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Es el autor de una de las novelas más importantes publicada en español en los últimos diez años, “El hombre que amaba a los perros”, y de sus obras anteriores se han filmado películas y una serie detectivesca. Nunca se ha ido de Cuba, pero sueña con que esta isla llegue a conseguir “el máximo de libertad, con el máximo de democracia”.

Leonardo Padura cree que realizar el sueño de un sistema diferente en la isla, depende de admitir que no existe una sola verdad, porque “todos tenemos alguna verdad y la suma de todas esas verdades puede ser una verdad más cercana a la verdad absoluta”.Leonardo Padura conversa con Douglas Carcache en Managua.

Un problema de Cuba es que “los extremistas, de dentro y de fuera, se alimentan más de odio que de espíritu de concertación y de concordia”, comenta durante esta conversación en Managua.

La película “Regreso a Ítaca”, basada en tu libro “La novela de mi vida”, plantea los reencuentros de quienes se fueron de Cuba y regresan y quienes se quedaron. ¿Qué se valora o se aprende de estos reencuentros, desde la perspectiva del futuro de Cuba?

En Cuba, el tema del exilio siempre ha sido traumático desde que Cuba se convierte en un país. “La novela de mi vida” se refiere a un personaje histórico del siglo XIX, el poeta José María de Heredia, el primer poeta romántico de América, el primer poeta cubano, el primer exiliado cubano, y hago toda una reflexión de lo que ha significado el exilio, lo que significó en la época de la colonia, en la época de la república y, después, en los tiempos de la revolución. Las personas que se iban, se iban para siempre. Existía una figura migratoria que se llamaba Salida Definitiva. Te ibas de Cuba y perdías todos tus derechos ciudadanos y no podías regresar nunca más.

Eso después fue cambiando, los cubanos pudieron regresar de visita; hoy, incluso, pueden repatriarse y el flujo de entrada y salida se ha ido normalizando. No es totalmente normal, pero se ha ido normalizando, y esto ha marcado mucho la cultura cubana. En estos momentos hay una enorme cantidad de escritores, pintores, músicos cubanos que viven fuera de 
la isla, como ocurrió en épocas pasadas, esto no es nuevo, y se ha ido tratando de que esa distancia geográfica no sea una distancia cultural, como ocurrió durante 50 años; el que se iba dejaba de existir para la cultura cubana. En estos momentos no es tan dramático en algunos casos; en otros lo sigue siendo por condiciones políticas, pero el exilio, el regreso, el deseo de emigrar, siguen estando presente en el debate social y cultural cubano.

Uno de los personajes le dice a otro: “¿Por qué coño te fuiste como te fuiste?”. ¿Aún existen reclamos entre amigos porque uno se fue y el otro se quedó?

Sí. En este caso hay un misterio, que es el que Amadeo revela al final de la película, y hay un reproche por la forma en que se fue sin despedirse de los otros, sin confiar en los otros para dar ese paso. Amadeo tenía miedo de sí mismo y tenía miedo de lo que podía significar para los otros el hecho de que él se fuera y de que participaran de ese conocimiento. En “La novela de mi vida” hay una historia de un personaje que resulta marginado por saber que otro pretendía irse de Cuba. En una época, saber que alguien iba a emigrar podía ser también una causa de condena.

Tu serie “Cuatro Estaciones en La Habana”, con el detective Mario Conde, es calificada como policial, pero creo que netamente no lo es. Tiene algo más social, más contexto, más insinuaciones políticas. ¿Cuál es el concepto?

La serie está inspirada en mis primeras cuatro novelas, con el personaje Mario Conde, que conforman un ciclo cerrado porque ocurren en el mismo año y hay una evolución del personaje desde la primera novela hasta la cuarta en que deja de ser policíaca. Utilizo los recursos de la novela policial para hacer una novela social, para hacer una especie de crónica de lo que ha sido la vida cubana en estos años; y por eso, todos estos elementos contextuales son importantes. A la hora de hacer la serie, tuvimos que sacrificar muchos de esos elementos por una cuestión de espacios, de tiempo, 90 minutos cada película. Creo que lo ideal hubiera sido que hubiera tenido 120 y hubiéramos podido colocar un poco más de ese contexto y de la relación de Conde con su mundo, que es muy rico en las novelas.

En “El hombre que amaba a los perros”, uno de tus personajes, Iván, comienza como periodista en un pueblo lejano y pasa por muchos avatares. 

¿Qué se refleja de tu vida en él?

