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Cuando su cliente el general Gustavo Montiel le contó que habían matado al barbero de Anastasio Somoza Debayle, enseguida pensó: “Voy a ser el siguiente”. Luis Morales había hecho la barba de Gustavo Montiel desde hace años, y había ganado su elevada confianza a través de ese tiempo.

No se le hubiera ocurrido, entonces, negarse al pedido de ser el nuevo barbero del presidente. “Pero que no me hagan diputado”, dijo él, medio en broma, siempre manteniendo la serenidad discreta que se le esperaba de un hombre de su oficio.

Con esto, Luis Morales hacía referencia al antiguo barbero de Somoza, Guillermo Álvarez, quien había logrado tanto la confianza de su cliente, que éste lo hizo diputado, y que luego fue asesinado en su barbería. Corría el cuento que Álvarez confundió el poder de la palabra con el de la navajilla, diciendo que era él quien le tenía el cuchillo al cuello del general. Pero la verdad es que nunca se llegó a conocer el motivo del asesinato.

El barbero que ha rasurado al poder

Luis Morales ha rasurado al poder. Le ha echado una mano al cuello de altos funcionarios, entre ellos el comandante Tomás Borge, el general retirado Humberto Ortega, al ex director de la Policía, Franco Montealegre, y al ex presidente Enrique Bolaños, cuando ostentaba el primer cargo de la nación.

Hasta hoy tiene entre su clientela fija al general en retiro Javier Carrión, al magistrado Francisco Rosales, y al presidente actual de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) Manuel Martínez. También sus sillas reclinables se ha sentado el cardenal Miguel Obando.

A Somoza lo afeitó durante los últimos ocho meses, antes de que éste huyera del país el 17 de julio de 1979. También le recortó el bigote de forma que ocultara la boca torcida causada por un pequeño parálisis facial.

En uno de esos días turbulentos después de la Revolución, llegó un grupo de mujeres y hombres sandinistas a su barbería. Se apostaron ante la puerta de entrada y le gritaron: “¡Que salga Luis Morales!” Cuando el barbero salió, le reprocharon de haber enjuagado las barbas a los generales, mientras sus combatientes morían por las balas del somocismo.

Fue de las pocas veces que el barbero, hoy de 75 años, se puso nervioso. “Ustedes están haciendo una mala propaganda al sandinismo. Tráiganme pruebas de quién soy y cómo conseguí esta barbería; no tengo ni regalías ni prebenda del somocismo para que ustedes me vengan a increpar de esta manera”, les respondió entonces.

Hay que escoger un oficio, le decía su mamá cuando aún era un chavalo, y fue más para “poder agarrar un camino recto”, que Luis Morales se hizo barbero. Aprendió el trabajo durante seis meses, con un señor llamado Roberto Calmo, en Granada, su ciudad natal. En 1954, llegó a Managua a trabajar “en unos barriecitos”, y cinco años después se trasladó al Gran Hotel, “el único hotel de “cinco estrellas” donde se hospedaban las “personalidades”.

De tijeras a las máquinas, de las navajas a las gillette

En aquella época, ya había máquinas eléctricas para cortar el pelo, pero siempre se usaban “tijeras y navajas de hojas, bastante gruesas, rusticas”, recuerda Morales. Fue en 1977 que abrió su barbería “El Caballero”, detrás de la Universidad Centroamericana, hasta que, en 1998, las protestas estudiantiles le obligaron instalarse en una zona más apacible, al sur de los semáforos de Plaza el Sol.

Las navajas de hojas habían cedido a la navajilla, que se adapta con una gillette desechable. Además, ya no bastaba con recortarle la barba y el cabello a los clientes; ellos también la aplicación de champús perfumados y una limpieza facial. Los hombres, aunque nunca lo admiten, se volvieron más vanidosos, y el barbero consideró las nuevas demandas en su servicio.

El “confesor” armado

En los 55 años de experiencia, Luis Morales tuvo que reconocer que el oficio de barbero se tuvo que adaptar a la moda. Lo que no cambió fue la relación de confianza y muchas veces de amistad que existe entre barbero y cliente. “La silla de rasurar es como un confesionario”, dice Morales.

Y como son hombres entre hombres, no pocas veces la confesión se gira alrededor de mujeres, “cosas que los clientes ni a sus esposas dicen”, delata él, sin entrar en más detalles. Sería pasar por alto de la discreción del tal vez único sacerdote que trata a los penitentes con un cuchillo.

De la misma manera sincera como recibía a todo el mundo, Luis Morales le habló a Somoza. En una de esas pláticas, el general le preguntó qué se decía en la ciudad sobre él. “Realmente, la gente no está contenta con la política que tiene usted”, le respondió Luis Morales. “Me dijiste la verdad”, le dijo Somoza, añadiendo que eso ya lo sabía por otras personas que no eran sus empleados, “porque esa gente es la que más me miente”. Fue con esta franqueza entonces que se ganó la confianza del dictador.