vamos a extrañarlo porque pronto le darán de alta”, dijo Flores.

Su sonrisa denota el apego que tiene por vivir y por salir adelante. Alrededor de 50 niños también son atendidos directamente en las salas de hemato-oncología, diabetes y con deficiencia renal, ya que debido a lo delicado de su enfermedad, no pueden salir del cuarto.