No es un personaje biográfico, no es una experiencia personal. Iván es una especie de síntesis de una generación. A veces, yo tenía un poco de temor de que le pasaran demasiadas cosas, que tienen que ver con esas experiencias generacionales. Quería que fuese un personaje síntesis de lo que ha significado ser escritor en Cuba, tener inclinaciones culturales, practicar un determinado tipo de literatura en los últimos 30 o 40 años. Creo que esa es su función en la novela y ser la perspectiva desde la cual se ve el resto de la historia que se cuenta en el libro, tanto la de Trotski como la de Mercader.

En el mismo libro escribiste que “el sacrificio individual es muchas veces la leña que se quema en la pira de la revolución”. ¿Decís esto por experiencias propias?

Sí y no. No es que esté hablando de mi propia vida. Creo que el escritor debe tener la capacidad de no utilizar solamente su experiencia personal, sino de nutrirse de experiencias ajenas a la hora de construir sus historias. Para escribir un personaje como Ramón Mercader, por supuesto, tuve que apartarme de mí mismo. Para escribir un personaje como Trotski, igual. Para un personaje como Iván, tuve que sacar de dentro de mí y sacar de dentro de otras personas que yo conozco. Por eso yo digo que, aunque Iván es el protagonista de ficción de esta novela, es el personaje más real. Es más real que Trotski y más real que Mercader, porque no conocí a Trotski ni a Mercader, pero a Iván lo conozco perfectamente.

Otra reflexión que extraigo de este libro: “Más que un perdedor, yo era un derrotado”. ¿Cuál es la diferencia?

El perdedor puede tener… Vamos a pensar en el boxeo, pierdes un combate pero tienes la posibilidad de la revancha. El derrotado no tiene la posibilidad de la revancha, y es lo que siente un personaje como Iván.

En tu vida, como periodista y escritor, ¿cuáles han sido las derrotas más duras que has tenido?

Creo que he logrado sobreponerme a los momentos difíciles, que han sido muchos. Como periodista, por ejemplo, en el año 83 me sacan de la revista donde yo trabajaba; me envían a trabajar a un periódico, era un castigo, era una forma de reeducarme trabajando en ese periódico, y convertí ese castigo, esa condena, en un momento decisivo de mi crecimiento como escritor porque haciendo periodismo evolucioné muchísimo como escritor. Tuve la posibilidad de hacer un periodismo, curiosamente, un periodismo en el que tuve absoluta libertad para escribir. Escribía de lo que yo quería, como yo quería, con la extensión que quería, en el momento que quería, tanto que ese periodismo se ha convertido en una especie de modelo de un periodismo posible. Todavía se publican en forma de libro y se estudian en la universidad los reportajes que yo escribí en esos años, y fue fundamental para mí en el salto de un aprendiz de escritor, que había escrito una novela que se llamaba “Fiebre de caballos”, a un escritor con mucho más domin
io de sus recursos. Escribí la primera novela de Mario Conde, que es “Pasado perfecto” y se publicó en el año 91.

¿Cómo fue posible hacer ese periodismo, si sabemos que el periodismo en Cuba ha sido bastante controlado?

Se pudo hacer porque coincidieron muchas coyunturas favorables. Tuvo que ver que en los años 80 había una cierta estabilidad económica en Cuba, que la dirección de ese periódico quería hacer un periódico más ameno, que la gente lo leyera, que la gente lo buscara; estaba el hecho de que yo no conocía técnicas periodísticas y escribía de una manera completamente diferente. Soy filólogo de formación, no soy periodista, y casi escribía cuentos. Todo esto me permitió que la dirección del periódico me dijera a mí y a otro compañero, que éramos los que escribíamos este tipo de trabajos, ustedes escriban de lo que quieren, tienen libertad para escribir. En muy contadas ocasiones nos pidieron que escribiéramos de temas específicos y siempre eran temas muy amables. Por lo tanto, creo que fue una confusión casi mágica la que se produjo en esos momentos, para poder hacer ese periodismo que se conoce ya como el periodismo literario cubano de los años 80.

Precisamente, en “El hombre que amaba a los perros” está la siguiente frase: “El arte tiene que atenerse a sus propias exigencias y solo a ellas”. ¿Qué exigencias tiene hoy el arte en Cuba?

La primera es una exigencia estética, por supuesto, de carácter artístico; pero, en manifestaciones como la narrativa, por ejemplo, se le ha presentado la exigencia de ser un poco la expresión de una realidad que a veces no aparece en otros medios. En el cine, de cierta forma, ha ocurrido lo mismo. En el teatro. Son expresiones en las que se habla de conflictos, de realidades, de personajes que habitualmente no aparecen en otros medios y tiene esa responsabilidad de hacer la crónica del presente cubano.

