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Rafael Ibarra Aguirre tiene 20 años de vivir de la pesca en Jiquilillo, una de las playas chinandeganas más concurridas y peligrosas. “Cuando la Luna alumbra demasiado, los peces se alejan y por eso pocas lanchas salen a trabajar”, relató.
Ibarra calcula que unas 500 personas se dedican a esta labor y que un 30% de ellas usa explosivos para pescar, porque considera que así obtiene más producto y, por ende, más ganancias.

“Estamos en contra de esta actividad. La pesca se ha escaseado por el cambio climático y la práctica de las bombas de mecha lenta mata todas las especies, da pesar ver en las playas tortugas mutiladas”, dijo el pescador.

Jader Maldonado coincide con su compañero y dice que el uso de la bombas de mecate fue una práctica que trajo un pescador que procedía de Masachapa. Al principio era para atraer a la sardina, pero su uso se ha extendido.

“Antes las especies como el chopa, el pez ratón, el dorado y el róbalo se capturaban en buenas proporciones. Ahora estas especies han desaparecido. En el golfo andan detrás de la corvina, que se cotiza a C$66 la libra y el subderivado de esa especie llamado ‘popa’”.

Capturados

La Fuerza Naval del Pacífico y la Policía Nacional están tras fabricantes, traficantes, poseedores y usuarios de armas restringidas y explosivos. Los sectores que más se vigilan son Aserradores, Mechapa y el golfo de Fonseca, porque de acuerdo con investigaciones policiales en esos lugares hay un uso desmedido de las bombas.

Tres pescadores acusados por el delito de inobservancia a las reglas de seguridad común fueron encarcelados por la jueza única local de El Viejo, Darling Castillo.

Los condenados desde mayo de 2016 son Benito Santiago Álvarez, de 34 años; Benito Joel González Laguna, de 38 —ambos originarios del barrio Guadalupe, en León—; y Joel Orozco, de la comunidad Mechapa, quienes operaban un taller artesanal de bombas en la playa mechapense.

Sin embargo, otros talleres ilegales de Occidente podrían estar produciendo unas 5,000 bombas al mes. Cada explosivo cuesta C$20.

La Policía tiene conocimiento que ambulatoriamente tres talleres clandestinos continúan realizando esta labor, considerada letal para la vida de la fauna marina en León y El Viejo, declaró el comisionado mayor Leonel Guerrero, segundo jefe de la Policía de Chinandega.

Otro golpe a este negocio ilícito fue la captura de Apolonio Membreño Gutiérrez, circulado por la Policía de Chinandega como el responsable de la elaboración de bombas explosivas para los pescadores artesanales.

Membreño, originario de León, fue sorprendido en enero por las autoridades portando cuatro sacos de material explosivo para elaborar bombas.

“Llevo el producto a León porque tengo encargos de juegos pirotécnicos”, confesó en la Policía, cuando portaba 4 sacos de explosivos.

Membreño era dueño de un taller artesanal instalado en las inmediaciones del reparto María Elena Cuadra, de Posoltega, que explotó inesperadamente un año antes. Cincuenta viviendas fueron afectadas con la onda expansiva.

La semana pasada el juez suplente del Juzgado Segundo de Distrito del Crimen, Rafael Martínez, cambió la medida cautelar de presentación periódica a German Mejía Alvarado, sorprendido con 4,200 bombas. Según él, eran para el uso del negocio que tiene en ese sector.

Naval actúa

De acuerdo con el jefe del Distrito del Pacífico, capitán de corveta Gerardo Fornos, por pesca ilegal 22 embarcaciones fueron capturadas en 2016. En estas viajaban 42 tripulantes, a quienes se les decomisó 79 bombas.

La Fuerza Naval del Pacífico a comienzos del año incautó cuatro lanchas que en su interior tenían indicios de que usaron explosivos para realizar su faena diaria en el mar y capturó a cinco pescadores.

Por otra parte, los pescadores del golfo de Fonseca están alarmados por esta práctica peligrosa y nociva para el ecosistema.

Aquino Alonso, líder de Potosí, indicó que centenares de lanchas faenan diariamente en el golfo y la preocupación de los pescadores nacionales es que las bombas están haciendo agonizar a uno de los mejores puertos naturales del mundo, que debería estar siendo resaltado por la visita anual de ballenas, delfines y otros animales marinos, un atractivo natural de los parajes de la zona.

El golfo de Fonseca posee 3,200 kilómetros de extensión y conecta a los puertos La Unión (El Salvador), San Lorenzo (Honduras), Puerto Morazán y Potosí (Nicaragua).

Ecólogo: área impactada tiene 1,800 km2

La práctica de lanzar bombas para pescar llegó a Nicaragua en el 2005, probablemente de pescadores salvadoreños, pero fue hasta 2009 que los primeros vestigios del problema comenzaron a hacerse públicos, recuerda el ecólogo Fabio Buitrago.

“Allá por 2008 o 2009 comienzan a aparecer en las costas delfines muertos, tortugas, ballenas, tiburones, y en ese momento se comenzó a hacer público el deterioro que está sufriendo el ecosistema producto de una práctica insostenible. Diferentes medios, periodistas y organizaciones comienzan a decir que hay una cantidad de pescadores que están utilizando las bombas desde Cosigüina hasta El Astillero”, refirió Buitrago.

Según el especialista, en varios poblados del Pacífico existen talleres artesanales donde se ha aprendido a fabricar bombas, las cuales tienen la particularidad de ser de mecha corta, resistentes al agua y un bajo precio.

