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Hay una cantidad indeterminada de detalles que Leonel Delgado Aburto, escritor y académico nica que reside en Chile, extraña del país. Entre estos está la cajeta de toronja, los aguaceros, el verde profundo que hay durante el invierno y la gente.

Desde hace siete años radica en la ciudad de Santiago, adonde llegó luego de ser escogido como profesor asistente del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile. Desde hace más de un año es profesor asociado. Delgado Aburto realizó un doctorado en literatura en la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos y ha escrito dos libros de crítica,  Márgenes recorridos (2002) y Excéntricos y periféricos (2012), y un libro de cuentos, Road movie (1997).

En esta entrevista habla sobre su labor académica y analiza la situación de desatención a las Humanidades y de la vida universitaria y académica de Nicaragua.

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Contanos un poco sobre  tus estudios.

Hice la licenciatura en Arte y Letras en la UCA, estudié cine en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (Cuba), e hice el doctorado en literatura en la Universidad de Pittsburgh. Yo diría que mi especialidad, si es que tengo alguna, es la literatura latinoamericana con énfasis (origen y punto de mira) en Centroamérica.

Esta especialización conlleva mi formación en Nicaragua (en la UCA), mi formación más informal por mi historia familiar (hijo de maestros de primaria, mi padre, Leonel Delgado López, q.e.p.d., además, reportero de radio y periódicos), el hecho de pertenecer a la generación que era adolescente y joven durante la revolución, mis experiencias laborales (sobre todo en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica).

Fui como quien dice llevado de la mano desde los libros que mi padre compraba para sus estudios de periodismo en la UNAN, la que me parecía a mí fascinante vida de maestra de mi madre, Rosario Aburto Campos, mis maestras de español en la primaria y la secundaria, los fervores literarios que abundan siempre en Nicaragua, hasta desembocar en la formación más formalizada de las universidades.

Con respecto a los obstáculos: no es siempre fácil ubicarse en el mundo, y no lo fue para mi generación, que es la del Servicio Militar, o de la revolución. Tampoco es cómodo buscar un lugar dentro de los estudios humanísticos, en un mundo organizado, más bien, entorno al comercio y la circulación de los mercados. La desatención a las Humanidades y de la vida universitaria y académica ha sido particularmente significativa en Nicaragua, y es histórica.

¿Cómo llegaste hasta Chile?

Llegué a Chile para trabajar dentro del programa del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos, en donde requerían un profesor con especialidad en Centroamérica. Postulé a un concurso que se abrió, y fui seleccionado.
En cierto sentido, no fue difícil ingresar a la Universidad de Chile porque a esas alturas ya tenía yo algo de trayectoria (publicaciones, un doctorado, experiencia docente), y tenía muchas expectativas sobre un programa latinoamericanista. Sin embargo, siempre es difícil decidirse a emigrar y cambiar de país. Se dan sentimientos contradictorios. Por un lado, el compromiso con tu propio país; por otro lado, el deseo de ampliar el horizonte trabajando en espacios y programas académicos que no tenemos todavía en Nicaragua. Me tentaba mucho la posibilidad de trabajar en un programa de Estudios Latinoamericanos ubicado en un país como Chile, con mejor desarrollo que nosotros en áreas educativas y mayor desarrollo de la vida universitaria. Además, estaba la imagen un poco romántica del Chile de Allende, que no deja de tener para mí cierto atractivo utópico.

¿En qué consiste tu trabajo?

Soy fundamentalmente un profesor de literatura. Hago clases tanto para estudiantes de pregrado, de la licenciatura en Literatura, como a estudiantes de Magíster y de Doctorado, en Literatura y Estudios Latinoamericanos. Dirijo tesis en los tres niveles, sobre temáticas latinoamericanas muy diversas (cine caribeño, grupos de neovanguardia, escritura autobiográfica, etc.). Debo decir que es siempre grato trabajar con jóvenes y que en estos siete años enseñando acá en Chile, he tenido excelentes estudiantes, muy acogedores y con el gran entusiasmo que da la juventud. En esta universidad, que es una universidad pública (aunque decirlo así es un poco paradójico porque predomina en Chile un modelo neoliberal), llegan sobre todo estudiantes de la clase media o media baja. En cierto sentido, me identifico con los sueños de todos estos muchachos y muchachas interesados en la literatura y la cultura, y que me hacen recordar mis propios sueños de joven. Como yo comencé con los libros de mi padre, estudiante de periodismo en la UNAN, siento al trabajar en esta universidad que cierro en cierto sentido un ciclo, relacionado con la importancia que tienen la educación pública y la enseñanza de Humanidades, y particularmente la literatura.

