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Tomaron el último vuelo de La Nica con destino a Managua a las tres de la tarde. Ese mismo día, en una mañana de junio de 1966, dos costeños se habían convertido en marido y mujer en una casa de Bluefields. La vida de Laura y Glen cambió ese día, dejaron atrás a su familia y volaron juntos a la capital, sin más pertenencias que la ropa que ella había empacado.

Durante la década de los sesenta, la emigración desde el Atlántico hacia el Pacífico recién estaba empezando. “Había muy pocos costeños para ese tiempo”, comenta Laura Hodgson, quien ahora ya tiene 75 años.Dexter Hooker, autor del libro "El ocaso de un pueblo".

La primera corriente migratoria de costeños a la capital empezó alrededor de 1955, según el investigador Dexter HookerKain, quien explica que a mediados de los años cincuenta comenzó a disminuir la producción de madera y de minerales, lo que redujo la oferta laboral en la Costa Atlántica.

En el caso de los Hodgson, ellos eran profesionales que habían ahorrado el dinero para la prima de una casa en Ciudad Jardín, con los ingresos de Glen como uno de los primeros geólogos del país y los de Laura como docente.

“La gente más preparada y audaz se trasladó a Managua. Conseguían trabajo inmediatamente en las compañías que requerían gente educada que también hablara inglés”, manifiesta Hooker, también autor del libro sobre la Costa Atlántica "El ocaso de un pueblo".

El ser bilingües ha permitido que los costeños tengan acceso a ciertos puestos de trabajo, como es el caso de Griega Sambola, quien llegó a la capital en febrero de 2015.“Yo, necesitaba un trabajo y Managua fue la opción, porque hay muchos call centers aquí, sabía que podía conseguir trabajo rápido”, cuenta Griega. Y en efecto, firmó un contrato laboral dos días después de su arribo.

De hecho, los centros de llamadas que ofrecen servicios de tercerización hacia Norteamérica se han convertido en una opción viable para los costeños que hablan inglés.

La seguridad de obtener ingresos mensuales de más de US$500, sumado a las campañas masivas de reclutamiento por parte de estas empresas, han generado una nueva “ola migratoria” destaca Hooker, quien asegura que ha incrementado la cantidad de migrantes de la Costa Atlántica por esta razón.

A través del tiempo

Pero la “fiebre” de los centros de llamadas es un fenómeno reciente, que ha incrementado en los últimos cuatro o cinco años.

Cuando Heston Beer llegó a Managua corría el año 1977 y el joven bachiller tenía claro que quería estudiar en la universidad. “Me vine a Managua, pregunté dónde quedaba la UCA y me inscribí. Llegué justo cuando iban a empezar los cursos y me aceptaron”, comenta.

“En Bluefields no había futuro”, añade Beer, quien se dedicó a estudiar Ingeniería Química e Industrial. Para ese entonces, no existía la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (Uraccan) ni la Bluefields Indian&CaribbeanUniversity (BICU), instituciones educativas que actualmente cuentan con diversas sedes en toda la Costa Atlántica del país.

Laura y Glen Hodgson, emigraron a Managua en 1966.Durante los ochentas, la razón por la que los costeños decidían venir a Managua eran las ofertas académicas y no las oportunidades laborales. Hooker explica que “la Revolución dio esa posibilidad para el estudio” tanto en Nicaragua como en países socialistas en el exterior.

También empezaron a llegar miskitos, sumos y ramas “en calidad de refugiados”, detalla el investigador, ya que vinieron huyendo de las zonas de guerra. Asimismo, las afectaciones del huracán Joan provocaron que gran cantidad de gente se viniera a Managua.

Sin embargo, durante esta década miles de costeños emigraron al extranjero, sobre todo a Estados Unidos o Costa Rica.

En la década de los noventa y durante el 2000, Managua dejó de ser atractiva para los costeños, quienes preferían trabajar en barcos pesqueros o en cruceros de turistas, incluso emigrar al extranjero, todas opciones viables por su dominio del idioma inglés.

Cambios

Adaptarse a la capital no fue un proceso muy difícil para Heston, pero afirma que había ciertas cosas que le impactaron porque no estaba acostumbrado a ellas. “Aquí tenía que andar en buses, también me impactó el olor del humo de los carros, además del clima, yo estaba acostumbrado a la lluvia”, detalla.

Sin embargo, afirma que caminaba con miedo por las Brigadas Especiales Contra Asalto y Terrorismo (Becat) de la Guardia Nacional. “Eso para mí fue el cambio más brutal”, recuerda Beer, “el miedo que sentía cuando me miraban los guardias”.

Casi cuarenta años después en la misma capital, ya libre de Becats, la garífuna oriunda de Orinoco afirma que su proceso de adaptación fue más bien llevadero. “Yo en Managua siento como si estoy en casa”, comenta Griega, quien además migró como madre soltera con su hijo de cuatro años. “Adaptarme es fácil para mí”, reafirma con una enorme sonrisa de esas que ella siempre tiene en la cara.

Al igual que Heston, considera que el clima fue una de las diferencias que notó inmediatamente, además del idioma, puesto que su lengua materna es el garífona y su segundo idioma es el creole e inglés. “Mi español es malísimo, yo no puedo hablar bien español, pero no me siento mal tampoco”, explica la joven extrovertida, que también se dedica a bailar punta como parte de un grupo de danza.

Para el reverendo de la iglesia Morava, en Managua, Alfred Joiner, la diferencia cultural no fue algo que lo afectara en gran medida, sobre todo porque él emigró con su familia y está rodeado de los miembros de la iglesia, que ya suman más de 500 de la comunidad costeña. “Aquí en la iglesia todos los domingos tenemos pan con coco, torta de yuca, de quequisque… las relaciones que uno tiene es lo que añora de estar allá”, comenta el reverendo.

¿Discriminación?

Laura Hodgson todavía recuerda que “a la gente no le caíamos bien” los costeños. “A veces nos remedaban cuando hablábamos inglés, lo quedaban viendo a uno como extraño, nos comparaban con los monos,hasta los vecinos”, rememora de la época en que recién habían emigrado.

“Pero nunca me sentí rebajada, nunca les puse mente”, enfatiza. Su esposo, en cambio, asegura que en su entorno laboral tenía buenos amigos que siempre estaban dispuestos a colaborar con ellos, pero la mayoría eran extranjeros que trabajaban para el Servicio Geológico de Nicaragua.

En el caso de Heston, quien solía hablar con sus amigos y familiares en creole, también hubo un cierto nivel de hostilidad. “Sentíamos que la gente nos miraba diferente, porque nosotros hablábamos el inglés de allá. La gente se expresaba mal de nosotros, pero esto sucedía en los buses”, aclara.

Quizás las cosas han cambiado en los últimos cincuenta o cuarenta años, porque Griega siente que los managuas nunca la han discriminado. “No hay ningún día cuando alguien me mira diferente, la gente me dice cosas dulces en la calle, nunca he sentido discriminación aquí, en mi trabajo, en la calle, nunca, me siento muy aceptada en este lugar”.

Aunque se siente muy bien recibida en la capital, los planes de Griega no incluyen a Managua en un futuro. Ella quiere emigrar al extranjero, como un 65% de los costeños que en 2015 afirmaron sus intenciones de hacerlo. Esta estadística, revelada por el Sistema de Monitoreo de la Opinión Pública (Sismo) detalló incluso los destinos más solicitados son Estados Unidos y Panamá.

“Desde los cincuentas hasta 1972 fue la única época en la historia de la Costa en que la metrópolis de los costeños era Managua”, concluye Hooker.