Gente de diferentes comunidades en Chinandega y León aprendió la fabricación casera de estos explosivos, llevó la práctica a El Tránsito y de ahí la movió hacia Casares, La Boquita y Masachapa.

“El problema no es controlar la bomba ya hecha, el problema se vuelve controlar la pólvora y las mechas. ¿De dónde salen las mechas que no se apagan en el agua? Las mechas que no se apagan se usan para efectos de ingeniería en la industria minera y para efectos militares nada más”, sostuvo Buitrago.

Pese a que existe regulación por parte de la Fuerza Naval en los zarpes de las embarcaciones, no siempre se puede controlar quién carga consigo o no bombas.

“Quien tiene el control de la pesca en altamar es la Fuerza Naval, pero no tiene la capacidad de checar a todas las pangas que andan en el mar para ver si llevan bombas o no”, afirmó Buitrago.

¿Cómo se realiza la pesca?

Normalmente el zarpe de las embarcaciones se hace de tarde y la pesca se realiza durante la noche. Según el especialista, una vez seleccionado el sitio donde se realizará la faena, se procede a anclar el barco y a colocar luces en el agua. Las luces lo que hacen es atraer a los pequeños animalitos como plancton, diminutos microscópicos, calamares e incluso los que vienen atraídos por el plancton y sardinas.
“Cuando tenés a todos esos animales atraídos por la luz, tirás una bomba al agua, el impacto de la explosión en el agua mata todo este montón de animalitos larvas, huevos, plantas, plancton, sardinas y calamares; comienza entonces hacia el fondo una lluvia de pedazos de animales muertos, esa lluvia hace que los animales más grandes que están más abajo comiencen a acercarse para alimentarse y es entonces que se aprovecha para atraparlos con redes, trasmallos, con anzuelos, con lo que fuera, esa es la forma como se pesca con bombas”, explicó Buitrago.

Impacto brutal

A juicio del especialista, en la franja del Pacífico existen aproximadamente más de 500 pequeñas embarcaciones pesqueras, de las cuales “al menos la mitad para ser conservadores en los números, practican la pesca con bombas”.
“En Casares podrá haber unas 150 pangas, en La Boquita otras 50, Pochomil y Masachapa tal vez hay unas 200 pangas entre ambos; luego El Tránsito, tal vez habrá unas 30 pangas, en Las Peñitas, Poneloya, en conjunto encontrás unos 50 botes, luego más arriba Corinto, El Realejo y Paso Caballos podrán tener unas 100 pangas y después toda la parte de Cosigüina, Potosí y Punta Ñata, digamos que unas 50, de este total digamos que un 60-80% está usando bomba”, reveló Buitrago. Buitrago explica que aún con un escenario conservador en cuanto a números de usuarios, el impacto de la pesca con explosivos es brutal. Según sus cálculos, aproximadamente en estas zonas del Pacífico anualmente podrían estar registrándose unas 900,000 detonaciones. “Ponele que de ese total de embarcaciones, solo unos 250 pescan con bombas y cada una de esas pangas llevan consigo 20 bombas y digamos que pescan la mitad del año, en lugar de los 365 días, ponele 180 días del año, hagamos el cálculo, 250 por 20 son 5,000 por 180 días estás hablando de 900,000 detonaciones en el año”, afirmó Buitrago.
Agrega que cuando se arroja una bomba al agua y estalla lo que se genera es una onda expansiva en el ecosistema no solo a lo ancho del agua, sino también hacia abajo. Buitrago afirma que desde el centro donde estalla la bomba, se puede tener cien metros a la redonda de impacto horizontal y cien metros de profundidad de impacto vertical.
“Si estás hablando de 900,000 detonaciones en el año, si cada una de esas detonaciones equivale a dos hectáreas, estamos hablado que el equivalente de superficie marina impactada es 1.8 millones hectáreas al año”, acotó Buitrago. Y a renglón seguido añadió que si fueran 1.8 millones de hectáreas, representan cerca de 1,800 kilómetros cuadrados impactados en la franja norte de la costa del Pacífico. “Si tuvieras 1,800 kilómetros cuadrados de afectaciones, estamos hablando de que anualmente estamos perdiendo esta cantidad en el mar, que equivalen más o menos al tamaño de León y Chinandega juntos cada año”, afirmó el ecólogo.
Buitrago reflexiona que el impacto basado en el cálculo desarrollado representaría la equivalencia a deforestar una cuarta parte de Bosawas o la mitad de la Indio Maíz cada año. “Estamos hablando de que cada año se perdería una cuarta parte de Bosawas con el ritmo y la tasa que llevamos de destrucción de los ecosistemas marinos”, dijo.

Repercusiones a futuro

La cantidad de familias que dependen de estos recursos en toda la franja del Pacífico es enorme y el hecho de que se siga usando este tipo de prácticas que están provocando una destrucción masiva, brutal en los ecosistemas marinos.
“Lo que está haciendo es erosionando nuestro patrimonio natural, nos está dejando sin recursos en el mar, dos está reduciendo la probabilidad de que la gente tenga que comer y, por tanto, se vuelve un tema de seguridad alimentaria”, cuestionó Buitrago.
Otros aspectos negativos señalados por el ecólogo están relacionados con mermar las posibilidades de desarrollo económico para todas las poblaciones costeras y a la vez está reduciendo las posibilidades de desarrollo turístico.