Como parte fundamental de mi trabajo de profesor también hago investigación. Actualmente, tengo financiamiento del Estado (el organismo en el Fondo para el Desarrollo de la Ciencia  y la Tecnología (Fondecyt) para investigar cómo autores como  Luis Cardoza y Aragón, Yolanda Oreamuno, Ernesto Mejía Sánchez o Carlos Martínez Rivas, vivieron procesos de exilio, de peregrinaje o de diáspora, sobre todo en México o Estados Unidos. Es lo que yo llamo excentricidad del autor centroamericano, que por diversas razones (políticas, económicas, culturales) salen de nuestros países, se forman afuera, sin perder contactos y vínculos con las naciones de origen, y a veces se radican en otros países o mueren en el exilio, como el caso de Cardoza y Aragón. Es toda una especie de condición cultural de los centroamericanos. Mis investigaciones han sido publicadas en varias revistas académicas (en Chile, Venezuela, Colombia, México, Estados Unidos, España).

Además, del trabajo de docencia e investigación, tengo que hacer algún trabajo administrativo, actualmente consistente en la coordinación del Magíster en Estudios Latinoamericanos.

Tu caso es parecido al de los autores sujetos de estudio, ¿sos parte de un grupo de profesionales educado fuera y que ha encontrado mejores oportunidades en otros países?

Mi intención no es compararme con los autores modernos peregrinos o exiliados, pero ciertamente hay que pensar y reflexionar sobre esa tradición de movilidad, peregrinaje, desterritorialización (para usar el conocido término de Deleuze). La gran diáspora de centroamericanos de las recientes décadas es un proceso totalmente diferente, pues implica diversos grupos y clases, pero que hay que pensarlo también como procesos culturales imprescindibles para explicar el presente de Nicaragua, y de las naciones centroamericanas.

En el caso de los autores modernos, la experiencia de vida afuera lleva a posiciones contradictorias y paradójicas. Un ejemplo es Luis Cardoza y Aragón, quien enuncia una especie de pérdida de la pertenencia: “somos de otra parte”, termina diciendo en un poema; pero él también dice que descubrió a Guatemala en Europa. El proceso de desterritorialización conlleva una especie de conocimiento en cierto sentido más próximo de la patria original (algo relacionado con lo que los teóricos llaman sensibilidad geocultural), pero también implica procesos de distanciamiento con la patria, y, por supuesto, de cercanía con el lugar de destino.

¿Cuáles son tus líneas de estudio?

Mis líneas de estudio están concentradas en el siglo XX. Me interesa mucho el modernismo hispanoamericano, y estoy pensando y escribiendo sobre lo que sería un pensamiento geopolítico en autores como Rubén Darío, José Santos Chocano o José Asunción Silva. ¿Cómo se imaginaban los espacios y territorios de la modernidad americana? ¿Tenían una utopía territorial en tiempos de los todavía grandes imperios europeos, y el ascendente imperio de los Estados Unidos?

También me interesa mucho lo que llamo las “redes sensibles”, las amistades entre modernistas y autores modernos: por ejemplo, Darío, Rodó, Justo Sierra, Vargas Vila, desarrollaron profundas relaciones que apuntalaron el proyecto moderno de la literatura y la cultura latinoamericana, usaron paradigmas estéticos modernos, e integraron a sus textos motivos de homosocialidad y solidaridad interna.

Por otra parte, desarrollo lo que mencioné antes sobre el carácter peregrino, exiliado o diaspórico de los autores modernos en Centroamérica. Vivo, pues, como quería Quevedo “en conversación con los difuntos” que en mi caso son fundamentalmente autores modernistas y centroamericanos ya desaparecidos.

Has escrito cuentos, ¿cómo conciliás tu labor académica con esta faceta?

Lo cierto es que no he logrado conciliar la escritura de ficción con mi labor académica, y quizá debo anotarlo en el apartado de las pequeñas derrotas. De mi otro-yo potencialmente escritor solo han sobrevivido las notas que pongo en mi blog (Notas poco rigurosas). Algunas de esas notas se han publicado en Deshonoris Causa, cuyos editores muy amablemente me incluyen en su revista, por lo cual me siento muy honrado.

Mi vida de escritor de ficción arrancó de mis estudios de cine. Por eso mi único librito de cuentos se llamaba Road movie. Llegué a preparar un segundo libro de cuentos que no se publicó, y fui incluido en varias antologías. Hay académicos admirables que combinan la vida académica con la escritura literaria, pero al parecer no me cuento entre ellos.