En este libro hablás también de un escritor que cae en una depresión literaria. ¿Cómo sucede eso y cuántos casos has visto?

He visto muchos escritores que a veces el éxito los lleva a caer en una depresión literaria. Creo que para escribir uno debe tener condiciones psicológicas, mentales e incluso condiciones materiales que lo puedan ayudar y cuando fallan estas cosas, sobre todo en la parte psicológica, puedes caer en una depresión creativa.

En los últimos meses no se ven balseros cubanos en el estrecho de Florida. ¿Cómo la población cubana vive la nueva etapa, posterior al entendimiento entre el Gobierno de Cuba y el de Estados Unidos?

Eso no ha influido en la realidad cubana, solamente en un sector muy pequeño relacionado con el mundo del turismo. Están viniendo a Cuba muchos visitantes norteamericanos, no vienen todavía como turistas porque la ley del embargo les impide viajar como turistas; tienen que viajar con determinadas licencias especiales que les dan, de carácter religioso, cultural, académico y hay un grupo de pequeños empresarios de restaurantes y hoteles que tienen automóviles para pasear a estos turistas que han recibido un beneficio. Pero, a nivel de la población cubana, no ha cambiado nada. Creo que cambió a nivel político, una sensación de tensión que hubo durante muchos años. Esa tensión bajó, creo que eso es favorable, es importante, pero en lo material no ha cambiado nada.

En tu obra, decís: “La venganza de la historia suele ser más poderosa que la del más poderoso emperador”. ¿Qué venganzas históricas vemos o podríamos ver ahora?

Cuando pasa el tiempo y las cosas pueden verse con menos pasión y con un carácter más científico, caen muchos monumentos. Un ejemplo, lo que ocurrió en la Unión Soviética en los años 20 y 30. Se ha hecho un análisis en los últimos 20 años de lo que significó el estalinismo y hay toda una serie de informaciones que no se conocían, que se han manejado. Ha ocurrido también en los Estados Unidos, se han ido desclasificando determinados archivos, se ha podido reescribir o escribir determinadas historias y han salido de los fosos de la sociedad norteamericana historias que son terribles. Creo que siempre la historia y el estudio del pasado nos da la posibilidad de revisarlo y en cierta forma de tomar venganza de lo que ocurrrió en ese pasado.

La madre del asesino de Trotski le dice a su hijo: “Mi odio nunca me permitirá trabajar para construir la nueva sociedad”. ¿Qué tipo de rencores deben ser superados en Cuba para que esa nación resurja?

Con odio no se puede construir. Cuba necesita, sobre todo, conciliación. Pienso que los extremistas, de dentro y de fuera, se alimentan más de odio que de espíritu de concertación y de concordia. Muchas de esas personas han convertido el odio en su profesión, viven de atacar al otro; a unos porque se fueron, a otros porque se quedaron; a unos porque son comunistas, a los otros porque no lo son; a unos porque creen en Dios, a otros porque creen en Alá. Practican el odio y eso se convierte en un impedimento para el futuro cubano, para esa concordia que necesita Cuba. Hay que superar los fundamentalismos y pensar en el bien colectivo, estar convencidos de que no existe una sola verdad, que todos tenemos alguna verdad y la suma de todas esas verdades puede ser una verdad más cercana a la verdad absoluta, que nunca existirá, pero puede ser más cercana cuando se suman todas las verdades.

¿Ya no puede haber ideología vertical?

No debe haberla. Nunca debió haberla. Siempre hay que partir de que el ciudadano más humilde tiene derecho a conservar sus ideas y sus opiniones.

¿Cuál es el aporte de tu obra para entender la historia de los últimos 100 años, desde la revolución bolchevique?

