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Durante más de 40 años el científico Jaime Íncer Barquero ha estudiado los volcanes del país. Fruto de estas investigaciones —que lo han llevado hasta las principales bibliotecas de Estados Unidos— es el libro “Los Volcanes de Nicaragua”, que contiene más de 300 imágenes, un disco con 400 fotos de volcanes y la historia de los colosos. 

El libro fue auspiciado por Fundación Uno y se presentará hoy en el Centro Pablo Antonio Cuadra (PAC) de Managua. En él cuenta sus anécdotas estudiando a los volcanes, como cuando escaló el Cerro Negro en 1970 junto a dos geólogos extranjeros, cuatro días después de una erupción. En esa ocasión las suelas de los zapatos se le chamuscaron porque entraron a unos metros de la caldera. Recuerda también que un geólogo que lo acompañó nombró María Cosigüina a una hija. 

Narra historias divertidas, entre ellas una sobre el Cosigüina en 1835. “En León la oscuridad era tal que la gente salía proclamando sus pecados y las autoridades ordenaron que todos los cañones dispararan al cielo para abrir un boquete para que entrara aire puro”.

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¿Cuánto tiempo le llevó hacer este libro?

Prácticamente más de 40 años. A finales de la década de los 60 el Ministerio de Educación de Nicaragua me pidió hacer un texto de geografía. En ese momento trabajaba en el Instituto Geográfico Nacional, ahora Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) bajo las órdenes del ingeniero Cristóbal Rugama. Gracias a los constantes viajes que realicé con esta institución tuve facilidades como vuelos y vehículos que me permitieron escalar volcanes. 

Tenía 35 años cuando los primeros vulcanólogos llegaron al país en los 70 y los italianos fundaron el Servicio Geológico Nacional. Desde ese momento me relacioné con esos expertos internacionales y durante 10 años logré adquirir conocimiento sobre vulcanología sin ser vulcanólogo.  

En los años 80 conseguí una beca en los Estados Unidos, donde visité las principales bibliotecas de algunas  universidades con especialidad en estudio latinoamericanos, para buscar información sobre las investigaciones volcánicas. 

Entre las bibliotecas que visité está la Brancroft, de la Universidad de California, y la biblioteca de la Universidad de Florida. Sin embargo también conseguí un contacto del departamento de vulcanología del Museo Smithsonian y la Nacional Geographic. 

Posteriormente visité Guatemala para investigar en sus archivos históricos, donde encontré reportes de los volcanes nicaragüenses desde la época colonial. De lugares como esos recogí algunos relatos inéditos de las erupciones en Nicaragua. 

¿Qué tipos de historias hay en su nuevo libro? Ilustración de Jaime Íncer Barquero

De las más sorprendentes y divertidas. Por ejemplo, el  relato de la erupción del volcán Cosigüina en 1835, cuando pueblos de Guatemala, El Salvador y Honduras quedaron en las tinieblas por la gran cantidad de ceniza que arrojó.

En León la oscuridad era tal que la gente salía proclamando sus pecados y las autoridades ordenaron que todos los cañones dispararan al cielo para abrir un boquete para que entrara aire puro. Hasta que sacaron a la Virgen de la Merced y se calmó. 

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El 13 de abril de 1538 fray Blass del Castillo fue el primero que caminó dentro del cráter del volcán Masaya. Se introdujo en la garganta del volcán solo para tomar una muestra de lava pensando que era oro líquido. Un famoso pirata llamado William Dampier en 1685 asaltó León. Fue repelido la primera vez por las autoridades en la costa de El Realejo, pero él notó que un volcán, el Momotombo, estaba en erupción, de manera que utilizó la luz que desprendía de su copa como faro y regresó a asaltar León en la noche.  Otra historia es de cuando en 1772 el volcán Masaya vomitó la colada de lava más grande de Nicaragua hasta la fecha  y que originó lo que hoy conocemos como Piedra Quemada, en carretera a Masaya. 

Los pobladores de Nindirí en ese momento sacaron las imágenes de la Virgen y la Sangre de Cristo para evitar que la colada los cubriera. Sorprendentemente la lava se desvió hacia lo que hoy es Sabana Grande. Así hay otras historias acerca los volcanes de Nicaragua. 

¿Cuántas fotos hay en libro y cuál es la más antigua que tiene sobre los volcanes?

Más de 350 imágenes, de las cuales el 60% son de volcanes y el resto retratos de personajes y oleos de los artistas Rodrigo y Franco Peñalba. La foto más antigua es una del Cerro Negro en 1928 tomada por don Dionisio Martínez Sáenz.

Pero la imagen más antigua es un dibujo del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, del volcán Masaya. Este fue el primer volcán en erupción dibujado y enviado al Rey de España.

También hay retratos de la cordillera de Los Maribios en 1529. Además, el libro viene con un disco que contiene más de 400 imágenes de los volcanes de Nicaragua. 

¿Que anécdotas tiene de los viajes hacia los volcanes?

El volcán más fácil que subí fue el Cerro Negro en 1970. Acababa de hacer erupción, apenas cuatro días antes.  Subí con dos geólogos extranjeros. Uno de ellos nombró a su hija María Cosigüina.  Cuando entramos unos metros a la caldera, el calor era muy intenso que las suelas de los zapatos se empezaban a chamuscar. 

Recuerdo también que Franco Peñalba era muy temerario. Un día volamos sobre el cráter del volcán Cosigüina y Franco le dijo al piloto que si podía descender hacia dentro de la caldera y este que era igual de aventado bajó casi 700 metros. 

El Volcán Momotombo en erupción en diciembre de 2015En otra ocasión volábamos sobre el volcán San Cristóbal, que en ese momento tenía una columna de gas, y no faltó la pregunta indiscreta de Franco para el piloto: ¿y usted puede pasar por ese humo?, aquel contestó —que sí— y atravesamos una columna de gas espeso y tóxico. 

¿Para quién está dirigido su libro?

A todo público. No es un libro científico.  Relata las leyendas, historias, crónicas, expediciones y las investigaciones de los volcanes de Nicaragua en los últimos 500 años. Lo hice con el propósito de que la gente conozca sobre nuestros volcanes. 

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En el 2015 tuve que parar su edición por las erupciones del Momotombo, en ese año, y luego por la actividad del volcán Masaya. Por eso, este libro contiene estos últimos acontecimientos. Incluso tiene fotos que Sam Cossman me regaló de su descenso al lago de lava del volcán Masaya el año pasado.  

Este libro nunca va a estar completo porque la actividad volcánica no cesa. Las limitaciones que tuve para publicarlo fueron mi tiempo y compilar toda la información, pero ha sido confortante.  

¿Por qué la gente debe conocer los volcanes?

Porque representan una ventaja, gracias a estos tenemos los suelos fértiles. Los suelos volcánicos como los de Chinandega y León son permeables, lo que facilita la creación de depósitos de agua subterránea.  Son moderadores del clima, si no fuera por ellos que tienen cierta capacidad de condensación de humedad, León y Chinandega fueran desiertos.

Tienen valor escénico. Un volcán en erupción atrae a muchos turistas porque como dicen los gringos “solo una vez en la vida”, se puede vivir.