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Un joven no puede ver ese estadio cansado y canoso, que gime y tiembla, con la misma mirada de quienes lo vimos nacer y crecer, y casi vivimos en él como si fuera nuestra segunda casa. Por asunto generacional y de vivencias, los sentimientos son diferentes en profundidad y repercusión. Han pasado 69 años desde su ruidosa inauguración con 30,000 adentro, casi todo Managua de aquellos tiempos cerrando 1948 y para quienes hemos sido testigos de casi todo lo que ha pasado en ese escenario de insospechada versatilidad, la cabalgata de recuerdos es inagotable. END

Un auténtico coloso como lo fue el del Sol en Rodas, ese estadio que dejará de ser el ombligo del beisbol pinolero, todavía el rey de nuestros deportes, es un caso de resistencia estructural llamativo, de gran significado y de inmenso apego emocional para las legiones de aficionados que se acomodaron en sus tribunas.

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Después de ser sometido a una formidable restauración por gestión de Carlos García para el Mundial de 1972, el terremoto que estremeció Managua días después lo dejó gimiendo y sangrando, transformándolo súbitamente en un riesgo mayúsculo, sin poderlo utilizar en su esplendor, ni siquiera para un juego del beisbol casero.

Hoy, mientras día a día avanzan los trabajos del nuevo estadio, los lamentos de ese coloso, con sus rodillas doblándose, se escuchan imaginariamente cada vez que pasamos cerca. Está agonizando como escenario principal del deporte pinolero, pero no morirá, seguirá en pie como una gran referencia. No diremos como los neoyorquinos viendo asombrados la demolición del Yankee Stadium: “Aquí fue la casa que Babe Ruth edificó como templo del beisbol”, porque ahí estará él, quizás por siempre, tambaleándose sin caer, con terquedad espartana.

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En ese largo trayecto de 69 años desde aquel 1948, cuando Stanley Cayasso “El caballo de hierro”, nuestro Lou Gehrig, era la figura cumbre y la selección nacional de beisbol levantaba expectativas agigantadas, ese estadio hoy de ceño fruncido ha servido increíblemente para todo, incluyendo cinco campeonatos mundiales de beisbol, el último en 1994, con Nemesio Porras funcionando como símbolo de esa época recientemente resplandeciente en el beisbol casero.

En este estadio vimos el show de circos internacionales, corridas de toros, competencias de motos y de carros, conciertos como el de Santana estableciendo récord de asistencia, desfiles escolares celebrando las fiestas patrias, tomas de posesión presidenciales, concentraciones religiosas, diferentes presentaciones de gran alcance, concentraciones militares, fue utilizado como cárcel en tiempos de ser sede de la Jefatura de Tránsito, también como centro de cómputos electorales más adelante, y refugio de damnificados. Ahí presenciamos la revista del mexicano Raúl Velasco, y por supuesto, hechos deportivos como peleas de campeonato mundial con Eddie Gazo y Rosendo como protagonistas, la batalla “Ratón”-Chonoi, el juego de futbol entre Estudiantes de La Plata y la selección, el que realizaron los equipos brasileños Flamengo y Corintians, el espectáculo de los Trotamundos de Harlem en baloncesto, las ligas profesionales, mundiales de beisbol aficionado, la victoria por blanqueo de Julio Juárez contra Cuba, el no h
itter de Sergio Lacayo a Colombia, los Pomares, la nueva etapa del beisbol profesional, y tantas historias más que contar, entre ellas las narraciones de Sucre Frech desde el propio 1948.

