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En medio de la oscurana de una calle del barrio “Blanca Segovia”, las luces de las viviendas se encienden a eso de la una de la madrugada. Las puertas se abren minutos después, y los vecinos empiezan a salir. Se dirigen al mismo punto, un hoyo excavado en el suelo y hacen fila a su alrededor. Buscan agua con baldes en mano y esperan llenar al menos uno, antes que transcurran los 60 minutos durante los cuales reciben el servicio.

El drama lo viven especialmente los niños, las mujeres y los jóvenes. Tienen tubería, pero el agua potable no les llega desde hace mucho tiempo. Unos dicen que el problema tiene tres años y otros suman hasta 10. Lo cierto es que a esa hora deambulan por las calles tras los huecos que escarbaron para perforar los tubos de la Empresa Nicaragüense de Acueductos y Alcantarillados (Enacal).

Sólo allí fluye el líquido durante una hora, en unos huecos que parecen refugios excavados para escapar de bombardeos, aunque los vecinos realmente escapan de la sed, al “pegarse” al tubo quebrado que está al fondo de los agujeros.

Ramón Gómez, un amable vecino de este barrio, mostró la forma en que recoge agua todos los días en este hoyo de al menos dos metros de profundidad. Recuerda que él mismo lo excavó para encontrar el tubo, ya que el líquido no llega hasta su lavandero debido a la poca presión del tubo madre.

En horas de la tarde, Gómez se alista con su manguera y una pequeña bomba que instala en el hueco del tubo quebrado. Es domingo por la tarde, pero sabe que este lunes, antes del amanecer, tendrá agua si se alista.

Mientras Ramón termina de preparar su equipo, Carol López muestra el lavandero seco que utilizó “la última vez hace cinco años”. También muestra los recibos pagados de enero y febrero de 2009, y, aunque sólo cancela una cuota fija, asegura que es un “cobro injusto” porque en su casa no hay servicio.

La tarde cae, y después de una noche de noticias y de telenovelas en los televisores, una a una las luces de las viviendas se apagan. La inseguridad se percibe entre la oscuridad y en cada una de las esquinas de este sector. “Cuidado, acaban de asaltar a un señor en aquella entrada”, advierte un señor que circula en una bicicleta.

El reloj avanza y la aguja llega hasta la una de la madrugada. A esa hora un vehículo de EL NUEVO DIARIO circula en una esquina del barrio que conecta con el Reparto Schick, donde el actuar delictivo se cobró la vida de dos personas en el último mes, según relata el vigilante Rafael Muñoz.

Una bujía se encendió en una de las viviendas, y otra casa vecina le siguió minutos después. En cuestión de 20 minutos, en aquella calle todos despiertan pero nadie asoma. Son 18 familias, es toda una manzana.

Los perros son los primeros en salir, y tras ellos, abrigándose contra el frío y con linterna debajo el brazo, siguen mujeres, niños y jóvenes que van al mismo punto. El paso es lento y a veces con dificultad, pues cargan baldes y panas, además de la esperanza de llenar todo con agua.

Saúl Loáisiga, de 26 años, y Edwin Urbina, de 18, son los primeros en llegar al hoyo de un metro de profundidad. Decidieron correr porque en la mañana, deben bañarse y estar temprano en un punto donde esperan conseguir trabajo.

“Si vieran que esto es diario. Aquí, si no te levantás a esta hora, no agarrás agua”, dice Saúl, tras preguntar muy desconfiado: ¿Ustedes quiénes son?
Urbina dice que son 10 años con este problema, desde que llegó a vivir a este sitio. Loáisiga asegura que de ese hoyo se abastecen unas 18 familias numerosas, “y no vienen más porque los últimos ya saben que no agarran agua porque el chorro se va antes”.

Los jóvenes compartían su experiencia mientras sacaban agua del hoyo. “Milagro que hoy no han salido tantos vecinos para sacar agua”, decía Loáisiga, quien debe llevar suficiente para todos los miembros de su familia, que se turnan en el desvelo.

Loáisiga y Urbina son primos. Por ser los más jóvenes se desvelan al menos cuatro días a la semana. “Aquí, papitó, nos levantamos diario a esta hora, y si no creés pregúntale a mi vecina”, comentó don Antonio González, un señor de 65 años que diario llena y carga agua, y quien aprovecha el hueco después de los muchachos.

Lisseth Sánchez responde afirmativamente, meneando su cabeza, pero desconfiada pide una identificación al equipo de EL NUEVO DIARIO. “Es que vos sabés, esta zona no es segura y es raro un periodista a esta hora”, justifica.

“¿Ideay? ¡Chocho! ¡Madrugaron!”, dice Ramón Gómez, al llegar al punto y hacer fila, mientras niños, jóvenes y adultos caminaban y platicaban en la calle como si fueran las cuatro de la tarde.

Doña Isabel Castillo, una señora de 57 años, habita junto a sus dos hijas y seis nietos. Dice que llega hasta este punto porque al hoyo que está frente su casa ya no llega el chorro.

Castillo cruzaba la calle una y otra vez con el balde lleno de agua en sus manos. “Sólo yo recojo el agua, porque mis dos chavalas trabajan y no las puedo desvelar”, comenta con tristeza la señora.

A dos cuadras, doña Karla Velásquez, junto a sus hijas, bromeaba acerca del enorme abrigo que lleva puesto. “Como que estoy en Alaska”, decía.

Ese panorama se repite en cada una de las calles. Se logró ver al menos 16 huecos y enormes filas alrededor. “Si quieren van más abajo. Allí hay mucha gente afuera acarreando agua”, decía Karla López, propietaria de una peluquería.