Está relacionada con la perversión de la utopía. El hombre ha soñado siempre con la creación de una sociedad perfecta, una sociedad de los iguales, una sociedad donde todos tuvieran el máximo de posibilidades en el máximo de democracia, y los bolcheviques trataron de crear esa sociedad en la Unión Soviética. Ese proyecto se pervirtió muy pronto por razones internas y por presiones externas. Inmediatamente que triunfa la revolución hay una gran invasión por parte de potencias internacionales, una reacción interna, en fin, hay una serie de condiciones que no permiten que se establezca esa sociedad y después se pervierte en manos de personajes que están representados y sintetizados en Stalin. Creo que el mensaje posible sería la necesidad de refundar una utopía. Si miramos el presente, vemos que, posiblemente, aunque los niveles de desigualdad no sean históricamente similares a los que existían en la Rusia zarista, donde todavía existía la servidumbre, por poner un ejemplo, o en la Cuba colonial donde existían l
os esclavos, sigue habiendo unos enormes niveles de desigualdad en el mundo y la mayoría de las personas tienen pocas posibilidades de acceder a los bienes de la civilización y tienen pocas posibilidades de tener voz para expresarlo. Por eso, habría que pensar en la refundación de la utopía. Yo no soy un político, no soy un sociólogo, no sé cómo será posible, ni siquiera sé si será posible, pero ojalá fuera posible crear esa utopía en la que viviéramos todos en el máximo de igualdad con el máximo de democracia.

¿Cuál fue el efecto en la sociedad cubana de la aparición de “El Hombre que amaba a los perros”?

Muy satisfactorio. Por la parte oficial, bastante silencio, a pesar de que la novela fue premio de la crítica, tuvo tres ediciones, yo gané el Premio Nacional de Literatura después de publicarla. El efecto fundamental fue entre los lectores. Mucha gente se me acercó por distintas vías, correos electrónicos, llamadas por teléfono, personalmente, para decirme que me agradecían que hubiera escrito ese libro porque les había permitido conocer una parte de la historia que era en muchos casos su propia historia y se habían entendido a sí mismos y lo que les había ocurrido a sí mismos, leyendo ese libro.

Cuando lo estaba leyendo, pensé: no es posible que este libro circule en Cuba.

Yo también lo pensé. Y en la primera presentación que hice, dije, yo no pensé que este libro se fuera a presentar en Cuba. Fue una edición pequeña, después se reeditó dos veces, no en grandes cantidades pero circuló y recientemente se ha hecho una nueva edición.

¿Cuál es la Cuba que soñás para el futuro? ¿Cómo la soñás?

Una Cuba con el máximo de libertad, con el máximo de democracia, con lo que sueña cualquier persona que tenga un pensamiento progresista. Una Cuba donde la economía no sea la preocupación diaria de tantas personas. En la que yo pueda seguir escribiendo mi literatura, yo soy un escritor cubano, necesito a Cuba para escribir y deseo lo mejor para mi país. A veces soy pesimista, pero generalmente trato de ser optimista con respecto al futuro.

¿Cómo es tu vida hoy en Cuba? ¿Cómo los cambios inciden en tu vida?

Los cambios han tenido que ver con mi propia profesión, soy un escritor que hace 22 años tiene una editorial en España, lo cual me garantiza la publicación de mis libros, gano mis derechos de autor fuera de Cuba, viajo con mucha frecuencia, pero lo esencial no ha cambiado, lo esencial es sentarme cada mañana que estoy en mi casa a escribir y el desafío de la escritura sigue siendo un desafío terrible, muy complicado, que me da muchos temores porque nunca sé si voy a poder escribir lo que quiero escribir del mejor modo en que sería capaz de escribirlo. Ese es un desafío eterno del escritor y no estoy hablando de problemas políticos, estoy hablando puramente del desafío estético. Vivo en la misma casa donde nací, tengo un automóvil que compré hace 20 años; en lo material mi vida no ha cambiado, tengo posibilidades económicas que otros cubanos lamentablemente no tienen. Ha sido el resultado de mi trabajo, se lo debo a mi trabajo. A lo que aspiro es eso, a seguir escribiendo.

¿Con qué tipo de literatura se identifican los jóvenes cubanos?

Con los escritores cubanos contemporáneos, hay un grupo de jóvenes escritores que escriben fundamentalmente cuentos. Son poco conocidos fuera de Cuba. Y escritores que estamos, como Pedro Juan Gutiérrez, Wendy Guerra. En mi caso tengo muchos jóvenes lectores que se me acercan con frecuencia y me hablan de mis obras y esperan mi próximo libro. Creo que leen lo que pueden, lo que encuentran.

¿Es una juventud más crítica?

Es una juventud que tiene otras perspectivas de la realidad, de la vida. Si en los años 70 prácticamente los jóvenes no emigraban, era muy difícil en aquella época, hoy en día hay muchos que emigran, jóvenes que están bien preparados, lo cual es una pérdida de capital humano importante para el país.

En “Regreso a Ítaca” hay una conversación sobre quienes escuchaban música norteamericana y se les consideraba penetrados ideológicamente.

Se consideraba que escuchar música norteamericana era una forma de penetración ideológica. Eso cambió por completo, hace años, afortunadamente.