Después de esa gestión concretada en 1948 en la administración del dictador Somoza García, nunca más habíamos estado próximos a otra construcción de ese tipo. Me había resignado a engavetar el sueño, hasta que se informó sobre la posibilidad de un financiamiento por parte de Taiwán. Estuve cruzando los dedos porque eso se convirtiera en algo real. A mis casi 74 años, espero tener tiempo para ver la novedad y quizás disfrutarla un poco.END

Ni siquiera en los años 80, cuando se apoyó tanto la actividad deportiva en Nicaragua, llegándose a organizar hasta 16 eventos internacionales en un año, elevándonos a más de 150 medallas en Juegos Centroamericanos, con atletas adiestrándose en el exterior y entrenadores viniendo hacia nosotros para garantizar el progreso, se pudo hacer una construcción parecida. Estaba fuera de nuestro alcance. Desde la pedrada de Andrés Castro, en el strike más heroico de nuestra historia, ese estadio ha sido lo único para nuestro beisbol, y como apuntamos, agregando muchas actividades más, incluso insólitas. Nuestros hijos, nuestros nietos, no han visto algo diferente a ese estadio, ahora con “olor a escombros”, atrapado entre telarañas, usando linimentos.

Vamos a lo anecdótico: La única vez que he estado preso fue casualmente en el Estadio Nacional, antes de bachillerarme en 1964. El delito: andar manejando una motocicleta prestada por el ahora cirujano plástico Denis Velásquez sin licencia. Lamentablemente, no hubo juego esa noche, pero salí tres horas después de mi captura por una gestión de Miguel Angel Argüello, padre de dos amigos, Rodolfo y Chéster.

En esos tiempos, el somocismo utilizaba la parte detrás de la pared del jardín central, bien al fondo, como oficinas del Tránsito, con un pequeño calabozo para los infractores que no eran tantos como ahora.

Se decidió iluminar el estadio. Ya era hora de poder disfrutar el beisbol nocturno y la fecha histórica fue el 16 de febrero de 1957. Con 13 años, llevado por mi padre, ahí estaba yo en las tribunas bañado por la emoción para ver en acción a las Estrellas de Emilio Cabrera frente a los Tigres del Cinco Estrellas.

El resultado: una paliza para el equipo nica con refuerzos, pero ¡qué importaba eso! Para casi 22,000 aficionados, de los cuales 20,548 compraron boletos, más importante que el juego era ver funcionar las luminarias en lo alto de las torres. El derecho Camilo Pascual, un futuro ganador de 20 juegos en Grandes Ligas, que tenía tres años de experiencia con los Senadores de Washington, estaba ejercitando sus músculos, lo mismo que el abridor del Cinco Estrellas, Alejandro “el Toro” Canales, cuando de pronto, todo fue resplandeciente y el rugido del público, estremecedor.

Previamente al ¡play ball!, se guardó un minuto de silencio en memoria de Anastasio Somoza García, el dictador que hizo posible la construcción de ese parque, y ofreció su apoyo para la iluminación desde que se puso en marcha el beisbol profesional en marzo de 1956. Esa noche, el primer bateador de los cubanos contra Canales fue Ángel Scull, en tanto Argelio Córdoba, quien disparó dos hits en cuatro turnos, enfrentó a Pascual como lead off del Cinco Estrellas. Una vez acomodados bajo la luz de las candilejas, el juego fue tormentoso para el equipo nica dirigido por Cayasso. La tropa de Cabrera, pistolas en mano, funcionó como pandilla y se lanzó al asalto, construyendo una victoria con “cara” de catástrofe 14-1.

Cuando cayó el telón las luminarias continuaron funcionando y muchos querían quedarse a dormir en el parque. Más allá de lo frustrante de las cifras, hay imágenes que quedaron por siempre: los swings escalofriantes de Carlos Paula y Panchón Herrera, la flexibilidad y destreza de Willie Miranda, el pitcheo de Camilo Pascual, la agresividad de Ángel Scull y la firmeza de Tony Taylor. La taquilla fue de 155,000 córdobas, más de 20,000 dólares en aquel tiempo, cuando esos billetes se estiraban mucho. Al salir del parque todos nos sentíamos purificados por la luz artificial.

Construido en los terrenos de la antigua Penitenciaría bajo la dirección de los ingenieros Roberto Lacayo Fiallos y Julio Cardenal, el coloso sobrevivió al impacto del terremoto de 1972, después que admirado por su restauración, el inolvidable Roberto Clemente dijo: “este es un parque de Grandes Ligas”. Para su construcción se tenía contemplado el presupuesto inicial de un millón seiscientos mil córdobas, sin incluir urbanización ni piscina olímpica, tomando en cuenta que los precios de los materiales tendrían un costo especial, libre importación y su propio transporte. Finalmente la guía elaborada informó que el estadio propiamente dicho y su campo de juego costaría no menos de cuatro millones de córdobas, una fortuna comparable con el tesoro del Conde de Montecristo en aquellos tiempos.

Managua: futuro y pasado en dos campos de beisbol

Rafael Lara

Desde el terremoto de 1972, cuarenta años pasaron para que las autoridades gubernamentales lograran un acuerdo con el fin de conseguir los fondos a ser destinados para el Estadio Nacional de Beisbol, en Managua.

Los estudios preliminares fueron desarrollados en enero del 2013 por una delegación de expertos taiwaneses de Overseas Engineering & Construction Company (OECC), encabezada por el gerente general Peter Jan, quien presentó la propuesta de trabajo para el Estadio Dennis Martínez ante las autoridades del Instituto Nicaragüense de Deportes (IND).

Ese mismo año, el director de instalaciones deportivas del IND, Rolando Cerda, aseguró que tenían una asignación de US$35 millones, dispuestos por la cooperación del Gobierno de China Taiwán, más 5 millones de contrapartida del Gobierno de Nicaragua para la ejecución de la obra.

Originalmente la idea era rehabilitar la estructura y modernizarla, sin embargo el proyecto dependía de los estudios de la estructura y la valoración sísmica donde estaba ubicado el edificio, los cuales no fueron satisfactorios.

Entre las consideraciones del estudio de los especialistas, se señala que la estructura estaba muy debilitada y era comprometedor invertir en la endeble edificación de esa magnitud en una zona de fallas sísmicas.

“Lo que nosotros recomendamos es que los edificios públicos de esta magnitud no deben ser construidos en un lugar que cuenta con grandes fallas tectónicas, porque si van a seguir utilizando este terreno, tienen que asumir el riesgo de que puede traer consigo si en determinado momento se produjera un sismo de gran magnitud”, expresó en ese entonces el especialista, quien recomendó construir en otro lugar.

Los dos sitios considerados para la obra fueron los terrenos de la antigua Fuerza Naval, contiguo al IND, y el segundo el ubicado al costado norte de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI).

En septiembre del 2013, el Instituto de Geología y Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) inició el levantamiento topográfico y los estudios de las fallas geológicas existentes en la zona.

Decidiendo el más propicio para la obra: el terreno en las cercanías de la UNI, donde se construiría el nuevo estadio nacional que mantendría el nombre del pelotero nicaragüense Dennis Martínez.

Sin embargo, tras el desastres por las inundaciones de Managua en 2013, el presidente de la República de común acuerdo con la embajadora de Taiwán decidieron que los fondos fueran utilizados para sufragar la emergencia y atender la construcción de viviendas.

Posteriormente, la Alcaldía de Managua gestionó un préstamo de US$35 millones a una entidad financiera nicaragüense para construir el estadio. La alcaldesa capitalina Daysi Torres explicó que la inversión sería pagada por el Gobierno Central a través de transferencias a la municipalidad.

Los fondos estarían destinados al diseño, construcción y equipamiento del estadio, proyectado a estar finalizado para la celebración de los Juego Centroamericanos 2017 con sede en Nicaragua.

Finalmente los movimientos de tierra comenzaron en 2015 en un área de 98,975 metros cuadrados, para una moderna estructura con capacidad de 15,000 espectadores, construido con los estándares internacionales y bajo la supervisión la Major League Baseball (MLB), de EE. UU.